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Había una vez un niño llamado Mateo. Mateo era un niño muy, muy curioso. Tenía el pelo alborotado y unos zapatos nuevos que hacían ¡clic, clac, clic, clac! cada vez que corría por los pasillos de su escuela. A Mateo le encantaba su escuela, pero lo que más le gustaba era el rincón de los inventos en el salón de clases.
Un martes por la mañana, mientras el sol entraba por la ventana —¡brilli, brilli!—, Mateo encontró algo debajo de una mesa. Era un pequeño robot de metal brillante. Tenía ojos redondos como platos y una antena que hacía ¡tilín, tilín! cuando Mateo la tocaba.
—¡Hola, amiguito! —susurró Mateo—. Te llamaré Rayo.
Rayo no hablaba con palabras, pero hacía sonidos divertidos. ¡Bip, bup, rrrr! Mateo decidió que Rayo sería su secreto. Lo guardó en su mochila azul. ¡Ziiiip! cerró la cremallera muy rápido.
Durante la clase de matemáticas, Mateo estaba nervioso. Su mochila empezó a moverse sola. ¡Chiqui, chiqui, chiqui! El robot Rayo quería salir. Mateo lo sacó un poquito para que pudiera ver. Pero Rayo era muy travieso. ¡Fiuuuuu! El pequeño robot saltó de la mochila y empezó a correr por el suelo del salón.
¡Zas! Rayo pasó por debajo de la silla de la maestra. ¡Pum! Chocó contra una torre de cubos de madera. Los cubos cayeron al suelo: ¡cataplum, plaf, crac! Fue un ruido enorme. Todos los niños se dieron la vuelta. La maestra, la señorita Clara, miró la torre de cubos destruida y el jarrón de flores que ahora goteaba agua en el suelo. ¡Choof, choof!
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó la señorita Clara con voz suave pero seria.
Mateo sintió que su cara se ponía roja, muy roja. ¡Roja como un tomate! Tenía miedo. Si decía que era su robot, tal vez se lo quitarían. Así que Mateo hizo algo que no solía hacer. Se quedó calladito. Miró sus zapatos y no dijo nada.

—No lo sé, señorita —dijo otro niño.
La señorita Clara suspiró y limpió el agua. Mateo guardó a Rayo rápidamente en su mochila. Pero algo extraño sucedió. Mateo ya no tenía ganas de jugar. Sentía una bola pesada en su barriga. ¡Bum, bum, bum! Su corazón latía con fuerza, pero no de alegría. Era la mentira. La mentira se sentía como una piedra gris y fría dentro de su pecho.
En el recreo, sus amigos jugaban a la pelota. ¡Boing, boing! Pero Mateo estaba sentado solo. Sacó a Rayo de la mochila. El robot ya no hacía ¡tilín, tilín!. Sus ojos estaban apagados.
—¿Estás triste, Rayo? —preguntó Mateo.
Rayo solo hizo un sonido bajito: ¡uuh, uuh!
Mateo se dio cuenta de que guardar el secreto no era divertido. Ser honesto era importante para sentirse ligero otra vez. Caminó hacia el salón. Un paso, dos pasos, tres pasos. ¡Clic, clac! Sus zapatos ya no sonaban tan alegres.
Buscó a la señorita Clara en la biblioteca. Ella estaba ordenando libros. ¡Fush, fush! pasaban las páginas.
—Señorita Clara —dijo Mateo con voz pequeñita.

—Dime, Mateo, ¿pasa algo?
—Fui yo —dijo Mateo de repente. Las palabras salieron rápido—. Yo encontré un robot y lo traje al salón. Él tiró los cubos y el agua. Lo siento mucho por no decir la verdad antes.
En ese momento, ¡pum! La piedra gris en su barriga desapareció. Mateo respiró profundo. ¡Ahhh! Qué bien se sentía.
La señorita Clara sonrió. Se agachó para estar a la altura de Mateo.
—Gracias por ser honesto, Mateo. Decir la verdad a veces da miedo, pero es lo más valiente que puedes hacer. La honestidad ayuda a que todos podamos confiar los unos en los otros.
Mateo le mostró a Rayo. La maestra no se lo quitó. En lugar de eso, le propuso un trato.
—Mañana, en el tiempo de compartir, puedes enseñarle a toda la clase cómo funciona tu robot. Pero hoy, vamos a ayudar a recoger los cubos juntos.
Mateo estaba feliz. ¡Yupi! Corrió al salón. Recogió los cubos: ¡uno, dos y tres! Rayo empezó a brillar otra vez y su antena hizo el sonido más alegre de todos: ¡TILÍN, TILÍN, TILÍN!
Esa tarde, Mateo volvió a casa saltando. Aprendió que la verdad es como una luz que brilla en la oscuridad. Y desde ese día, siempre eligió decir la verdad, porque su corazón se sentía tan ligero como una pluma. ¡Fliiiip! ¡Y colorín colorado, este cuento de honestidad se ha acabado!
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Preguntas de comprensión
- ¿Qué ruido hacía la antena del robot Rayo cuando Mateo la tocaba?
- ¿Cómo se sentía Mateo físicamente cuando no decía la verdad sobre el desastre?
- ¿Qué lección aprendió Mateo al final de la historia sobre la honestidad?
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