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En la cima de la Colina de los Susurros, donde los pinos parecen peinar las nubes cada mañana, vivía un niño llamado Mateo. Mateo era un niño valiente para casi todo: no le temía a las arañas de patas largas, ni a la oscuridad del sótano, ni siquiera a los brócolis que su mamá servía en la cena. Sin embargo, Mateo tenía un secreto que guardaba bajo su almohada: le aterraba el ruido del trueno. Para él, ese estruendo no era solo sonido; era el rugido de un monstruo invisible que vivía en las nubes y que parecía querer romper el techo de su casita de madera.
Una tarde de verano, el cielo comenzó a teñirse de un color gris plomizo, como si alguien hubiera volcado un tintero gigante sobre el azul del horizonte. El aire se volvió pesado y fresco, y los pájaros dejaron de cantar para buscar refugio entre las ramas más densas. Mateo, que estaba jugando con sus bloques de madera en la sala, sintió un escalofrío. Sabía lo que venía. De repente, un relámpago cruzó el cielo como una grieta de luz plateada, y pocos segundos después, un estruendo sacudió las ventanas: ¡BOOM! Mateo soltó sus juguetes y corrió a esconderse detrás de la gran poltrona de la sala, tapándose los oídos con sus pequeñas manos.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos suaves y rítmicos. No era el monstruo del trueno, sino su abuela Rosa. La abuela Rosa era una mujer que olía a canela y lavanda, con una risa que sonaba como campanitas de cristal. Al ver a Mateo acurrucado, se sentó en el suelo junto a él, sin darle importancia a sus rodillas cansadas.
—¿Sabes, Mateo? —dijo la abuela con voz misteriosa— Ese ruido que tanto te asusta no es lo que tú crees. No hay monstruos allá arriba. Lo que escuchas es, en realidad, el inicio del Gran Torneo de Bolos de los Gigantes Celestiales.
Mateo asomó un ojo por detrás de su brazo, con curiosidad. —¿Gigantes? ¿Jugando a los bolos? —preguntó con voz temblorosa.

—¡Oh, sí! —exclamó la abuela, acomodándose su cárdigan morado—. Verás, los gigantes que viven en las nubes son muy amigables, pero también son algo torpes porque son enormes. Una vez al año, cuando el calor del verano es muy fuerte, organizan una competencia para ver quién es el mejor lanzador. El ruido que escuchas es la bola de piedra gigante rodando por la pista de nubes. Y ese gran '¡CRACK!' que te hace saltar, es cuando el gigante Gordin logra un 'chuza' y derriba todos los pinos de cristal.
Mateo bajó las manos de sus oídos. La idea de gigantes jugando a los bolos era mucho más divertida que la de un monstruo enojado. En ese momento, otro trueno resonó, pero esta vez fue un sonido largo y ondulante.
—¡Escucha ese! —dijo la abuela Rosa señalando al techo—. Ese fue el Gigante Pataslargas. Su bola es tan pesada que siempre rebota un poco antes de rodar. ¿Ves cómo retumba? Es porque está celebrando su lanzamiento.
La abuela llevó a Mateo hacia la ventana. Afuera, la lluvia empezaba a caer con fuerza, creando una cortina de agua que transformaba el jardín en un mundo mágico. Los relámpagos iluminaban las nubes, y la abuela Rosa le explicó que esos eran los flashes de las cámaras de los fotógrafos gigantes que querían capturar el momento histórico del torneo.
—Y la lluvia —continuó la abuela—, la lluvia es simplemente el jugo de mora y limón que los gigantes beben para refrescarse. A veces se ríen tanto de sus propios juegos que derraman sus vasos sobre nosotros.

Mateo empezó a reírse. Miró hacia las nubes grises y, en lugar de sombras amenazantes, empezó a imaginar a seres enormes con barbas de algodón y sonrisas anchas, vistiendo camisetas de colores y compitiendo por un trofeo hecho de estrellas. Cada vez que un trueno sonaba, Mateo ya no se encogía. En su lugar, gritaba: —¡Esa fue una gran jugada, Gordin! —o— ¡Casi lo logras, Pataslargas!
Pasaron las horas y la tormenta comenzó a amainar. Los estruendos se volvieron murmullos lejanos, como si los gigantes estuvieran guardando sus bolas de piedra y despidiéndose hasta el próximo año. El cielo empezó a aclararse, mostrando retazos de un violeta suave y naranja dulce.
—Parece que el torneo ha terminado por hoy —dijo la abuela Rosa, dándole un beso en la frente a Mateo—. Los gigantes deben irse a dormir, y tú también deberías.
Esa noche, Mateo se acostó en su cama, envuelto en sus sábanas calientitas. Ya no tenía miedo. Escuchaba el goteo rítmico de la lluvia sobre el tejado y lo sentía como una canción de cuna. Se dio cuenta de que el ruido del trueno no era algo para temer, sino una invitación a usar la imaginación y a entender que, a veces, las cosas que parecen más aterradoras son solo juegos que aún no comprendemos.
Cuando finalmente cerró los ojos, soñó que él también era un gigante, con una camiseta azul llena de estrellas amarillas, lanzando una bola de nube hacia un arcoíris que servía de pista. Y en su sueño, cuando lograba derribar los bolos, el sonido que hacía era el más hermoso y potente de toda la Colina de los Susurros. Desde aquel día, cada vez que las nubes se oscurecen, Mateo corre a la ventana, no para esconderse, sino para animar a sus amigos los gigantes en su ruidoso y maravilloso festival celestial.
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