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Gratis · elegí una vozEn el centro de una ciudad llamada Villa Sombría, todo era de un color gris aburrido. Los edificios eran bloques rectos, las calles eran líneas planas y la gente caminaba mirando al suelo, vistiendo ropas de color ceniza. En esta ciudad vivía Mateo, un niño que guardaba un secreto bajo su cama: una pequeña caja de tizas de colores que ya casi no tenían punta. Mateo soñaba con ver algo diferente, algo que rompiera la monotonía de los ángulos rectos de su mundo.
Un sábado por la mañana, mientras exploraba un callejón que nunca antes había visto, Mateo encontró una estructura metálica oxidada que subía hacia la montaña más alta. Era un viejo teleférico, olvidado por el tiempo. Al lado de la estación, brotaba una fuente extraña que no arrojaba agua, sino una especie de neblina brillante. En una placa de bronce, se leía: 'La Fuente de la Geometría Sagrada'. Sentado junto a la fuente, había un hombre con una chaqueta cubierta de rombos, círculos y estrellas de colores vibrantes. Sus ojos brillaban como prismas.
—Hola, pequeño explorador —dijo el hombre con una voz que sonaba como el tintineo de cristales—. Me llamo Okuda. He estado esperando a alguien con la curiosidad suficiente para activar el motor de los sueños.
Mateo, asombrado, se acercó a la fuente. Okuda le explicó que la ciudad no siempre había sido gris. Antiguamente, la Fuente de la Geometría alimentaba el Teleférico del Prisma, el cual distribuía el color y las formas por todo el valle. Pero cuando la gente dejó de imaginar, la fuente se secó y el teleférico se detuvo.
—¿Cómo podemos arreglarlo? —preguntó Mateo, sacando sus tizas desgastadas.
Okuda sonrió y señaló la fuente. —Necesitamos combinar tu voluntad con la geometría pura. Dibuja un círculo perfecto en el aire con tu tiza roja.
Mateo lo hizo. De repente, la neblina de la fuente comenzó a girar, transformándose en esferas líquidas que flotaban en el aire. Okuda sacó un pincel gigante y, con movimientos rápidos, transformó esas esferas en triángulos amarillos y cuadrados azules. El mecanismo del teleférico crujió y, con un estallido de luz, una cabina decorada con patrones caleidoscópicos descendió del cable.
—Sube, Mateo. Hoy seremos los arquitectos del nuevo mundo —invitó Okuda.
Ambos subieron a la cabina. Mientras el teleférico ascendía, la vista de Villa Sombría se extendía bajo ellos. Okuda abrió una trampilla en el suelo de la cabina y le entregó a Mateo unos sacos llenos de polvos mágicos. —Cada vez que veas un edificio demasiado recto, lanza un puñado de círculos. Donde veas una plaza triste, lanza un hexágono.
A medida que avanzaban por el cable, Mateo lanzaba las formas geométricas. Al tocar el suelo gris, los polvos estallaban en murales gigantescos. Un edificio cuadrado se veía de pronto adornado con la cara de un animal fantástico hecho de triángulos multicolor. Una calle larga y aburrida se llenaba de rombos que parecían diamantes en el pavimento. La geometría de Okuda no solo traía color, sino vida. Las personas salían de sus casas, mirando hacia arriba con asombro, viendo cómo su mundo se transformaba en una obra de arte viviente.
—¡Mira allá! —gritó Mateo señalando el hospital—. ¡Hagámoslo parecer un bosque de estrellas!
Okuda asintió y, usando un proyector de luz que salió del techo de la cabina, dibujó patrones fractales que envolvieron el edificio. Los niños que estaban dentro empezaron a reír al ver las paredes llenas de colores neón y formas que parecían bailar. El teleférico llegó a la cima de la montaña, donde se encontraba la Fuente Principal. Allí, Okuda y Mateo unieron sus manos y lanzaron una última ráfaga de energía geométrica que cubrió toda la ciudad como un arcoíris sólido.
Cuando el teleférico regresó a la estación, Villa Sombría ya no existía. En su lugar estaba Ciudad Prisma. La gente ya no miraba al suelo; ahora caminaban con la cabeza en alto, admirando los patrones simétricos y los colores que Okuda y Mateo habían regalado.
—Mi trabajo aquí ha terminado —dijo Okuda, entregándole a Mateo su pincel—. La geometría está en todas partes, Mateo. Solo hace falta alguien que se atreva a dibujarla.
Okuda desapareció en un destello de triángulos dorados, dejando a Mateo frente a la fuente, que ahora fluía con agua cristalina y brillante. Mateo guardó su pincel, sabiendo que a partir de ese día, nunca más le faltaría color a su mundo, porque la magia de las formas viviría siempre en su imaginación.
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