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Gratis · elegí una vozMateo tenía la piel color canela, una sonrisa que iluminaba cualquier día y unos ojos redondos que parecían dos canicas brillantes. Siempre llevaba sus gafas de montura oscura, porque le gustaba observar el mundo con atención. Hoy, se había puesto su sombrero de pescador beige, suave como un abrazo, para protegerse del sol. Llevaba una sudadera gris, su mochila negra llena de aventuras y, lo más importante, ¡sus zapatos de garra de oso! Sí, Mateo tenía unos zapatos muy especiales que parecían las patas de un oso cariñoso. En su mano, una botella de agua azul y amarilla lo acompañaba en su búsqueda.
Un día, su abuelo, un hombre sabio con el pelo blanco como la nieve, le dijo: “Mateo, la luz que no ves es porque tú la irradias”. Mateo frunció el ceño. ¿Qué quería decir eso? ¿Cómo podía él ser una fuente de luz sin darse cuenta? La curiosidad lo picó como una hormiga traviesa, y decidió emprender un viaje para descubrir el significado de las palabras de su abuelo.
Escena 1 – La Merced
Con una sonrisa decidida, Mateo salió de su casa. La primera parada fue La Merced, un mercado gigante lleno de colores, olores y sonidos. Pasó entre puestos de frutas exóticas, escuchó el canto de los vendedores y observó a la gente con sus canastas llenas. Pensó que tal vez la luz que buscaba se escondía entre las flores o en el sabor dulce de una papaya, pero no la encontró.
Escena 2 – Camino a Pozuzo
De La Merced, Mateo tomó un autobús hacia Pozuzo. El camino era largo y sinuoso, serpenteando entre montañas enormes cubiertas de selva verde y exuberante. ¡Era como viajar dentro de un cuento de hadas! En un momento, vio un cartel que decía “Pozuzo”. El corazón le dio un vuelco. ¿Estaría la luz allí?
Escena 3 – Pozuzo
Al llegar a Pozuzo, Mateo se quedó asombrado. Las casas parecían sacadas de otro país, con techos puntiagudos y ventanas coloridas. La gente vestía ropas diferentes, con sombreros de ala ancha y chalecos bordados. Pero lo que más le llamó la atención fue una laguna turquesa que brillaba con una intensidad increíble. Era como si el cielo se hubiera caído dentro del agua.
Escena 4 – La laguna mágica
Mateo se acercó a la laguna y tocó el agua con la punta de los dedos. ¡Estaba tibia! Un señor mayor, con la cara arrugada por el sol y una sonrisa amable, le dijo: “Esta laguna es mágica, niño. Para que te dé salud, debes darle algo a cambio”. Mateo pensó en qué podría ofrecer. No tenía mucho, pero recordó una moneda de cobre que guardaba en su bolsillo, un recuerdo de su abuelo. Con cuidado, la arrojó al agua. La moneda se hundió lentamente, brillando como un pequeño sol en el fondo de la laguna. Mateo sintió una energía cálida que lo recorría de la cabeza a los pies.
Escena 5 – Oxapampa
Después de Pozuzo, Mateo viajó a Oxapampa, un lugar lleno de ranchos y aventuras. Encontró un rancho con columpios que se elevaban hacia el cielo y puentes colgantes que parecían desafiar la gravedad. ¡Eran tan difíciles de cruzar! Mateo sintió miedo, pero respiró hondo y recordó las palabras de su abuelo. Con determinación, paso a paso, logró cruzar todos los puentes. Se sintió orgulloso de sí mismo.
Escena 6 – La piscigranja y la cueva
El hambre comenzó a rugir en su estómago. Mateo visitó una piscigranja y, con la ayuda de un pescador amigable, pescó una trucha para comer. ¡Estaba deliciosa! Luego, se aventuró a la Cueva del Tunki, una cueva oscura y misteriosa. Un abuelo guardián, con una barba larga y blanca, le preguntó por qué quería entrar. Mateo le explicó que estaba buscando la luz que no veía. El abuelo guardián sonrió y le permitió pasar, porque había sido respetuoso y valiente.
Escena 7 – La casa al revés
Finalmente, Mateo llegó a un lugar muy extraño: una casa con el techo abajo. ¡Era como si alguien la hubiera puesto al revés! Lleno de curiosidad, entró. La casa estaba vacía, excepto por una cosa: un espejo grande y brillante. Mateo se acercó al espejo y se vio reflejado. Vio sus ojos redondos, su sonrisa amigable, sus gafas oscuras, su sombrero de pescador, su sudadera gris, su mochila negra y, por supuesto, ¡sus zapatos de garra de oso! De repente, lo entendió. La luz que buscaba no estaba en la laguna, ni en los puentes, ni en la cueva. ¡La luz estaba en él! Era su sonrisa, su curiosidad, su valentía, su respeto y su amor por la aventura. Mateo irradiaba luz con cada paso que daba. Sonrió al espejo, sabiendo que había encontrado la respuesta a la pregunta de su abuelo. La luz que no vemos es la que llevamos dentro.
Mateo regresó a casa, feliz y radiante. Le contó a su abuelo sobre su viaje y sobre todo lo que había aprendido. El abuelo lo abrazó con cariño y le dijo: “Siempre lo supe, Mateo. Siempre supe que tú eras una fuente de luz”. Y Mateo, el cazador de luces con patas de oso, siguió explorando el mundo, compartiendo su luz con todos los que encontraba en su camino.
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