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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo que vivía en un pueblo donde los colores parecían más brillantes que en cualquier otro lugar. Mateo era un niño muy curioso, de ojos grandes y cabello alborotado, que siempre llevaba una libreta en el bolsillo. Sin embargo, Mateo tenía una pequeña preocupación que le rondaba la cabeza como una abeja inquieta: no sabía qué quería ser de mayor.
En su escuela, la maestra Lucía había anunciado que la próxima semana celebrarían el 'Día de los Oficios'. Cada niño debía elegir una profesión y explicar por qué era importante. Sus amigos ya lo tenían claro: Lucas quería ser astronauta, Sofía quería ser doctora y Martina soñaba con ser bombera. Pero Mateo se sentía como un barco sin brújula.
—No te preocupes, Mateo —le dijo su abuelo un sábado por la mañana—. A veces, para saber a dónde ir, primero hay que ver cómo caminan los demás. ¿Qué tal si hoy damos un paseo por el pueblo?
Su primera parada fue la peluquería de Don Julián. Al entrar, el sonido de las tijeras haciendo 'clic, clic, clic' rítmicamente recibió a Mateo. El aire olía a champú de frutas y a loción fresca. Don Julián estaba transformando la melena enredada de un vecino en un corte elegante y moderno.
—¿Ves, Mateo? —dijo Don Julián con una sonrisa—. Ser peluquero no es solo cortar el pelo. Es como ser un escultor, pero en lugar de piedra, usamos cabello. Ayudamos a las personas a sentirse guapas y a recuperar su confianza. Cuando alguien sale de aquí con una sonrisa, mi trabajo está hecho.
Mateo anotó en su libreta: 'El peluquero esculpe alegría'.
Siguieron caminando hasta que un aroma delicioso a leña y trigo los detuvo frente a la panadería de Doña Rosa. Ella estaba cubierta de harina hasta los codos, amasando con fuerza y ritmo. Mateo observó cómo la masa cobraba vida bajo sus manos.
—El oficio de panadera requiere paciencia, pequeño —explicó Doña Rosa mientras metía una bandeja de bollos al horno—. Nosotros alimentamos al pueblo. Sin el pan de cada día, las mesas estarían vacías y las mañanas no tendrían este olor a hogar. Es un trabajo duro que empieza cuando todos duermen, pero ver a los niños disfrutar de un pan calientito es la mejor recompensa.
Mateo escribió: 'La panadera hornea el corazón del pueblo'.
Cerca de allí, pasaron por una casa que estaba en plena remodelación. Allí conocieron a Don Manuel, el yesero. Estaba subido a una escalera, extendiendo una pasta blanca sobre una pared rugosa con una destreza asombrosa. Con cada pasada de su llana, la pared se volvía lisa como un papel nuevo.
—Muchos no notan mi trabajo cuando está terminado —dijo Don Manuel secándose el sudor—, pero sin un buen yesero, las casas serían frías y las paredes estarían llenas de grietas. Yo preparo el lienzo para que luego vengan los pintores. Mi oficio es dar firmeza, suavidad y protección a los hogares. Es el arte de hacer que todo encaje y se vea perfecto.
Mateo apuntó: 'El yesero cura las casas y las deja suaves'.
Continuaron su camino y entraron en un pequeño taller lleno de hilos de colores, telas de seda y botones brillantes. Era el taller de Doña Clara, la costurera. Ella estaba concentrada hilvanando el dobladillo de un vestido de fiesta, mientras que en una esquina descansaba un oso de peluche que esperaba ser remendado.
—Coser es como escribir una historia con hilo —comentó Doña Clara sin quitar la vista de su aguja—. Unimos piezas separadas para crear algo nuevo, o arreglamos lo que el tiempo ha desgastado. Ya sea un traje importante o el juguete favorito de un niño, mi trabajo es mantener las cosas unidas y hacer que duren. Es un oficio de detalle y mucho amor.
Mateo anotó emocionado: 'La costurera une los recuerdos con hilo'.
Finalmente, antes de volver a casa, pasaron por el mercado para comprar algunas frutas. Allí saludaron a Don Ricardo, el cajero. Don Ricardo movía sus manos con rapidez sobre el escáner, saludando a cada cliente por su nombre y contando las monedas con una precisión asombrosa.
—Parece sencillo, ¿verdad? —dijo Don Ricardo mientras le guiñaba un ojo a Mateo—. Pero el cajero es el puente final. Nosotros ayudamos a que las familias se lleven lo que necesitan para vivir. Llevamos las cuentas, organizamos el intercambio y nos aseguramos de que todo el sistema del mercado funcione bien. Soy el último saludo que recibe la gente antes de irse a casa, y trato de que sea siempre amable.
Mateo escribió su última nota: 'El cajero es el guardián del orden y la amabilidad'.
Esa noche, Mateo no podía dormir. Miró su libreta y repasó todo lo que había visto. Al día siguiente, en la escuela, cuando la maestra Lucía le preguntó qué quería ser de mayor, Mateo se levantó con seguridad.
—Maestra —dijo Mateo—, todavía no sé si quiero ser peluquero, panadera, yesero, costurera o cajero. Pero he aprendido algo muy importante. He aprendido que el mundo es como un gran reloj, y cada oficio es un engranaje diferente. Si falta el peluquero, perdemos la confianza; si falta la panadera, perdemos el sustento; si falta el yesero, nuestras casas se agrietan; si falta la costurera, todo se desmorona; y si falta el cajero, el orden se pierde. Todos los oficios son igual de importantes porque todos sirven para ayudarnos los unos a los otros.
Toda la clase rompió en aplausos. Mateo ya no se sentía perdido. Entendió que lo más importante no era el título que tuviera de mayor, sino el hecho de que, eligiera lo que eligiera, su trabajo sería una pieza esencial para que el mundo siguiera girando con alegría y armonía. Y así, con el corazón lleno de respeto por todos los trabajadores, Mateo empezó a soñar con todas las posibilidades que el futuro le ofrecía.
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