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Había una vez un niño llamado Mateo, que vivía en una casa llena de risas y colores. Mateo era un niño muy curioso y siempre encontraba alegría en las pequeñas cosas: el olor del chocolate caliente, el sonido de la lluvia en el tejado y, sobre todo, las tardes de juego con su familia. Un sábado soleado, Mateo fue a la plaza del barrio con su primo. Mientras corrían por el césped, algo inusual captó su mirada. Entre los arbustos, crecía una flor de un color violeta tan intenso que parecía haber sido pintada con fragmentos del cielo nocturno. Pero lo más sorprendente no era su color, sino que la flor emitía un suave resplandor, como si guardara una pequeña luciérnaga en su interior.
Llevado por la curiosidad, Mateo se acercó lentamente. Al tocar sus pétalos aterciopelados, sintió un cosquilleo eléctrico que le recorrió el brazo. De repente, el mundo a su alrededor comenzó a girar y a desvanecerse. Los gritos de su primo y el sonido de los autos desaparecieron, reemplazados por el canto de aves exóticas y el susurro de hojas gigantes. Cuando Mateo abrió los ojos, ya no estaba en la plaza. Se encontraba en medio de una selva densa y vibrante, donde los árboles eran tan altos que tocaban las nubes y el aire olía a frutas desconocidas.
Al principio, el miedo invadió su corazón. Gritó buscando a su familia, pero solo el eco le respondió. Recordó entonces la flor violeta y pensó que, si encontraba otra igual, podría regresar. Caminó durante horas, apartando lianas y cruzando arroyos de agua cristalina. Sus pies se cansaron y su ánimo empezó a flaquear. Justo cuando estaba a punto de sentarse a llorar bajo un helecho gigante, escuchó un crujido entre los arbustos. De allí salió un niño, un poco más alto que él, con la ropa algo gastada pero con una mirada llena de asombro.
—¿Quién eres? —preguntó Mateo con voz temblorosa.

—Me llamo Pedro —respondió el niño—. No puedo creer que haya alguien más aquí. Yo llegué a esta selva hace dos años de la misma forma que tú.
Mateo y Pedro se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Pedro le explicó que durante todo ese tiempo había sobrevivido comiendo frutas y construyendo refugios, pero que nunca había dejado de buscar la flor violeta. A partir de ese momento, se volvieron inseparables. Mateo le contaba a Pedro sobre los inventos modernos y las películas, mientras que Pedro le enseñaba a Mateo a identificar las plantas seguras y a orientarse por las estrellas de aquel mundo mágico. Se convirtieron en mejores amigos, compartiendo el sueño de volver a casa.
Un amanecer, mientras exploraban una cueva escondida detrás de una cascada, la vieron. En el centro de una roca lisa, brillaba con una luz majestuosa la flor violeta. Los dos niños corrieron hacia ella, con el corazón latiendo a mil por hora. —¡Lo logramos, Pedro! —gritó Mateo. Se tomaron de la mano y, contando hasta tres, tocaron la flor al mismo tiempo. Pero no pasó nada. La flor seguía brillando, pero ellos seguían en la selva. Intentaron una y otra vez, pero el portal no se abría.
De repente, Mateo comprendió algo que le dolió en el alma. La flor solo tenía energía suficiente para transportar a una persona a la vez. Miró a Pedro, que tenía los ojos empañados de nostalgia. Pedro llevaba dos años lejos de sus padres, dos años sin un abrazo de buenas noches. Mateo extrañaba muchísimo a su familia, pero su sacrificio sería el regalo más grande para su amigo.

—Pedro, tienes que ir tú —dijo Mateo con firmeza.
—¿Qué? No, Mateo, no puedo dejarte aquí solo —respondió Pedro impactado.
—Tú has esperado mucho más tiempo. Ve con tu familia, cuéntales que estás bien. Yo soy fuerte, y ahora que sé dónde está la flor, encontraré otra para mí. Te lo prometo.
Con lágrimas en los ojos, Pedro abrazó a Mateo y le agradeció su inmensa generosidad. Al tocar la flor en solitario, Pedro se transformó en un haz de luz y desapareció. Mateo se quedó solo en la cueva, sintiendo una mezcla de tristeza y orgullo. No se rindió. Durante los días siguientes, buscó con una determinación renovada. Sabía que la selva era vasta, pero su esperanza era aún mayor. Cinco días después, en la cima de una colina iluminada por la luna, encontró una segunda flor violeta.
Al tocarla, el torbellino de colores regresó y, en un abrir y cerrar de ojos, Mateo estaba de vuelta en la plaza, justo en el mismo lugar donde todo había comenzado. Su familia lo buscaba desesperada, pues para ellos solo habían pasado unas horas. Tras el reencuentro lleno de besos y abrazos, Mateo no olvidó su promesa. Pasó semanas preguntando en plazas y escuelas, hasta que un día, en un parque al otro lado de la ciudad, vio a un niño sentado en un banco, mirando al cielo con una sonrisa. Era Pedro. Se reconocieron al instante y corrieron a abrazarse. Ahora, en el mundo real, su amistad continuaría para siempre, unidos por el secreto de la selva violeta.
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