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Había una vez un niño llamado Mateo que tenía una curiosidad tan grande que apenas le cabía en el pecho. Mateo vivía en un pueblo pequeño, pero sus preguntas eran gigantes. Un martes por la tarde, mientras merendaba una manzana roja y jugosa, se quedó mirando su brazo. ¿Cómo sabe mi mano que tiene que agarrar la fruta? ¿A dónde se va este bocado cuando lo trago?, se preguntó en voz alta. Justo en ese momento, su abuelo, un inventor de anteojos redondos y cabello alborotado, entró a la cocina con un aparato que parecía una mezcla entre un telescopio y una linterna mágica.
—Mirá, Mateo —dijo el abuelo con una chispa en los ojos—. Este es el Reductor de Perspectiva. Si querés respuestas, tenés que verlas por vos mismo. ¿Te animás a una aventura?
Antes de que Mateo pudiera decir ¡claro que sí!, el abuelo apretó un botón verde. Hubo un destello de luces de colores y, de repente, la cocina empezó a crecer... o mejor dicho, Mateo empezó a achicarse. En un abrir y cerrar de ojos, Mateo y su abuelo estaban flotando dentro de una burbuja transparente, tan pequeña que podían viajar a través de los poros de la piel.
La primera parada fue una cueva húmeda y rosada: la boca. Mateo vio cómo sus propios dientes, que ahora parecían montañas de mármol blanco, trituraban el trozo de manzana. ¡Es como una procesadora de alimentos!, exclamó Mateo. Vieron a las glándulas salivales trabajando como mangueras diminutas, preparando todo para el viaje. De repente, ¡pum!, se deslizaron por un tobogán largo y oscuro llamado esófago hasta llegar al estómago. Allí, el paisaje parecía un mar agitado de color verde claro. Acá es donde el ácido deshace la comida para que podamos usar su energía, explicó el abuelo mientras la burbuja esquivaba las olas de jugo gástrico.
Después de navegar por los túneles serpenteantes de los intestinos, donde vieron a millones de vellosidades absorbiendo nutrientes como si fueran pequeñas manos, la burbuja se filtró hacia el torrente sanguíneo. ¡Eso sí que fue emocionante! Mateo se sintió como en una autopista futurista. Estaban rodeados de glóbulos rojos, que parecían gomitas salvavidas de color carmesí cargando mochilas llenas de oxígeno. También vieron a los glóbulos blancos, los valientes soldados del cuerpo, que patrullaban la zona buscando microbios intrusos. ¡Mirá ese!, gritó Mateo señalando a un glóbulo blanco que envolvía a una bacteria distraída. ¡Es el ejército secreto que nos cuida!, pensó con admiración.
Siguiendo la corriente, llegaron a una estación de bombeo gigante y rítmica: el corazón. El sonido era un bum-bum, bum-bum tan potente que hacía vibrar la burbuja. Este es el motor que nunca descansa, dijo el abuelo. Mateo observó maravillado cómo las válvulas se abrían y cerraban con una precisión perfecta, enviando la sangre hacia los pulmones. En los pulmones, el paisaje cambió por completo. Parecía un bosque de árboles al revés, con racimos de globos transparentes en las puntas. Mateo vio cómo el aire fresco entraba y los glóbulos rojos cambiaban su carga de dióxido de carbono por oxígeno nuevo y brillante. Era como una gran feria de intercambio de aire puro.
Pero la aventura no terminó ahí. La burbuja subió a toda velocidad hacia la torre de control: el cerebro. Al entrar, Mateo quedó mudo. No era oscuro ni silencioso; estaba lleno de destellos eléctricos que viajaban de un lado a otro como relámpagos azules. Estas son las neuronas, explicó el abuelo. Se pasan mensajes todo el tiempo. Gracias a ellas podés pensar, recordar tus cuentos favoritos y sentir el sabor de la manzana. Mateo vio una conexión brillar con fuerza y supo que era el recuerdo de su mamá dándole un beso antes de dormir. Era el lugar más mágico de todos.
Finalmente, pasaron por los músculos del brazo, que parecían cuerdas elásticas y poderosas trenzadas entre sí. Mateo entendió que, cuando él quería mover la mano, el cerebro enviaba un rayo eléctrico por los nervios para avisarle a esos músculos que debían contraerse. Todo funcionaba como una orquesta perfectamente afinada.
—Ya es hora de volver, Mateo —dijo el abuelo apretando el botón rojo del aparato.
En un instante, Mateo estaba de vuelta en la silla de la cocina, con la manzana todavía en la mano. Se miró las manos, se tocó el pecho para sentir su corazón y respiró profundo. Ya no veía su cuerpo como algo simple; ahora sabía que por dentro era un universo vibrante, lleno de trabajadores incansables, soldados valientes y una computadora más potente que cualquier otra en el mundo. Mateo sonrió, le dio un gran abrazo a su abuelo y terminó su manzana, sabiendo que cada bocado era el combustible para que su increíble máquina interna siguiera funcionando. Desde ese día, Mateo no solo cuidó su cuerpo, sino que lo admiró como el tesoro más grande de su vida.
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