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Gratis · elegí una vozLuna era un gato muy curioso. No era un gato ordinario, ¡no señor! Luna vivía en la Luna. Sí, ¡en la mismísima Luna! Tenía un traje espacial plateado a su medida y una mochila llena de bolas de lana cósmica. Pasaba sus días saltando entre cráteres, persiguiendo polvo de estrellas y charlando con el Hombre de la Luna, que siempre le contaba historias fascinantes del planeta Tierra.
Una noche, mientras Luna estaba sentado en el borde del Cráter Aristóteles, contemplando las brillantes estrellas, algo inusual llamó su atención. Era una luz parpadeante que se acercaba rápidamente. Al principio, pensó que era una estrella fugaz especialmente brillante, pero a medida que se acercaba, se dio cuenta de que era algo completamente diferente. ¡Era un cohete!
Luna nunca había visto un cohete tan de cerca. Era grande, blanco y plateado, con llamas naranjas saliendo de la parte trasera. El cohete parecía estar teniendo problemas. Se tambaleaba y hacía ruidos extraños. Luna, con su corazón de aventurero, supo que tenía que hacer algo.
"¡Miau! ¡Debo ayudar!" pensó Luna. Rápidamente, encendió sus propulsores espaciales (que funcionaban con energía de ronroneo concentrada) y se dirigió hacia el cohete. Al acercarse, pudo ver que una pequeña ventana en el frente del cohete estaba abierta, y un pequeño niño estaba sentado dentro, con los ojos muy abiertos por el miedo.
"¡Hola! ¿Estás bien?" gritó Luna, tratando de hacer que su voz se oyera por encima del rugido del cohete. El niño, que parecía tener unos siete años, asintió con la cabeza. "Mi nombre es Tomás, y creo que mi cohete se ha perdido," dijo Tomás, con la voz temblorosa.
"¡No te preocupes, Tomás! ¡Soy Luna, el gato lunar, y te ayudaré!" dijo Luna con una sonrisa. "¿Sabes a dónde querías ir?"
Tomás explicó que estaba participando en una feria de ciencias intergaláctica y que debía llegar al planeta Gliese 581g, conocido por sus árboles de caramelo y ríos de limonada. Sin embargo, había presionado el botón equivocado y su cohete había comenzado a vagar sin rumbo.
Luna pensó rápidamente. No era un experto en navegación de cohetes, pero conocía la Luna como la palma de su pata. "Tomás, tu cohete necesita una reparación, y yo conozco el lugar perfecto. Sígueme," dijo Luna.
Luna guio a Tomás hasta una cueva secreta en el lado oscuro de la Luna. Esta cueva era en realidad un antiguo taller de reparación de naves espaciales, ¡dejado atrás por un grupo de astronautas lunares muy ingeniosos! Dentro, encontraron herramientas, repuestos y un manual de instrucciones polvoriento.
"¡Guau!" exclamó Tomás, mirando a su alrededor con asombro. "¿Sabes cómo arreglar cohetes?"
"Bueno, no exactamente," admitió Luna. "Pero sé leer, ¡y este manual parece tener todas las respuestas! Trabaremos juntos." Luna y Tomás pasaron las siguientes horas trabajando diligentemente. Luna leía las instrucciones, y Tomás, que era sorprendentemente hábil con las herramientas, seguía sus instrucciones. Se apretaron tuercas, se reemplazaron cables y se ajustaron palancas.
Finalmente, después de muchas horas de arduo trabajo, el cohete de Tomás estaba como nuevo. "¡Creo que lo hemos hecho!" exclamó Luna, dando un salto de alegría. Tomás encendió el cohete, y esta vez, funcionó sin problemas. El cohete tarareaba suavemente, listo para volar.
"¡Muchas gracias, Luna! ¡No podría haberlo hecho sin ti!" dijo Tomás, abrazando a Luna con fuerza. "Prometo visitarte la próxima vez que esté en la Luna."
"¡Por supuesto, Tomás! Y recuerda, incluso los gatos lunares necesitan ayuda a veces," dijo Luna con una guiño. Tomás subió a su cohete y, después de un último adiós, despegó hacia el planeta Gliese 581g. Luna lo observó hasta que el cohete se convirtió en un pequeño punto de luz en el cielo nocturno.
Luna regresó a su cráter favorito y se acurrucó para dormir. Estaba cansado, pero feliz. Había ayudado a un niño perdido, arreglado un cohete y hecho un nuevo amigo. Y todo comenzó con un simple paseo lunar. Esa noche, Luna soñó con árboles de caramelo, ríos de limonada y, por supuesto, su nuevo amigo, Tomás.
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