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En el corazón de un valle donde las nubes siempre parecían algodones de azúcar, se alzaba una casa grande de paredes amarillas y ventanas redondas llamada "Ojitos de Amor". No era una casa común; era un Centro de Acogida Residencial, un lugar donde el aire siempre olía a pan recién horneado y las risas de los niños flotaban como pompas de jabón en el viento. Allí vivía Mati, un niño de siete años con una curiosidad tan grande como sus ojos brillantes y un cabello alborotado que parecía tener vida propia.
Mati era muy feliz en Ojitos de Amor. Le encantaba trepar al viejo árbol de mango del patio, jugar a las escondidas en los pasillos infinitos y compartir sus juguetes con sus hermanos de corazón. Sin embargo, a veces, cuando el sol se escondía y las sombras se alargaban, Mati se sentaba en el alféizar de su ventana a observar el camino que se perdía en la montaña. Él no recordaba nada de su vida antes de la casa. Para él, el mundo siempre había sido aquel refugio lleno de dibujos en las paredes y canciones antes de dormir. A menudo se preguntaba: "¿De dónde vine? ¿Cómo empezó mi historia?".
Una tarde de lluvia suave, de esas que invitan a contar secretos, Mati buscó a la Mamita Rosa. Ella era la cuidadora más experimentada, una mujer de manos cálidas y una voz que siempre sonaba a melodía de paz. La encontró en la biblioteca, organizando unos cuentos viejos. Mati se acercó sigilosamente y tiró suavemente de su delantal.

—Mamita Rosa —susurró el niño—, todos en la escuela hablan de sus fotos de cuando nacieron y de sus casas de antes. Yo siempre he vivido aquí. ¿Es que yo no tengo una historia de inicio?
Mamita Rosa dejó los libros, miró a Mati con una ternura infinita y lo invitó a sentarse en un gran sillón de terciopelo verde. —Oh, Mati —dijo ella, acariciando su mejilla—, tu historia es una de las más hermosas que he conocido. No todas las historias comienzan en el mismo punto del mapa, pero todas nacen de un deseo profundo del universo.
Rosa comenzó a relatar que, hace unos años, el hogar "Ojitos de Amor" sentía que le faltaba una nota especial en su orquesta de alegrías. Las paredes estaban pintadas, pero faltaba un brillo; el jardín tenía flores, pero faltaba una fragancia única. —Una noche —continuó Rosa—, el cielo se llenó de hilos de estrellas que parecían tejer un camino plateado directamente hacia nuestra puerta. No hubo ruidos fuertes, solo un suave murmullo, como el de una mariposa posándose en una flor. Cuando abrimos la puerta, allí estabas tú, envuelto en una manta que parecía hecha de pedacitos de cielo.

Mati escuchaba con la respiración contenida. —¿Y quién me trajo? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Te trajo la esperanza, Mati —respondió Rosa con sabiduría—. Tu origen no es un lugar frío o un olvido. Tu historia empezó con un acto de entrega y valentía. Alguien, en algún lugar, deseó para ti lo mejor del mundo y el destino se encargó de traerte al lugar donde más te necesitábamos. Nosotros no te encontramos por casualidad; te estábamos esperando sin saberlo. Desde el primer segundo en que tus ojitos miraron los nuestros, supimos que esta casa por fin estaba completa.
Rosa le explicó que ser un niño de "Ojitos de Amor" significaba tener una familia que se elige y se construye cada día. Le habló de cómo sus primeros pasos fueron celebrados por todos los niños del hogar, y cómo su primera palabra fue un regalo para todas las mamitas que lo cuidaban. Mati comprendió que su origen no era un misterio triste, sino un hermoso rompecabezas de amor donde cada pieza era un abrazo, una curita en la rodilla o un cuento compartido.
Esa noche, Mati no miró el camino de la montaña con nostalgia. Miró hacia adentro, hacia su propio corazón, y lo sintió lleno y cálido. Se dio cuenta de que no necesitaba fotos antiguas para saber quién era. Él era el niño que traía la luz a la casa, el pequeño explorador de los pasillos amarillos y el hijo de un amor que no conoce fronteras. Se durmió con una sonrisa, sabiendo que su historia no solo tenía un inicio maravilloso, sino que el resto de los capítulos los escribiría él mismo, rodeado de su gran familia en Ojitos de Amor.
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