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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo junto al mar, vivía un gato llamado Rufino. Rufino no era un gato cualquiera; era un gato con un pelaje naranja brillante como el sol poniente y unos ojos verdes que brillaban con picardía. Su mayor pasión, por supuesto, eran los peces. No le importaba si eran sardinas, boquerones o incluso un simple pececillo de colores; Rufino amaba el sabor del mar.
Un día, mientras paseaba por el mercado del pueblo, Rufino vio algo que hizo que su corazón felino latiera con fuerza. En el puesto de Don Pedro, el pescadero, descansaba un enorme besugo plateado, recién sacado del mar. El besugo brillaba bajo el sol, y su aroma era irresistible para Rufino. "¡Miau!", pensó Rufino, "Ese pescado tiene que ser mío".
Don Pedro, un hombre bonachón con una gran barriga y una sonrisa aún mayor, estaba ocupado atendiendo a una señora que quería comprar gambas. Rufino vio su oportunidad. Con sigilo felino, se acercó al puesto. Sus patas se movían silenciosamente sobre el suelo empedrado, como si fuera una sombra. Estiró una pata, luego otra, hasta que estuvo lo suficientemente cerca del delicioso besugo.
"¡Miau!", susurró Rufino para sí mismo, mientras clavaba sus afiladas garras en el pescado. El besugo era pesado, mucho más de lo que Rufino había imaginado. Pero el gato estaba decidido. Con un esfuerzo sobrehumano, o mejor dicho, sobregatuno, arrastró el pescado fuera del puesto.
La señora que compraba gambas se dio la vuelta y vio la escena. "¡Don Pedro! ¡Un gato se está llevando tu besugo!", gritó sorprendida.
Don Pedro se giró, con los ojos como platos. "¡Mi besugo! ¡Alto ahí, ladrón de peces!", exclamó, corriendo tras Rufino.
Rufino, con el besugo a cuestas, corrió lo más rápido que pudo. El pescado era tan grande que casi tropezaba con él. Pero la idea de saborear ese delicioso manjar le daba fuerzas para seguir adelante. Corrió por las calles del pueblo, esquivando a los niños que jugaban, a los perros que ladraban y a las señoras que hacían la compra.
Don Pedro le seguía de cerca, gritando y agitando los brazos. La persecución era todo un espectáculo. La gente se paraba en las puertas de sus casas para ver pasar al gato con el pescado y al pescadero furioso.
Finalmente, Rufino llegó a su casa, una pequeña cabaña escondida entre los árboles. Con un último esfuerzo, arrastró el besugo hasta la puerta y lo empujó adentro.
"¡Por fin!", pensó Rufino, jadeando. "Ahora podré disfrutar de mi merecido festín".
Pero cuando se dio la vuelta para cerrar la puerta, vio a Don Pedro parado frente a él, con las manos en las caderas y una mirada de reprobación en el rostro.
"Rufino, Rufino", dijo Don Pedro, negando con la cabeza. "Sabes que no está bien robar. Ese pescado era para venderlo y darle de comer a mi familia".
Rufino se sintió avergonzado. Bajó la cabeza y maulló tristemente. Sabía que Don Pedro tenía razón. Había sido un gato muy malo.
"Lo siento, Don Pedro", maulló Rufino. "Tenía mucha hambre y el pescado olía tan bien..."
Don Pedro sonrió. "Lo sé, Rufino. Sé lo mucho que te gustan los peces. Pero la próxima vez, pídemelo. A lo mejor puedo darte uno pequeño".
Don Pedro entró en la cabaña y vio el enorme besugo tirado en el suelo. "Este pescado es demasiado grande para ti solo", dijo Don Pedro. "¿Qué te parece si lo cocinamos juntos y lo compartimos con todos los vecinos?"
Rufino levantó la cabeza, con los ojos brillantes de alegría. "¡Sí! ¡Eso sería genial!", maulló entusiasmado.
Y así fue como Rufino y Don Pedro cocinaron el besugo juntos. Lo asaron a la parrilla con hierbas aromáticas y lo compartieron con todos los vecinos del pueblo. Hubo risas, canciones y mucha comida deliciosa.
Rufino aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que robar no está bien y que es mucho mejor pedir las cosas. También aprendió que compartir es mucho más divertido que comer solo. Y, sobre todo, aprendió que la amistad es el mejor tesoro de todos. Desde ese día, Rufino y Don Pedro se convirtieron en grandes amigos. Rufino ayudaba a Don Pedro en el mercado, espantando a las moscas y entreteniendo a los clientes con sus travesuras. Y Don Pedro, de vez en cuando, le regalaba a Rufino un pequeño pez como recompensa por su buen comportamiento. Y todos vivieron felices para siempre en el pequeño pueblo junto al mar.
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