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Gratis · elegí una vozMatías estaba nervioso. Hoy era su primer día en el Colegio Berrios. El colegio era enorme, con pasillos largos y llenos de carteles coloridos. Matías agarró fuerte la mano de su mamá mientras caminaban hacia su salón, el 1-B.
Al entrar, la maestra, la Señorita Elena, sonrió con amabilidad. "¡Bienvenido, Matías! Estamos muy contentos de tenerte aquí." La Señorita Elena tenía el pelo recogido en un moño y unos lentes redondos que le daban un aspecto muy sabio.
Matías se sentó en su pupitre, al lado de una niña con dos trenzas largas y rojas. Ella le sonrió y le dijo, "Hola, soy Sofía." Matías le devolvió la sonrisa, sintiéndose un poco más tranquilo.
La clase comenzó con la Señorita Elena escribiendo el alfabeto en la pizarra con una tiza blanca. Matías observaba con atención, intentando recordar cada letra. De repente, la Señorita Elena gritó: "¡Oh, no! ¿Dónde está la tiza? ¡Desapareció!"
La clase entera se quedó en silencio. Todos miraban a la Señorita Elena, quien parecía muy preocupada. "¿Alguien vio la tiza?" preguntó la Señorita Elena.
Nadie respondió. La tiza, ¡simplemente había desaparecido!
Matías, aunque era su primer día, sintió que debía ayudar. Él siempre había sido muy observador y le encantaba resolver misterios. "Tal vez podemos buscarla juntos," sugirió Matías tímidamente.
La Señorita Elena sonrió. "¡Qué buena idea, Matías! ¡Todos a buscar la tiza!"
Sofía, la niña de las trenzas rojas, se unió a Matías. "Yo te ayudo," dijo. "A mí también me gustan los misterios."
Comenzaron buscando debajo de los pupitres. Revisaron detrás de la pizarra y dentro de la papelera. ¡Nada! La tiza parecía haberse esfumado.
Matías notó algo extraño. Había un pequeño rastro de polvo blanco en el suelo, que conducía hacia el rincón de los juguetes. "¡Mira, Sofía!" exclamó Matías, señalando el rastro.
Siguiendo el rastro de polvo, llegaron al rincón de los juguetes. Allí, encontraron a Pablo, un niño que siempre estaba jugando con los bloques de construcción. Pablo estaba muy concentrado, construyendo una torre altísima.
"Pablo, ¿viste la tiza?" preguntó Sofía suavemente.
Pablo se sobresaltó y dejó caer un bloque. "¿La tiza? No, yo no la tengo," respondió Pablo, con la voz un poco temblorosa.
Matías observó a Pablo con atención. Notó que tenía las manos un poco blancas. ¡Blanco como la tiza!
"Pablo, ¿podemos ver tus manos?" preguntó Matías.
Pablo dudó un momento, pero finalmente extendió las manos. ¡Estaban cubiertas de polvo de tiza!
"¡Ajá!" exclamó Matías. "¡Tú tienes la tiza!"
Pablo se puso rojo de vergüenza. "Lo siento," dijo Pablo. "Estaba construyendo un castillo para la Señorita Elena y pensé que la tiza sería perfecta para hacer las torres blancas."
La Señorita Elena se acercó y le sonrió a Pablo. "Entiendo que querías hacer algo lindo, Pablo, pero la tiza es para escribir en la pizarra. La próxima vez, puedes pedírmela," dijo la Señorita Elena con cariño.
Pablo devolvió la tiza a la Señorita Elena. La Señorita Elena le agradeció a Matías y a Sofía por ayudar a resolver el misterio.
"¡Buen trabajo, detectives!" dijo la Señorita Elena, sonriendo.
Matías y Sofía se sintieron muy orgullosos de haber resuelto el misterio de la tiza desaparecida. Desde ese día, Matías se sintió como en casa en el Colegio Berrios. Hizo un nuevo amigo, Sofía, y descubrió que le encantaba ser un detective. Y Pablo, aprendió que siempre es mejor pedir las cosas prestadas.
Al final del día, la mamá de Matías lo recogió en la puerta del colegio. "¿Cómo te fue en tu primer día?" preguntó su mamá.
"¡Increíble!" respondió Matías. "¡Resolví un misterio!" Y le contó a su mamá toda la historia de la tiza desaparecida en el Colegio Berrios. Su mamá sonrió, sabiendo que Matías había encontrado su lugar en el Colegio Berrios. Y quién sabe, tal vez muchos más misterios lo esperaban en el futuro.
Al día siguiente, Matías llegó al colegio Berrios con una sonrisa. Sabía que cada día sería una nueva aventura, llena de amigos, aprendizaje y, tal vez, ¡algún que otro misterio por resolver! El Colegio Berrios, después de todo, era un lugar mágico donde todo podía pasar.
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