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La noche de Navidad en casa de Martina no era una noche cualquiera. El aire olía a chocolate caliente y a las ramas frescas del pino que adornaba el salón. Martina, una niña de ocho años con una imaginación desbordante y dos coletas que siempre parecían saltar con ella, no podía pegar ojo. Llevaba tres años escribiendo la misma carta a Papá Noel, y este año sentía en el fondo de su corazón que algo diferente iba a suceder.
Martina se acomodó bajo sus mantas, mirando cómo los copos de nieve golpeaban suavemente el cristal de su ventana. 'Por favor, Papá Noel', susurró al aire frío de la habitación, 'prometo cuidarlo, alimentarlo y ser su mejor amiga para siempre'. No pedía juguetes caros ni consolas de videojuegos; Martina solo quería un compañero de aventuras, alguien con quien correr por el parque y a quien contarle sus secretos antes de dormir.
A la mañana siguiente, el primer rayo de sol entró por la ventana, pintando rayas doradas sobre su alfombra. Martina saltó de la cama con el corazón latiendo como un tambor. Corrió por el pasillo, sus pies descalzos haciendo un suave sonido rítmico contra el suelo de madera. Al llegar al salón, se detuvo en seco. Todo estaba en silencio, pero bajo el árbol, junto a los paquetes envueltos en papel brillante, había algo que no recordaba haber visto la noche anterior.
Era una cesta de mimbre con una manta de cuadros rojos. Al principio, Martina pensó que era un peluche muy realista, pero de repente, la manta se movió. Un pequeño hocico negro y húmedo asomó por un lateral, seguido de dos ojos oscuros que brillaban como canicas bajo las luces del árbol. Era una perrita caniche, blanca como la nieve fresca y con el pelo tan rizado que parecía una nube pequeña que se hubiera caído del cielo.

—¡Oh! —exclamó Martina en un susurro, temiendo que si hablaba demasiado alto, la visión desaparecería. La perrita soltó un bostezo diminuto y, tras estirar sus patitas cortas, dio un salto fuera de la cesta. No era un salto elegante; tropezó con una de las bolas de Navidad que se había caído y rodó por el suelo, terminando panza arriba frente a los pies de Martina.
La niña se echó a reír y se arrodilló para acariciar el suave pelaje. La perrita respondió lamiéndole la nariz con entusiasmo, moviendo su colita corta a una velocidad increíble. En ese momento, Martina supo que su vida acababa de cambiar. 'Te llamarás Copito', decidió, mientras la perrita intentaba morder amistosamente el cordón de su pijama de rayas.
Sin embargo, tener un cachorro resultó ser más movido de lo que Martina esperaba. Copito no se quedaba quieta ni un segundo. En menos de diez minutos, la perrita había descubierto que las zapatillas de papá eran excelentes juguetes para masticar y que las cintas de los regalos servían para hacer un laberinto por todo el pasillo. Martina tenía que seguirla de cerca, aprendiendo rápidamente que un perro de Papá Noel venía con mucha energía mágica.
—¡Copito, por ahí no! —reía Martina mientras perseguía a la nube blanca por debajo de la mesa del comedor. La perrita se escondía y luego saltaba por sorpresa, haciendo que Martina descubriera rincones de su propia casa que nunca antes había explorado con tanto detalle. Aprendió que a Copito le encantaba que le rascaran detrás de las orejas y que hacía un sonido muy gracioso, como un pequeño estornudo, cuando estaba contenta.

Al mediodía, después de mucha carrera y juegos, Copito finalmente se cansó. Se acurrucó en el regazo de Martina, que se había sentado junto a la chimenea. Sus padres aparecieron en el salón con tazas de café y sonrisas de complicidad.
—Parece que Papá Noel ha leído muy bien tu carta este año, Martina —dijo su padre, acariciando la cabeza rizada de la perrita.
—Es el mejor regalo del mundo, papá —respondió ella—. Pero he aprendido algo. No es solo un regalo para jugar; es alguien que confía en mí.
Martina pasó el resto del día aprendiendo a ponerle el collar, preparando un cuenco con agua fresca y cepillando con cuidado esos rizos blancos. Se dio cuenta de que Copito dependía de ella para estar bien, y esa responsabilidad la hacía sentir más mayor y más feliz que nunca. Esa noche, cuando Martina volvió a su cama, no estaba sola. A los pies de su cama, en su cesta de mimbre, Copito dormía profundamente, roncando bajito. Martina cerró los ojos, agradecida por la magia de la Navidad y por la nueva amistad que, como los rizos de su perrita, nunca dejaría de crecer.
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