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Gratis · elegí una vozEn el corazón del Colegio Los Girasoles vivía una niña llamada Martina. Martina no caminaba, ella corría; no hablaba, ella gritaba; y no jugaba, ella arrasaba. Tenía una energía tan grande que parecía llevar un pequeño motor rugiente dentro del pecho. Sin embargo, Martina tenía un problema: no sabía cómo compartir esa energía con los demás sin causar problemas.
Durante el recreo, Martina era la primera en llegar al patio. Cuando jugaban a las trais, Martina no tocaba el hombro de sus compañeros, sino que los empujaba con tanta fuerza que más de uno terminaba con las rodillas raspadas en el suelo. En lugar de pedir disculpas, Martina soltaba una carcajada sonora. —¡Qué flojos son! —decía, burlándose de los ojos llorosos de Leo o de las trenzas deshechas de Sofía—. ¡Es solo un juego, no sean bebés!
En el salón de clases, la situación no era mejor. Cuando la profesora Clara pedía silencio para explicar la lección de ciencias, Martina se ponía a tamborilear los lápices contra el pupitre o a lanzar avioncitos de papel que aterrizaban en el cabello de sus compañeros.
—Martina, por favor, guarda silencio y escucha —decía la profesora Clara con paciencia.
—¡Ay, profe, qué aburrido! —respondía Martina, cruzándose de brazos y rodando los ojos, ignorando por completo las instrucciones.
Poco a poco, algo empezó a cambiar en el patio de recreo. Un lunes, cuando Martina salió corriendo al patio gritando «¡Abran paso al terremoto!», se dio cuenta de que no había nadie esperándola. Leo y Sofía estaban en una esquina compartiendo cuentos. Pablo y Elena jugaban a las canicas en el otro extremo. Cuando Martina se acercó a ellos, todos recogieron sus cosas rápidamente.
—¿Podemos jugar a las escondidas? —preguntó Martina, tratando de sonar animada.
—No, Martina —respondió Sofía con firmeza—. Juegas muy brusco y siempre terminas burlándote de nosotros. Preferimos jugar solos.
Por primera vez en su vida, Martina sintió un nudo extraño en la garganta. Se sentó sola bajo el gran roble del patio. El motor rugiente de su pecho se sentía pesado y frío. Se pasó el resto de la semana intentando llamar la atención haciendo travesuras aún más grandes, pero lo único que consiguió fue que la profesora Clara la enviara a reflexionar a la biblioteca y que sus compañeros se alejaran todavía más.
El viernes, la escuela anunció el «Gran Concurso de Castillos de Cristal». No eran castillos de cristal de verdad, sino estructuras delicadas hechas con palitos de helado, papel de seda y pegamento brillante. Todos estaban emocionados trabajando en equipos, excepto Martina, a quien nadie había invitado a su grupo. La profesora Clara, notando su tristeza, la invitó a sentarse en su escritorio.
—Martina, tienes una fuerza increíble —dijo la profesora suavemente—. Eres como un viento fuerte que puede mover molinos. Pero si el viento no aprende a ser brisa, termina rompiendo las flores que intenta refrescar. Tu fuerza necesita un corazón que la guíe.
Martina miró sus manos, que siempre estaban inquietas. Esa tarde, decidió observar. Vio cómo sus compañeros trabajaban con cuidado, hablando bajito, respetando el espacio del otro. Vio cómo Leo ayudaba a Sofía cuando se le caía una torre, sin burlarse.
Al día siguiente, Martina se acercó al grupo de Leo.
—¿Puedo... puedo ayudar? Prometo ser una brisa, no un huracán.
Los niños se miraron con duda, pero le dieron un espacio. Martina tuvo que esforzarse mucho. Cada vez que sentía ganas de gritar o de empujar, respiraba profundo. Cuando Leo cometió un error y pegó una pieza al revés, Martina sintió que la burla subía por su garganta, pero la tragó y dijo: —No pasa nada, podemos despegarlo con cuidado.
Al final del día, el castillo de su equipo era el más alto y colorido. Pero lo más importante no fue el premio, sino que al terminar, Sofía le dio un abrazo. —Gracias, Martina. Hoy fue muy divertido jugar contigo.
Martina descubrió que no necesitaba ser la más ruidosa ni la más fuerte para ser la protagonista. Aprendió que el respeto era el pegamento más fuerte de todos, y que su gran energía, cuando se usaba para construir y no para derribar, podía hacer cosas maravillosas. Desde aquel día, el «terremoto» de la escuela se convirtió en la mejor compañera, demostrando que incluso el viento más fuerte puede aprender a acariciar.
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Preguntas de comprensión
¿En qué lugar específico se desarrolla la historia y cómo se llama la escuela de Martina?
¿Qué materiales se utilizaron para construir las estructuras del «Gran Concurso de Castillos de Cristal»?
¿Por qué los compañeros de Martina decidieron dejar de jugar con ella en el patio de recreo?
¿Qué quiso explicar la profesora Clara al comparar a Martina con un viento que debe aprender a ser brisa?
¿Crees que la actitud inicial de Martina de burlarse de sus compañeros era una forma de maldad o simplemente falta de autocontrol? Justifica tu opinión.
¿Consideras que el cambio de Martina fue genuino? ¿Qué acciones del texto demuestran que realmente se esforzó por mejorar?
Si Martina tuviera que escribir una carta de disculpa a Leo y Sofía por sus acciones pasadas, ¿qué crees que les diría?
Imagina que un nuevo estudiante llega a la escuela y es muy tímido. ¿Cómo usaría Martina su 'energía de brisa' para ayudarlo a integrarse?
En la frase 'no jugaba, ella arrasaba', ¿qué significado tiene la palabra 'arrasaba' según el comportamiento de Martina?
El texto menciona que Martina sintió un 'nudo extraño en la garganta'. ¿Qué emoción o sentimiento intenta transmitir esta expresión en el contexto de la historia?
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