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Gratis · elegí una vozMateo tenía la piel color canela, una sonrisa que iluminaba cualquier día y unos ojos grandes y redondos que siempre parecían estar preguntando algo. Llevaba unas gafas de montura fina y oscura que le daban un aire de pequeño explorador. Pero lo que más le gustaba a Mateo era su sombrero de pescador beige claro, con un ala corta y blanda que le cubría la cabeza como un abrazo suave. Siempre lo usaba, sin importar el clima. Hoy, Mateo vestía su sudadera gris claro con capucha, una mochila negra colgando de sus hombros y pantalones verdes sueltos que le llegaban hasta los tobillos. Pero lo más peculiar de todo eran sus zapatos: ¡tenían forma de garras de oso! Le encantaba caminar con ellos, imaginando que era un pequeño oso explorando el mundo. En su mano derecha, sujetaba su inseparable botella de agua, con la parte inferior azul como el cielo y la superior amarilla como el sol.
Un día, el abuelo de Mateo, un hombre sabio con una barba blanca y ojos brillantes, le dijo: “Mateo, la luz que no ves es porque tú la irradias”. Mateo frunció el ceño. No entendía nada. ¿Cómo podía irradiar luz? ¿Dónde estaba esa luz? Decidió que tenía que encontrarla.
Así que, con su sombrero de pescador bien puesto y su botella de agua a mano, Mateo salió de su casa en busca de la misteriosa luz. Su primera parada fue La Merced, un mercado gigante lleno de colores, olores y sonidos. Caminó entre puestos de frutas exóticas, montañas de verduras y cestas llenas de flores. Preguntó a los vendedores si habían visto alguna luz especial, pero todos lo miraban con curiosidad y negaban con la cabeza. “La luz está en el corazón de cada uno, jovencito”, le dijo una anciana que vendía hierbas medicinales. Mateo no se rindió, pero aún no entendía.
Decidió ir más lejos. Tomó un autobús que lo llevó por un camino serpenteante entre montañas enormes y selva exuberante. ¡Hasta vio un cartel que decía “Pozuzo”! El viaje fue largo y emocionante, con paisajes que lo dejaban sin aliento. Se maravilló con los árboles gigantes, las cascadas que caían desde lo alto y los pájaros de colores que volaban a su alrededor.
Finalmente, el autobús llegó a Pozuzo, un lugar mágico con casas que parecían sacadas de un cuento de hadas. La gente vestía ropas diferentes y hablaban un idioma extraño. Mateo se sintió como si hubiera viajado a otro país. Lo que más le impresionó fue una laguna turquesa que brillaba con una luz intensa. Era tan hermosa que Mateo no podía apartar la vista.
Se acercó a la laguna y tocó el agua. ¡Estaba tibia! Un señor con un sombrero tirolés le dijo que la laguna era mágica y que debía darle algo a cambio para que le diera salud. Mateo pensó en lo que podía ofrecer. Recordó una moneda de cobre que guardaba de su abuelo, un recuerdo especial. Con un poco de tristeza, la arrojó al agua. La moneda desapareció en el fondo de la laguna y, de repente, Mateo sintió una energía cálida que lo invadió.
Continuó su viaje y llegó a Oxapampa, un lugar lleno de ranchos y campos verdes. Encontró un rancho con columpios que se elevaban hasta el cielo y puentes colgantes que parecían imposibles de cruzar. Mateo se atrevió a subirse a los columpios y a caminar por los puentes, superando sus miedos y disfrutando de la aventura. Le costó, pero logró pasar todos los obstáculos, sintiéndose cada vez más fuerte y valiente.
Después, visitó una piscigranja y pescó una trucha para comer. ¡Nunca había pescado antes! Estaba muy orgulloso de su logro. Luego, se aventuró a la Cueva del Tunki, una cueva oscura y misteriosa. Un abuelo guardián con una larga barba blanca custodiaba la entrada. Le preguntó a Mateo por qué quería entrar. Mateo le explicó su búsqueda de la luz. El abuelo, al ver la sinceridad en sus ojos, lo dejó pasar, advirtiéndole que debía ser respetuoso con la naturaleza.
Dentro de la cueva, Mateo vio estalactitas y estalagmitas que brillaban a la luz de su linterna. Sintió el frescor de la tierra y escuchó el eco de sus pasos. Se maravilló con la belleza del mundo subterráneo.
Finalmente, en su camino de regreso, encontró algo muy extraño: ¡una casa con el techo abajo! Era como si alguien la hubiera volteado al revés. La curiosidad lo invadió y entró. Adentro, no había muebles, ni ventanas, ni nada. Solo había un espejo grande que ocupaba toda una pared.
Mateo se acercó al espejo y se miró. Vio su rostro sonriente, sus ojos grandes y redondos, sus gafas de explorador y su sombrero de pescador. Y entonces, ¡lo entendió! La luz que su abuelo le había dicho que irradiaba no era algo que se encontraba fuera de él, sino algo que estaba dentro de él. Era su alegría, su curiosidad, su valentía, su amor por la naturaleza. Era todo lo que lo hacía ser Mateo.
Con una sonrisa aún más grande, Mateo salió de la casa al revés. Ya no necesitaba buscar la luz. La había encontrado en su propio corazón. Regresó a casa con su mochila, sus zapatos de garras de oso y su sombrero de pescador, listo para compartir su luz con el mundo.
Desde ese día, Mateo siempre recordaba las palabras de su abuelo y trataba de irradiar su luz a todos los que lo rodeaban. Aprendió que la verdadera luz no se ve con los ojos, sino que se siente en el corazón.
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