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Érase una vez, en un valle verde y soleado, un hermoso niño llamado Mateo. Mateo tenía el cabello castaño como la corteza de un árbol y ojos brillantes como dos luceros. Un día, mientras caminaba de regreso a casa desde la escuela, sintió el irresistible impulso de visitar el lago cercano. Le encantaba lanzar piedras planas sobre el agua y ver cuántas veces rebotaban antes de hundirse.
En la orilla del lago, bajo la sombra de un sauce llorón, Mateo encontró la piedra perfecta: lisa, redonda y con un peso ideal. Se preparó para lanzarla cuando, de repente, escuchó una vocecita.
"¡Croac! ¡Croac! ¡Yo puedo saltar más veces que esa piedra!"
Mateo se sobresaltó. Miró a su alrededor y vio una rana. No era una rana cualquiera. Esta rana era de un verde esmeralda brillante, con grandes ojos dorados que parecían cuentas de vidrio. Parecía tener mucha energía.
"¿En serio?" preguntó Mateo, incrédulo. "¿Puedes saltar más veces que mi piedra? ¡Esta piedra es una campeona!"
"¡Claro que sí!" respondió la rana, con una sonrisa que parecía extenderse de oreja a oreja (si es que las ranas tuvieran orejas). "¡Soy la rana más saltarina de todo el lago! Me llamo Cohete."
Mateo sonrió. Nunca antes había hablado con una rana, y mucho menos con una que se llamara Cohete. Intrigado, aceptó el desafío. Lanzó su piedra plana con todas sus fuerzas. La piedra rebotó cuatro veces antes de hundirse en el agua.
Cohete se preparó. Tomó una bocanada de aire, flexionó sus largas patas traseras y ¡BAM! Saltó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¡seis veces! Cohete aterrizó en la orilla, jadeando pero victoriosa.
Mateo se quedó boquiabierto. "¡Increíble! ¡Eres realmente una rana cohete!" exclamó, riendo.
A partir de ese día, Mateo y Cohete se convirtieron en los mejores amigos. Todas las tardes, después de la escuela, Mateo corría al lago para encontrarse con Cohete. Jugaban a las carreras, a las escondidas entre los juncos y, por supuesto, a competir en saltos. Mateo lanzaba piedras y Cohete saltaba, siempre esforzándose por superar el récord del otro.
Con el tiempo, otras ranas se unieron a sus juegos. Estaban Ranasia, la rana más elegante, siempre adornada con una flor de nenúfar en la cabeza; Croacito, el más pequeño y tímido, que siempre necesitaba un empujoncito para saltar; y Saltafango, el más travieso, que siempre terminaba cubierto de barro.
El lago se convirtió en un lugar de alegría y risas. Mateo aprendió mucho de las ranas: sobre la naturaleza, sobre la importancia de la amistad y sobre la diversión de competir de forma amistosa. Las ranas, a su vez, aprendieron de Mateo sobre el mundo fuera del lago, sobre los libros, los juegos de pelota y la importancia de cuidar el medio ambiente.
Un día, Mateo notó que el agua del lago estaba un poco sucia. Había basura flotando y las flores de nenúfar se veían marchitas. Les contó su preocupación a sus amigos ranas.
"¡Tenemos que hacer algo!" exclamó Ranasia, con su flor de nenúfar temblando.
"Pero, ¿qué podemos hacer?" preguntó Croacito, con su voz temblorosa.
Mateo tuvo una idea. "¡Podemos organizar una limpieza del lago! Invitaré a mis amigos de la escuela y ustedes pueden invitar a todas las ranas del lago."
Y así lo hicieron. Al día siguiente, Mateo y sus amigos, junto con Cohete y todas las ranas del lago, se reunieron en la orilla. Trabajaron juntos, recogiendo basura, plantando nuevas flores de nenúfar y limpiando las orillas del lago. Fue un trabajo duro, pero lo hicieron con alegría y entusiasmo.
Al final del día, el lago brillaba como nunca antes. El agua estaba limpia y cristalina, las flores de nenúfar florecían exuberantes y las ranas croaban felices. Mateo y Cohete se abrazaron (bueno, Mateo abrazó a Cohete suavemente) y sonrieron. Sabían que habían hecho algo bueno, algo que había marcado la diferencia.
A partir de ese día, Mateo y Cohete siguieron siendo los mejores amigos, cuidando el lago y disfrutando de su amistad acuática. Y cada vez que Mateo lanzaba una piedra plana sobre el agua, Cohete saltaba a su lado, demostrando que la amistad, como un buen salto, puede llegar muy lejos.
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