Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo era un niño especial. No era especial porque fuera el más alto, ni el más rápido, ni el que mejor cantaba. Mateo era especial porque tenía un secreto: podía hacer lo que quisiera. Literalmente. Si quería volar, volaba. Si quería hablar con los animales, hablaba con los animales. Si quería que su tarea de matemáticas se resolviera sola (¡a veces!), se resolvía sola.
Un día, Mateo se despertó con una energía burbujeante. Era sábado, ¡el Día de las Mil Posibilidades! Pensó en todas las cosas que podía hacer. Podía ir a la luna, construir un castillo de caramelos, o incluso aprender a tocar el ukelele.
Primero, Mateo decidió que quería volar. Se concentró con fuerza, sintió un cosquilleo en los pies y, ¡puf!, estaba flotando. Salió por la ventana de su habitación y se elevó hacia el cielo azul. ¡Qué sensación tan maravillosa! Podía ver toda su ciudad desde arriba, los coches parecían hormigas y los edificios, cajas de colores.
Pero, ¡oh, no! Mientras disfrutaba de su vuelo, vio a la señora Rodríguez, su vecina, intentando colgar la ropa en el tendedero. El viento era muy fuerte y la ropa se le escapaba de las manos. Mateo, sin dudarlo, voló hacia ella y, con un movimiento de su mano, hizo que la ropa volviera a las manos de la señora Rodríguez. La señora Rodríguez, sorprendida, le sonrió con gratitud.
"¡Gracias, Mateo! ¡Eres un ángel!", exclamó la señora Rodríguez.
Mateo se sintió feliz de haber ayudado. Después de su aventura aérea, pensó en construir un castillo de caramelos. Cerró los ojos, imaginó un castillo gigante, lleno de caramelos de todos los sabores y colores, y… ¡apareció! Un castillo brillante, con torres de piruletas, muros de chocolate y un foso lleno de gomitas. Era el castillo más delicioso que jamás había visto.
Pero, ¡ay!, el castillo era tan grande que bloqueaba la calle. Los coches no podían pasar y la gente comenzaba a amontonarse. Mateo se dio cuenta de que había cometido un error. No había pensado en las consecuencias de sus acciones.
Con un poco de preocupación, Mateo se concentró de nuevo. Esta vez, imaginó el castillo transformándose en un parque de juegos con columpios de regaliz, toboganes de helado y una fuente de chocolate caliente. El parque de juegos fue un éxito instantáneo. Los niños jugaban y reían, y los adultos tomaban chocolate caliente mientras conversaban.
Después, Mateo decidió que quería aprender a tocar el ukelele. Nunca antes había tocado un instrumento musical, pero pensó que sería divertido. Hizo aparecer un ukelele de color arcoíris y se sentó en el parque de juegos. Intentó tocar una melodía, pero solo salían sonidos extraños y desafinados.
Un anciano, que estaba sentado en un banco observando a los niños jugar, se acercó a Mateo. "¿Necesitas ayuda, muchacho?", le preguntó con una sonrisa.
Mateo, un poco avergonzado, asintió con la cabeza. El anciano, que resultó ser un músico jubilado, le enseñó a Mateo los acordes básicos y le dio algunos consejos. Mateo, con paciencia y la guía del anciano, comenzó a tocar una melodía sencilla. No era perfecta, pero era una melodía.
Mateo se dio cuenta de que, aunque podía hacer lo que quisiera, a veces necesitaba la ayuda de los demás. Aprender a tocar el ukelele con la ayuda del anciano fue mucho más gratificante que si simplemente hubiera hecho que el ukelele tocara solo.
De repente, Mateo escuchó a su mamá llamándolo. "¡Mateo, la cena está lista!"
Mateo se despidió del anciano y corrió a casa. Mientras cenaba con su familia, pensó en todo lo que había hecho ese día. Había volado, construido un castillo de caramelos (que luego convirtió en un parque de juegos) y aprendido a tocar el ukelele. Pero lo más importante, había aprendido que, aunque tenía el poder de hacer lo que quisiera, también era importante pensar en los demás y aceptar la ayuda cuando la necesitaba.
Antes de dormir, Mateo se prometió a sí mismo que seguiría usando su poder para hacer el bien, pero siempre con responsabilidad y consideración. Sabía que el Día de las Mil Posibilidades no era solo para divertirse, sino también para hacer del mundo un lugar mejor. Y con ese pensamiento, Mateo se quedó dormido, soñando con nuevas aventuras y nuevas formas de ayudar a los demás. Al día siguiente, seguro, habría otras oportunidades para usar su don, y él estaría listo para enfrentarlas, aprendiendo y creciendo con cada experiencia. Sabía que el verdadero poder no estaba solo en hacer lo que uno quiere, sino en usar ese poder para hacer el bien y conectar con los demás.
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