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Había una vez un niño llamado Mateo. Mateo tenía cinco años y una curiosidad tan grande como el cielo azul de verano. Tenía el cabello castaño siempre un poco despeinado, como si el viento acabara de jugar con él. Esa mañana, Mateo vestía su camiseta amarilla favorita y sus overoles de mezclilla azul con botones grandes.
Mateo estaba en su jardín trasero, buscando tesoros escondidos entre las flores de lavanda de su mamá. De repente, algo brilló bajo las raíces retorcidas de un viejo roble. Era un trozo de papel viejo, pero no era un papel cualquiera. Tenía dibujos de árboles que se movían y ríos que parecían agua de verdad. ¡Era un mapa mágico!
El mapa mostraba un camino que comenzaba justo detrás del gran roble. Mateo, con el corazón saltando de emoción, siguió el sendero de piedras brillantes. Al cruzar un arco formado por ramas de sauce, el aire cambió. Ya no olía a césped cortado, sino a algodón de azúcar y flores de vainilla. Había llegado al Bosque de los Colores.
El bosque era un lugar asombroso. Las hojas de los árboles no eran solo verdes; eran de color naranja eléctrico, rosa chicle y violeta profundo. El suelo estaba cubierto de un musgo tan suave que parecía una alfombra de peluche. Mateo caminaba con cuidado, observando cómo las mariposas de cristal tintineaban al volar.
De pronto, escuchó un sollozo pequeño detrás de un hongo gigante de color rojo con lunares blancos. Al asomarse, Mateo encontró a una criatura maravillosa. Era un dragón, pero no uno temible. Era un dragón pequeño, de color azul brillante con escamas que relucían como zafiros y unos ojos verdes muy grandes y expresivos.

—Hola —dijo Mateo con voz suave—. Soy Mateo. ¿Por qué estás triste, pequeño dragón?
El dragón se secó una lágrima con su colita y respondió: —Me llamo Pipo. Estoy triste porque la Gran Estrella de la Suerte ha caído del cielo. Sin ella, los colores del bosque se están desvaneciendo. Mira mis alas, antes eran violetas y ahora se están volviendo grises.
Mateo miró el mapa y vio que una estrella parpadeaba débilmente en la Cueva de los Susurros. —No te preocupes, Pipo. Yo te ayudaré. ¡Somos un equipo! —exclamó Mateo, extendiendo su mano pequeña hacia el dragón. Pipo sonrió, mostrando unos dientes redonditos, y dejó que Mateo subiera a su espalda.
Juntos volaron bajo, rozando la superficie de un río de limonada. El viaje fue fantástico. Pasaron por valles donde las flores cantaban canciones de cuna y por colinas que parecían hechas de helado de fresa. Mateo se sujetaba fuerte de las escamas de Pipo, sintiendo el viento fresco en su cara y la calidez del sol mágico sobre su camiseta amarilla.
Finalmente, llegaron a la Cueva de los Susurros. La entrada estaba cubierta por una telaraña de seda plateada que brillaba en la oscuridad. No daba miedo, parecía más bien una cortina de diamantes. Mateo bajó de Pipo y entró con cuidado. En el centro de la cueva, atrapada entre hilos de luz, estaba la Gran Estrella. Era una esfera dorada que palpitaba suavemente.

—Está atrapada —susurró Mateo. Recordó que en su bolsillo llevaba algo especial: una pluma de ave fénix que había encontrado al inicio del camino. La pluma era tan ligera que podía cortar los hilos de luz sin lastimar a la estrella. Con mucha paciencia, Mateo liberó la estrella, que saltó a sus manos como un perrito juguetón.
La estrella era cálida y olía a galletas recién horneadas. Mateo y Pipo salieron corriendo de la cueva. El dragón voló lo más alto que pudo, llevando a Mateo y a la estrella hacia el pico más alto del bosque, la Montaña de Cristal. Desde allí, debían lanzar la estrella de vuelta al cielo.
—A la de tres —dijo Pipo—. ¡Una, dos y tres! —Mateo lanzó la estrella con todas sus fuerzas. El objeto dorado subió y subió, dejando un rastro de chispas de colores. Al llegar a lo más alto, estalló en mil luces pequeñas que se esparcieron por todo el horizonte.
Al instante, el bosque recuperó su brillo. Los árboles se volvieron más vibrantes que nunca. Las alas de Pipo recuperaron su hermoso color violeta en las puntas y sus escamas azules brillaron con una intensidad cegadora. El dragón saltó de alegría y abrazó a Mateo con sus alas suaves.
—¡Lo logramos, Mateo! —gritó Pipo—. Siempre serás el guardián de nuestro bosque.
Mateo sabía que era hora de volver. Pipo lo llevó de regreso al gran roble de su jardín. El sol ya se estaba poniendo, pintando el cielo de colores reales, pero igual de hermosos. Mateo se despidió de su amigo con un gran abrazo y prometió volver a visitarlo pronto.
Cuando Mateo entró en su casa, su mamá lo miró y sonrió. —¿Dónde has estado, pequeño explorador? Estás lleno de brillo —dijo ella, quitándole una pequeña chispa dorada del hombro. Mateo solo sonrió y guardó su mapa mágico en el cajón de los tesoros, sabiendo que la magia siempre está cerca de quienes se atreven a buscarla.
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