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Matilda era una mariquita muy, muy pequeña, con siete puntitos negros brillantes como pequeños botones de noche. Vivía en una hoja de trébol mullidita y verde, junto a su mamá, que era muy cariñosa, y sus hermanos, que siempre estaban jugando a las carreras de hormigas. Un día soleado, Matilda vio algo maravilloso: una mariposa de colores brillantes, ¡como un arcoíris volando! Pasó danzando por el aire, dejando un rastro de polvo mágico.
—¡Oh, qué bonita! —exclamó Matilda, abriendo sus ojitos redondos como cerezas—. ¡Me gustaría volar como ella! ¡Tan alto y tan rápido!
Su mamá, que estaba limpiando sus antenitas, le explicó con dulzura: —Cariño, las mariquitas no podemos volar tan alto como las mariposas. Nuestras alas son más pequeñitas y nos gusta estar cerquita de la tierra. Pero eso no significa que no podamos volar y divertirnos.
Pero Matilda, que era una mariquita muy decidida, no se rindió tan fácilmente. Pensó: "¡Tengo una idea! Voy a hacer un viaje para encontrar a la mariposa y pedirle un consejo. ¡Seguro que sabe algún truco!"
Así que, al día siguiente, cuando el sol brillaba con más fuerza, Matilda se despidió de su mamá y sus hermanos y comenzó su gran aventura. Caminó por el jardín, que era un mundo gigante para una mariquita tan pequeña. Pasó por flores de todos los colores: rojas como fresas, amarillas como el sol, azules como el cielo y moradas como las uvas. Cada flor olía diferente y las abejas zumbaban a su alrededor, ocupadas en recoger el néctar dulce.
En su camino, se encontró con una oruga verde y gordita que comía una hoja con mucho apetito. La oruga hacía "crunch, crunch" con cada mordisco.
—Hola, oruga. ¡Buenos días! —saludó Matilda con su vocecita suave—. ¿Has visto a una mariposa de colores? ¡Una muy bonita que vuela alto!
La oruga, que tenía la boca llena de hoja, respondió con la boca llena: —Sí, sí, la vi hace un ratito. Voló hacia el árbol grande que está al final del jardín. ¡Es enorme, no te puedes perder!
Matilda le dio las gracias a la oruga y siguió caminando. El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvo que escalar pequeñas piedras, cruzar charquitos de agua y evitar las patas gigantes de las hormigas. Pero Matilda no se rindió. ¡Estaba decidida a encontrar a la mariposa!
Finalmente, después de mucho caminar, llegó al árbol grande. ¡Era tan alto que parecía tocar el cielo! Allí, entre las hojas verdes y brillantes, vio a la mariposa descansando sobre una rama. Sus alas de colores se movían suavemente con la brisa.
Matilda respiró hondo y se acercó a la mariposa. —Hola, mariposa. ¡Qué linda eres! Soy Matilda, una mariquita. Quiero volar como tú, ¿me puedes ayudar? —preguntó Matilda, con los ojitos llenos de esperanza.
La mariposa, que era muy sabia y amable, sonrió y le dijo: —Hola, Matilda. ¡Qué valiente eres por venir hasta aquí! Pero, ¿sabes? Cada uno tiene su propia forma de volar. Yo puedo volar muy alto porque tengo alas grandes y fuertes. Tú, con tus alas pequeñitas, puedes volar cerquita del suelo y explorar el mundo desde cerca. ¡Verás muchas cosas bonitas que yo me pierdo desde arriba!
La mariposa continuó: —Puedes ver las hormigas trabajando, las flores abriéndose al sol, las gotas de rocío brillando como diamantes. ¡Hay un mundo entero por descubrir ahí abajo! Solo tienes que abrir tus alas y disfrutar del viaje.
Matilda escuchó atentamente las palabras de la mariposa. Se sintió feliz y comprendió que la mariposa tenía razón. No necesitaba volar alto para disfrutar del mundo. Podía volar a su manera y descubrir cosas maravillosas.
Le dio las gracias a la mariposa por su consejo y emprendió el camino de regreso a su hoja de trébol. Esta vez, no caminó, ¡voló! Voló bajito, como le había dicho la mariposa, y descubrió un montón de cosas nuevas. Vio una familia de caracoles dejando un rastro brillante, un grupo de hormigas cargando una hoja gigante y una araña tejiendo una telaraña preciosa.
Cuando llegó a su hoja de trébol, estaba muy contenta. Les contó a su mamá y a sus hermanos sobre su aventura y sobre el consejo de la mariposa. Desde ese día, Matilda disfrutó de volar bajito y descubrir las maravillas del jardín. Aprendió que cada uno es especial a su manera y que no importa cómo vueles, lo importante es disfrutar del viaje.
Y así, Matilda la mariquita viajera, siguió explorando el mundo, feliz y contenta con su propia forma de volar.
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