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Página 1:
A veces, dentro de mí, hay un pez globito.
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Al principio es chiquito, casi como un secreto.
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Pero cuando algo me preocupa, se infla... y se infla... y se infla.
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A veces es tan grande que no me deja ver.
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Me cuesta respirar. Siento que no puedo avanzar.
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Pero si hablo de él, el pez empieza a encogerse.
Página 7:
Si lo dibujo, el pez se vuelve menos pesado.
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Y si respiro profundo... a veces el pez se duerme.
Página 9:
La ansiedad es como un pez globito.
No se va, pero puedo aprender a llevarlo.
Página 10:
Y ahora sé que no soy el único..
Era una vez, en un mundo lleno de colores y risas, una niña llamada Sofía. Sofía era una niña muy especial, con una imaginación desbordante y un corazón lleno de alegría. Pero a veces, muy de vez en cuando, sentía algo extraño en su interior. Era como una burbuja que crecía y crecía, haciéndola sentir un poco… revuelta.
Sofía no entendía muy bien qué era esa sensación, hasta que un día, mientras jugaba en el parque, vio un pez globito en un libro. ¡Era justo como esa burbuja que sentía! Redondo, inflado y un poco… raro. Así que Sofía decidió llamar a esa sensación “mi amigo Globito”.
Al principio, Globito era pequeño, casi invisible. Apenas una cosquillita en el estómago. Sofía podía jugar, reír y correr sin que Globito la molestara. Era como un secreto que solo ella conocía.
Pero un día, la abuela de Sofía tuvo que irse de viaje. Sofía quería mucho a su abuela, y la idea de que estuviera lejos la puso muy triste. ¡Y ahí fue cuando Globito empezó a inflarse! Primero un poquito, luego un poco más, hasta que se hizo enorme. Tan grande que a Sofía le costaba respirar. Sentía que Globito la empujaba y no la dejaba jugar.
Globito era ahora tan grande que tapaba el sol y las flores. Sofía no podía ver a sus amigos ni escuchar sus risas. Solo sentía a Globito, enorme y pesado, bloqueándole el camino.
Un día, su mamá la vio sentada sola en su habitación, con los ojos llenos de lágrimas. Se acercó a ella con mucho cariño y le preguntó qué le pasaba.
Al principio, a Sofía le costó mucho hablar. Sentía que Globito le apretaba la garganta. Pero su mamá la abrazó fuerte y le dijo que podía contarle lo que fuera.
Entonces, Sofía, con voz temblorosa, le habló de Globito. Le contó cómo se inflaba cuando estaba triste o preocupada, y cómo la hacía sentir atrapada.
Su mamá la escuchó con mucha atención y luego le sonrió. “Sofía,” le dijo, “Globito es como la ansiedad. Todos la sentimos a veces. Pero no tienes que tenerle miedo. Si hablas de él, verás cómo se encoge”.
Sofía no estaba muy segura, pero decidió intentarlo. Le contó a su mamá lo mucho que extrañaba a su abuela y lo preocupada que estaba porque estuviera lejos.
Y, ¡oh, sorpresa! Mientras hablaba, Sofía sintió que Globito empezaba a desinflarse un poquito. No desapareció por completo, pero ya no era tan grande ni tan pesado.
Su mamá le sugirió que dibujara a Globito. “Así podrás verlo de otra manera”, le dijo.
Sofía tomó sus colores y empezó a dibujar. Dibujó a Globito con grandes ojos saltones, una sonrisa tonta y un gorro de fiesta. Le puso colores brillantes y divertidos. Y, mientras lo dibujaba, Sofía se dio cuenta de que Globito no era tan aterrador como pensaba. ¡Incluso podía ser un poco gracioso!
Cuando terminó el dibujo, Globito se había hecho mucho más pequeño. Ya no tapaba el sol ni las flores. Sofía podía respirar mejor y hasta sintió ganas de jugar.
Su mamá le enseñó a respirar profundo cuando sintiera que Globito empezaba a inflarse. “Inhala lento y profundo, como si estuvieras oliendo una flor”, le dijo. “Y exhala suavemente, como si estuvieras soplando una vela”.
Sofía practicó la respiración y descubrió que realmente funcionaba. Cada vez que respiraba profundo, Globito se hacía un poquito más pequeño. A veces, incluso se dormía.
Con el tiempo, Sofía aprendió a vivir con Globito. Ya no le tenía miedo. Sabía que siempre estaría ahí, pero también sabía que podía controlarlo hablando de él, dibujándolo y respirando profundo.
Un día, mientras caminaba por el parque, Sofía vio a otro niño sentado solo en un banco, con una expresión triste en el rostro. A su lado, flotaba una sombra redonda, como un pez globito.
Sofía se acercó al niño y le sonrió. “Hola,” le dijo, “yo también tengo un amigo Globito”.
El niño la miró sorprendido. “¿De verdad?”, preguntó.
Sofía asintió. “Sí,” le dijo, “y sé cómo hacerlo más pequeño”.
Juntos, Sofía y el niño empezaron a hablar de sus Globito. Y, mientras hablaban, los dos peces globito se hicieron más pequeños y más ligeros. Sofía se dio cuenta de que no estaba sola. Que muchos niños tenían un amigo Globito, y que juntos podían aprender a llevarlo.
Y así, Sofía aprendió que la ansiedad es como un pez globito. No se va, pero podemos aprender a llevarlo con nosotros, a entenderlo y a hacerlo más pequeño. Y sobre todo, a recordar que nunca estamos solos.
Miró al cielo y vio muchos peces globito de diferentes colores y tamaños, cada uno flotando junto a un niño o niña diferente. Sonrió. ¡No era la única! Globito ya no parecía tan amenazante, sino más bien como un compañero de viaje, un recordatorio de que siempre hay ayuda y esperanza, incluso en los días más revueltos.
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