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Gratis · elegí una vozMayi, una niña de seis años con coletas castañas y ojos brillantes como dos luceros, no podía contener su emoción. ¡Hoy era el día! Iba a visitar el zoológico por primera vez. Su abuela, Abuela Elena, le había prometido esta aventura durante semanas, y finalmente, el sol brillaba y el autobús estaba en camino.
"¡Mira, Abuela! ¡Ya casi llegamos!" exclamó Mayi, pegando su nariz a la ventana. Afuera, los árboles pasaban volando, y Mayi imaginaba que eran elefantes corriendo a saludarla.
Al llegar al zoológico, Mayi sintió una explosión de olores: tierra húmeda, palomitas de maíz y algo… ¿animal? Abuela Elena le tomó la mano y juntas pasaron por la gran puerta de entrada. Un mapa enorme les daba la bienvenida, mostrando un laberinto de senderos y jaulas.
"¿Por dónde empezamos, Mayi?" preguntó Abuela Elena, sonriendo.
"¡Los monos! ¡Quiero ver los monos!" gritó Mayi, señalando un dibujo de un chimpancé juguetón en el mapa.
Siguiendo las flechas, llegaron a la zona de los primates. ¡Era un mundo de acrobacias y gritos! Monos de todos los tamaños y colores saltaban de rama en rama, se perseguían y se acicalaban unos a otros. Uno, muy travieso, le guiñó un ojo a Mayi y le lanzó una cáscara de plátano vacía. Mayi soltó una carcajada.
"¡Qué graciosos son!" dijo Mayi, observando cómo una mamá mona abrazaba a su bebé.
Después de los monos, fueron a ver los leones. Mayi se sorprendió de lo grandes que eran. El león macho, con su melena dorada, dormía plácidamente bajo el sol. La leona lo observaba con atención, moviendo la cola lentamente. Mayi imaginó que eran los reyes del zoológico, gobernando con su fuerza y elegancia.
"¡Son tan majestuosos!" susurró Mayi, impresionada.
La siguiente parada fue en la zona de los reptiles. A Mayi no le gustaban mucho las serpientes, pero Abuela Elena le aseguró que eran criaturas fascinantes. Vieron una enorme boa constrictor enrollada en una rama, una tortuga gigante que parecía tener cientos de años y un cocodrilo que permanecía inmóvil en el agua, esperando pacientemente a su presa.
"¡Guau, qué miedo!" exclamó Mayi, escondiéndose detrás de la falda de su abuela.
Para animarla, Abuela Elena la llevó a ver las aves. ¡Era un festival de colores y sonidos! Guacamayos rojos y azules parloteaban en sus jaulas, flamencos rosados se paseaban elegantemente por la laguna y un pavo real desplegó su impresionante cola, mostrando un abanico de plumas iridiscentes.
"¡Qué hermosas son!" dijo Mayi, olvidando su miedo a los reptiles. Le encantaba el sonido de sus cantos y el brillo de sus plumas.
La tarde avanzaba y el estómago de Mayi empezó a rugir. Abuela Elena la llevó a una cafetería dentro del zoológico y le compró un helado de fresa. Mientras lo comían, vieron pasar a un cuidador que llevaba un cubo lleno de pescado. Mayi sintió curiosidad.
"¿A dónde va con todo ese pescado?" preguntó Mayi.
"Probablemente a alimentar a los pingüinos," respondió Abuela Elena.
¡Los pingüinos! Mayi no los había visto en el mapa, pero ahora quería verlos más que a nada. Terminaron su helado y corrieron a buscar la zona de los pingüinos.
Al llegar, Mayi se maravilló. Los pingüinos, vestidos con sus elegantes trajes blancos y negros, se deslizaban torpemente por el hielo y se zambullían en el agua con una velocidad sorprendente. Un cuidador, con un gran cubo de pescado, comenzó a lanzárselo. Los pingüinos se abalanzaban sobre él, compitiendo por el mejor bocado. Mayi reía a carcajadas.
"¡Mira, Abuela! ¡Ese se cayó!" gritó Mayi, señalando a un pingüino torpe que se había resbalado en el hielo.
Después de un rato observando a los pingüinos, Mayi se sentía cansada pero feliz. Había visto tantos animales increíbles, había aprendido cosas nuevas y había pasado un día maravilloso con su abuela. Era hora de volver a casa.
"¿Te ha gustado el zoológico, Mayi?" preguntó Abuela Elena, mientras esperaban el autobús.
"¡Me ha encantado!" respondió Mayi, abrazando a su abuela. "¡Gracias por traerme! Quiero volver pronto!"
De camino a casa, Mayi cerró los ojos y recordó todos los animales que había visto. Soñó con monos traviesos, leones majestuosos, serpientes espeluznantes, aves hermosas y pingüinos torpes. Sabía que esta aventura en el zoológico sería un recuerdo que guardaría para siempre. Y lo más importante, sabía que la próxima vez, ¡traería su propia cáscara de plátano para los monos! El zoológico se había convertido en su lugar favorito, un lugar lleno de magia, animales increíbles y la compañía inigualable de su Abuela Elena. Y al llegar a casa, no dudo en dibujar cada uno de los animales que vio con sus crayones de colores.
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