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Gratis · elegí una vozEn un pueblecito pintoresco, donde las casas tenían techos rojos y las flores bailaban al son del viento, vivían tres gatitos muy curiosos: Bigotes, Rayas y Lunares. Bigotes era un gato atigrado con un bigote largo y elegante, Rayas era negro con rayas blancas que parecían dibujadas con tiza, y Lunares era blanco con manchas negras como si le hubieran salpicado con pintura.
Un día soleado, mientras jugaban en el jardín de la abuela Elena, los gatitos descubrieron algo extraordinario. La abuela Elena, conocida por sus deliciosos dulces caseros, había dejado una caja abierta en la mesa del jardín. Dentro, brillaban gominolas de colores. ¡Pero no eran gominolas cualquiera! Eran gominolas de limón y guayaba, las favoritas de la abuela.
Bigotes, siempre el más audaz, se acercó sigilosamente. "¡Miau! ¡Miren esto! ¡Gominolas!" exclamó con entusiasmo. Rayas, el más cauteloso, dudó un poco. "¿Estará bien que comamos estas gominolas, Bigotes? Son de la abuela Elena", preguntó con un tono de preocupación. Lunares, el más juguetón, ya estaba saltando alrededor de la caja, intentando alcanzar una gominola amarilla brillante. "¡Miau! ¡Pero huelen tan bien! ¡Y son de limón y guayaba! ¡Mis favoritas!"
La tentación fue demasiado grande. Uno a uno, los gatitos se acercaron a la caja y comenzaron a comer las gominolas. Bigotes probó una de guayaba, Rayas se animó con una de limón, y Lunares devoró varias de ambos sabores. Al principio, todo fue delicioso. El sabor dulce y ácido de las gominolas los hizo ronronear de placer. ¡Nunca habían probado algo tan exquisito!
Pero pronto, algo extraño comenzó a suceder. Bigotes empezó a sentir cosquillas en la nariz. ¡Estornudaba sin parar! "¡Achís! ¡Achís! ¡Miau! ¡Creo que soy alérgico a la guayaba!" exclamó entre estornudos. Rayas, por su parte, sintió que sus bigotes se erizaban y se volvían tiesos. "¡Miau! ¡Mis bigotes! ¡Están tiesos como palitos! ¡No puedo moverlos!" gritó con desesperación. Y Lunares… bueno, Lunares comenzó a ver todo de color rosa. "¡Miau! ¡Todo es rosa! ¡Las flores son rosas, el cielo es rosa, incluso Rayas se ve rosa!" chilló con asombro.
Los tres gatitos, ahora con sus extraños efectos secundarios, se dieron cuenta de que habían cometido un error al comer las gominolas sin permiso. Asustados y arrepentidos, decidieron buscar a la abuela Elena. La encontraron regando las flores en el jardín.
"¡Abuela Elena! ¡Abuela Elena!" gritaron al unísono. La abuela Elena, al ver a los gatitos en ese estado tan peculiar, se preocupó. "¿Qué les pasa, mis pequeños? ¿Por qué Bigotes estornuda tanto? ¿Por qué los bigotes de Rayas están tan tiesos? ¿Y por qué Lunares ve todo de color rosa?" preguntó con ternura.
Con la voz entrecortada por los estornudos, Bigotes confesó: "¡Achís! ¡Achís! ¡Comimos sus gominolas de limón y guayaba! ¡Achís! ¡Y ahora me siento muy raro!" Rayas, con los bigotes tiesos como antenas, añadió: "¡Miau! ¡Y mis bigotes no se mueven! ¡Es horrible!" Y Lunares, con los ojos brillando en un tono rosado, completó: "¡Miau! ¡Y yo veo todo de color rosa! ¡Es muy confuso!"
La abuela Elena, en lugar de enfadarse, sonrió con dulzura. Sabía que los gatitos eran traviesos, pero también muy buenos en el fondo. "¡Ay, mis pequeños! ¡No se preocupen! Las gominolas de limón y guayaba tienen un pequeño truco. La guayaba hace estornudar a los alérgicos, el limón pone los bigotes tiesos y el colorante rosa hace que se vea todo de ese color. Pero no es nada grave, ¡se les pasará pronto!"
La abuela Elena les dio a los gatitos un vaso de leche tibia con miel y les contó una historia divertida. Poco a poco, los efectos de las gominolas comenzaron a desaparecer. Bigotes dejó de estornudar, los bigotes de Rayas volvieron a ser flexibles y Lunares dejó de ver todo de color rosa.
Los gatitos aprendieron una valiosa lección ese día. Aunque las gominolas de limón y guayaba eran deliciosas, era importante pedir permiso antes de comer algo que no era suyo. Y, sobre todo, aprendieron que la abuela Elena siempre estaría ahí para cuidarlos y perdonar sus travesuras. A partir de ese día, cada vez que veían la caja de gominolas, recordaban la aventura y se acercaban a la abuela Elena para pedirle permiso. Y la abuela, con una sonrisa, siempre compartía sus deliciosas gominolas con sus gatitos traviesos.
Desde entonces, Bigotes, Rayas y Lunares siguieron jugando y explorando el mundo, pero siempre con un poco más de precaución y respeto. Y, de vez en cuando, disfrutaban de una gominola de limón y guayaba, ¡pero siempre con el permiso de la abuela Elena!
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