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Gratis · elegí una vozMateo era un niño curioso, con el pelo como un campo de trigo y unos ojos que brillaban como luciérnagas. Le encantaba mirar las estrellas desde la ventana de su habitación. Una noche, mientras observaba la constelación de Orión, vio algo caer del cielo. ¡Era una estrella! Pero no una estrella cualquiera, esta brillaba con un color plateado y cuando Mateo la tocó, ¡le habló!
"¡Hola, Mateo! Soy Estelita," dijo la estrella con una voz tintineante como campanitas. "Vengo del Planeta Zafiro y necesito tu ayuda."
Mateo, asombrado pero sin dudarlo, preguntó: "¿Qué puedo hacer?"
Estelita explicó que en el Planeta Zafiro, los animales parlantes habían perdido la alegría de cantar y contar historias. Una sombra extraña había cubierto el planeta, silenciando las voces alegres. Necesitaban a alguien con un corazón puro y una imaginación desbordante para devolverles la alegría.
Sin pensarlo dos veces, Mateo aceptó la misión. Estelita, brillando intensamente, lo envolvió en una luz cálida y, ¡puf!, desaparecieron en un torbellino de polvo de estrellas.
Cuando Mateo abrió los ojos, se encontró en un planeta bañado en luz azulada. Árboles con hojas de cristal tintineaban con la brisa y flores de todos los colores imaginables perfumaban el aire. Pero, a pesar de la belleza del lugar, había una tristeza palpable.
Un conejo de pelaje azul celeste se acercó a Mateo, arrastrando las orejas. "Bienvenido, pequeño humano," dijo con voz apagada. "Soy Azulina. Antes cantábamos canciones maravillosas, pero ahora... ya no podemos."
Mateo vio un grupo de loros con plumas arcoíris sentados en silencio en una rama, sus picos cerrados. Un oso panda gigante, normalmente un juguetón artista de circo, estaba sentado con la cabeza gacha.
"¿Qué pasó?" preguntó Mateo a Azulina.
"Una sombra, un silencio... vino de repente. Desde entonces, nuestras voces están apagadas," respondió el conejo.
Mateo pensó un momento. Recordó las historias que su abuela le contaba antes de dormir, historias llenas de magia y aventura. Decidió que la mejor forma de devolverles la alegría era contarles una historia.
Se subió a una roca grande y gritó: "¡Atención, habitantes del Planeta Zafiro! ¡Voy a contarles una historia!"
Al principio, los animales lo miraron con incredulidad. Pero poco a poco, se acercaron, curiosos. Mateo comenzó a contar la historia de un valiente caballero que luchaba contra un dragón malvado para salvar a una princesa. Usó su voz, sus manos y su imaginación para dar vida a la historia. Imitó el rugido del dragón, el galope del caballo y el sonido de la espada chocando contra la armadura.
A medida que Mateo contaba la historia, algo mágico comenzó a suceder. Los loros comenzaron a mover sus plumas, los ojos del oso panda gigante brillaron con un destello y Azulina movió sus orejas con entusiasmo. Al final de la historia, una pequeña ardilla pelirroja soltó una risita.
"¡Otra! ¡Otra!" gritaron los animales, recuperando lentamente sus voces.
Mateo contó otra historia, y luego otra más. Cada historia llenaba el Planeta Zafiro con más alegría y color. Los loros comenzaron a cantar melodías suaves, el oso panda gigante hizo una pirueta y Azulina saltó de alegría. La sombra que había cubierto el planeta comenzó a disiparse, reemplazada por la luz brillante de la felicidad.
Después de un día entero de contar historias, Mateo se sintió cansado pero feliz. Estelita apareció a su lado, brillando aún más intensamente.
"Has salvado el Planeta Zafiro, Mateo," dijo Estelita. "Tu corazón puro y tu imaginación han devuelto la alegría a estos animales."
Era hora de volver a casa. Estelita envolvió a Mateo en su luz cálida y, en un instante, Mateo estaba de vuelta en su habitación, mirando las estrellas por la ventana. Estelita brilló una última vez y luego se elevó hacia el cielo, uniéndose a las otras estrellas.
Mateo nunca olvidó su aventura en el Planeta Zafiro. Cada noche, antes de dormir, miraba las estrellas y recordaba la importancia de la alegría, la imaginación y el poder de las historias. Y sabía que, en algún lugar lejano, en un planeta bañado en luz azulada, los animales parlantes seguían cantando y contando historias gracias a él.
Desde esa noche, Mateo siguió cultivando su imaginación y contando historias a todos los que lo rodeaban. Sabía que incluso la más pequeña chispa de imaginación podía encender la alegría en el corazón de los demás, tal como él lo había hecho en el Planeta Zafiro.
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