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Mary adoraba visitar a su abuela en el campo. La abuela Elena tenía un huerto lleno de fresas jugosas, un gato ronroneador llamado Bigotes, y, lo más importante, ¡pollitos! Muchos, muchos pollitos amarillos y esponjosos. Pero esta vez, la visita era diferente. La abuela Elena estaba preocupada.
"¡Ay, Mary!" exclamó la abuela, con las manos en la cabeza. "¡Mis pollitos! ¡Se han escapado otra vez! El Sheriff Rufo dice que si no los encuentro, ¡me meterá en la cárcel!"
Mary abrió los ojos como platos. ¿La cárcel? ¡Por unos pollitos? Eso no podía ser. El Sheriff Rufo siempre parecía un poco gruñón, pero ¿encarcelar a la abuela Elena? ¡Jamás!
"¡No te preocupes, abuela!" dijo Mary, con determinación. "¡Encontraremos a los pollitos! ¡Y el Sheriff Rufo no te meterá en la cárcel!"
La abuela Elena suspiró aliviada. "Eres una niña maravillosa, Mary. Pero esos pollitos son muy astutos. Siempre encuentran la manera de escaparse."
Mary y la abuela Elena comenzaron la búsqueda. Primero, revisaron el huerto. Nada. Luego, buscaron alrededor del granero. Tampoco. Bigotes, el gato, las seguía de cerca, moviendo su cola con curiosidad.
"Quizás fueron al río," sugirió la abuela Elena, con un tono de esperanza.
Se dirigieron al río, pero solo encontraron ranas croando y libélulas revoloteando. Mary estaba empezando a sentirse un poco desanimada. ¿Dónde se habrían metido esos pollitos traviesos?
De repente, Mary escuchó un pequeño piar. ¡Pío, pío, pío! Venía de… ¡la cárcel! El edificio de la cárcel del pueblo era pequeño, con solo una celda. El Sheriff Rufo solía pasar sus días jugando al ajedrez con el dueño de la tienda.
"¡Abuela! ¡Creo que están en la cárcel!" gritó Mary, señalando hacia el edificio.
La abuela Elena frunció el ceño. "¿En la cárcel? ¡Imposible! ¿Qué estarían haciendo allí?"
Llegaron corriendo a la cárcel. El Sheriff Rufo estaba sentado en su escritorio, jugando al ajedrez consigo mismo.
"Sheriff Rufo," dijo la abuela Elena, con un tono preocupado. "¿Ha visto usted mis pollitos?"
El Sheriff Rufo suspiró. "¡Esos pollitos! Sí, señora Elena. Están aquí. Invadieron la cárcel. ¡Están picoteando mis botas y revoloteando por todos lados!"
Mary y la abuela Elena entraron a la celda. ¡Era un caos! Los pollitos, todos veinte de ellos, estaban picoteando las barras de la celda, comiendo migas de galleta que alguien había dejado caer, y piando alegremente.
"¡Pero… cómo llegaron aquí?" preguntó la abuela Elena, asombrada.
"Se escaparon por un agujero en la cerca," explicó el Sheriff Rufo, señalando un pequeño agujero en la pared de la celda. "Y luego, simplemente entraron por la puerta principal cuando fui a buscar mi café. ¡Son unos pollitos muy audaces!"
Mary se echó a reír. Era una escena ridícula. Los pollitos en la cárcel. ¡Quién lo hubiera imaginado!
"Bueno, Sheriff Rufo," dijo Mary. "Supongo que ahora tenemos que sacarlos de aquí."
Sacar a los pollitos de la cárcel resultó ser más difícil de lo que pensaban. Los pollitos corrían y se escondían, piando y revoloteando. Bigotes, el gato, intentaba ayudar, pero solo conseguía asustarlos más.
Finalmente, después de mucho esfuerzo, Mary y la abuela Elena lograron reunir a todos los pollitos en una cesta grande. El Sheriff Rufo suspiró aliviado.
"Gracias, Mary," dijo el Sheriff Rufo. "Me has salvado de la locura total. Y señora Elena, por favor, ¡arregle esa cerca!"
La abuela Elena prometió arreglar la cerca. Mary, la abuela Elena y Bigotes regresaron a casa con la cesta llena de pollitos. La abuela Elena preparó una deliciosa tarta de fresas para celebrar.
"Gracias, Mary," dijo la abuela Elena, abrazando a Mary. "Eres la mejor nieta del mundo. Y gracias a ti, no iré a la cárcel."
Mary sonrió. Estaba feliz de haber ayudado a su abuela. Y estaba aún más feliz de que los pollitos estuvieran a salvo, aunque fueran unos pequeños delincuentes.
Al día siguiente, la abuela Elena arregló la cerca. Y Mary tuvo una idea brillante. Le pidió al Sheriff Rufo que viniera a visitar. El Sheriff Rufo, al principio, se mostró reacio, pero Mary insistió. Cuando llegó, Mary le dio un pollito, al cual el Sheriff Rufo llamó "Mini Rufo". Desde ese día, el Sheriff Rufo no fue tan gruñón y siempre tuvo un amigo emplumado cerca. Y la abuela Elena nunca más volvió a tener problemas con la ley... ni con los pollitos fugitivos.
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