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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Mateo, cuya energía parecía no tener fin. En la Escuela Primaria Los Girasoles, todos sabían que Mateo era el niño más rápido de su clase. Sus pies siempre querían estar en movimiento, como si tuvieran pequeños motores invisibles en los talones. Sin embargo, Mateo tenía un pequeño problema: a veces olvidaba que no todos los lugares son pistas de carreras.
Era un martes por la mañana y el cielo estaba cubierto de nubes grises que descargaban una lluvia constante sobre el patio de juegos. Por esa razón, la maestra Clara anunció que el recreo se llevaría a cabo dentro del salón de clases. El salón era un lugar acogedor, lleno de estantes con libros, rincones de arte y mesas donde los niños compartían sus meriendas y proyectos.
—Recuerden, niños —dijo la maestra Clara con voz dulce pero firme—, hoy el salón es nuestro espacio de juego. Pueden usar los bloques, los colores o los rompecabezas, pero es muy importante que caminen con cuidado. No debemos correr, porque el espacio es pequeño y hay muchas esquinas y compañeros trabajando.
Mateo asintió con entusiasmo, pero en su mente, la velocidad seguía zumbando. Se sentó en una esquina a dibujar un gran cohete espacial, pero de repente se dio cuenta de que necesitaba el marcador azul brillante que estaba al otro lado del salón, en la mesa de Valentina. Valentina era una niña muy dedicada que estaba terminando una delicada torre de palitos de madera para su proyecto de ciencias.
Mateo miró el marcador y luego miró el espacio que lo separaba de él. Sus motores internos se encendieron. 'Si voy rápido, llegaré en un segundo y nadie se dará cuenta', pensó para sí mismo. Sin pensarlo dos veces, Mateo se impulsó con sus piernas y salió disparado como un rayo entre las hileras de pupitres.
—¡Mateo, no corras! —gritó un compañero, pero Mateo ya iba a mitad de camino.
En ese preciso instante, sucedió lo que la maestra Clara temía. Al dar un giro brusco para esquivar una mochila que estaba en el suelo, Mateo perdió el equilibrio. Sus zapatos resbalaron sobre el piso de madera recién encerado. Intentó frenar, pero la inercia lo empujó hacia adelante. Con un estruendo, Mateo chocó de lleno contra la mesa de Valentina.
Todo pareció suceder en cámara lenta. La torre de palitos de Valentina, que le había tomado tres días construir, voló por los aires y se desmoronó en el suelo. Valentina, que estaba sentada cerca, cayó de su silla por el impacto y comenzó a llorar del susto y el dolor en su rodilla. Mateo terminó en el suelo, con un fuerte golpe en el codo y el corazón latiendo a mil por hora.
El salón se quedó en silencio. La maestra Clara corrió de inmediato para ayudar a Valentina y luego se acercó a Mateo.
—¿Están bien? —preguntó con preocupación mientras revisaba la rodilla de Valentina y el codo de Mateo.
Mateo sentía una mezcla de dolor físico y una gran vergüenza. Miró a su alrededor y vio el desastre que había causado. La torre de Valentina estaba destruida y ella estaba muy triste.
—Lo siento mucho, Valentina —susurró Mateo con los ojos llenos de lágrimas—. Solo quería el marcador azul.
La maestra Clara ayudó a Valentina a sentarse y le puso una curita en la rodilla. Luego, se sentó en el suelo con Mateo.
—Mateo, entiendo que tienes mucha energía —dijo la maestra Clara con calma—, pero las reglas del salón no son para aburrirnos, sino para protegernos. Al correr por el salón, no solo te pusiste en riesgo de lastimarte tú mismo, como hiciste con tu codo, sino que también lastimaste a Valentina y destruiste algo en lo que ella trabajó con mucho esfuerzo. El salón de clases es un lugar compartido, y para que todos estemos seguros, debemos movernos con calma.
Esa tarde, Mateo no volvió a correr. Pasó el resto del tiempo ayudando a Valentina a recoger cada uno de los palitos de madera. Con mucha paciencia, y caminando con pasos lentos y seguros, fue buscando pegamento y materiales para ayudarla a reconstruir su torre. Descubrió que, al caminar, podía ver detalles del salón que antes ignoraba por ir tan rápido: los dibujos en las paredes, las sonrisas de sus amigos y la tranquilidad de un espacio seguro.
Desde ese día, Mateo se convirtió en el 'Guardián de la Seguridad' del salón. Siempre que sentía ganas de correr, recordaba el susto de Valentina y su propio codo raspado. Guardaba toda su velocidad para el patio de juegos, donde el pasto era suave y el espacio era infinito. En el salón, Mateo aprendió que caminar es la mejor forma de cuidar de sí mismo y de los demás, asegurándose de que el único torbellino en el aula fuera el de la imaginación y el aprendizaje.
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