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Gratis · elegí una vozMartina tenía cinco años y una cabeza llena de preguntas. La más grande de todas era: ¿Por qué a veces el cielo se llenaba de un sol brillante y otras veces, una luna plateada tomaba su lugar? No entendía cómo funcionaba. Un día, mientras miraba las estrellas desde su ventana, una estrella especialmente brillante parpadeó. Luego, ¡puf!, se hizo más grande y descendió hasta detenerse justo afuera de su ventana.
"¡Hola!" dijo la estrella, su voz tintineando como campanitas. "Me llamo Celeste. Sé que tienes una pregunta sobre el sol y la luna. ¿Te gustaría un viaje para encontrar la respuesta?"
Martina, con los ojos muy abiertos, asintió con entusiasmo. ¡Un viaje espacial! ¡Con una estrella! Se puso su pijama de ositos, agarró su muñeco de peluche, Pipo, y salió por la ventana. Celeste se transformó en un pequeño cohete brillante, y Martina y Pipo se subieron.
"¡Agárrense fuerte!" exclamó Celeste, y con un zumbido, salieron disparados hacia el cielo nocturno. Dejaron atrás las luces de la ciudad y se sumergieron en la oscuridad salpicada de estrellas.
"¿A dónde vamos, Celeste?" preguntó Martina, abrazando a Pipo con fuerza.
"Vamos a dar una vuelta alrededor de la Tierra," respondió Celeste. "Así podrás ver cómo el sol y la luna trabajan juntos."
Pronto, llegaron a un punto desde donde podían ver la Tierra entera. Era una canica azul y verde girando lentamente en la oscuridad.
"¡Mira, Martina!" dijo Celeste. "¿Ves esa luz brillante? ¡Es el Sol! El Sol es una estrella enorme, mucho más grande que yo. Siempre está ahí, emitiendo luz y calor."
Martina miró al Sol. Era tan brillante que tuvo que entrecerrar los ojos. "Pero… ¿por qué no lo vemos todo el tiempo?"
Celeste sonrió. "Porque la Tierra gira. Imagina que eres tú girando. Cuando tu cara mira hacia el Sol, es de día. Y cuando tu espalda mira hacia el Sol, es de noche."
Celeste hizo que el cohete se acercara aún más a la Tierra. Martina pudo ver cómo una parte del planeta estaba iluminada por el Sol, y la otra parte estaba en la oscuridad.
"¡Ya entiendo!" exclamó Martina. "Cuando mi casa está en la parte iluminada, es de día. Y cuando está en la parte oscura, es de noche."
"¡Exacto!" dijo Celeste. "Ahora, vamos a ver a la Luna."
Volaban ahora hacia una esfera grisácea que parecía un queso gigante.
"La Luna no tiene luz propia," explicó Celeste. "Es como un espejo gigante. Refleja la luz del Sol. Por eso la vemos brillar por la noche."
Martina observó la Luna con atención. "Pero… a veces es redonda, y a veces es solo una banana."
Celeste se rió. "Eso es porque la Luna también gira alrededor de la Tierra. A medida que gira, vemos diferentes partes de la Luna iluminadas por el Sol. Por eso tiene diferentes fases."
Celeste les mostró cómo el Sol iluminaba diferentes partes de la Luna a medida que ésta orbitaba la Tierra. Martina vio cómo la Luna pasaba de ser una luna nueva, casi invisible, a un cuarto creciente, luego a media luna, hasta llegar a la luna llena, y luego de vuelta a empezar.
"¡Es como un juego de escondite con el Sol!" exclamó Martina, riendo.
Después de un rato, Celeste dijo: "Es hora de volver, Martina. Ya has aprendido mucho esta noche."
Celeste llevó a Martina y a Pipo de vuelta a su habitación. La depositó suavemente en su cama, justo a tiempo para que el sol comenzara a asomarse por el horizonte.
"Gracias, Celeste," susurró Martina, abrazando a Pipo. "Ahora entiendo todo."
Celeste parpadeó una última vez y luego desapareció en el cielo matutino. Martina se acurrucó en su cama, sintiéndose feliz y sabia. Sabía que el Sol y la Luna, aunque diferentes, trabajaban juntos para hacer que el día y la noche fueran posibles. Y sabía que incluso las preguntas más grandes podían ser respondidas, ¡especialmente con la ayuda de una estrella fugaz! Esa mañana, cuando el sol brilló a través de su ventana, Martina sonrió. Ya no era un misterio, era una maravillosa aventura que había vivido en el corazón del universo. Desde ese día, Martina siempre miraba al cielo con una sonrisa, recordando su viaje con Celeste y el secreto del sol y la luna.
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