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Gratis · elegí una vozMiau era un gato pequeño, de pelaje negro como la noche más oscura y ojos brillantes como dos pequeñas estrellas. Vivía en una casita acogedora, con una anciana que le daba mucho cariño y leche tibia todas las mañanas. Pero Miau tenía un secreto: soñaba con la luna. No la luna redonda y plateada que veía cada noche, sino con la luna… ¡de queso!
Cada noche, Miau se sentaba en el alféizar de la ventana y miraba al cielo. Sus bigotes temblaban de emoción mientras contemplaba las estrellas, pequeñas luces titilantes que parecían invitarlo a unirse a su danza celestial. Pero su mirada siempre volvía a la luna, redonda y llena, que parecía sonreírle desde la distancia. “¡Si tan solo pudiera probar un trocito!”, pensaba Miau, lamiéndose los labios.
Una noche, mientras Miau soñaba con montañas de queso parmesano en la luna, escuchó un suave tintineo. Abrió un ojo y vio… ¡una escalera de estrellas! Brillaba con una luz tenue y llegaba hasta la luna. Miau, sin pensarlo dos veces, saltó por la ventana y aterrizó suavemente sobre el primer escalón. La escalera era suave y cálida al tacto, como si estuviera hecha de algodón de azúcar celestial.
Comenzó a subir, con paso cuidadoso, mirando hacia arriba con emoción. A medida que ascendía, las estrellas a su alrededor cantaban canciones suaves y melodiosas. Le contaban historias de planetas lejanos, de constelaciones mágicas y de la Gran Osa, que cuidaba de todos los animales que dormían en la Tierra.
Después de lo que pareció una eternidad, Miau llegó a la luna. ¡Pero no era de queso! Era una superficie grisácea, llena de cráteres y polvo brillante. Miau se sintió un poco decepcionado, pero no se rindió. Decidió explorar. Saltó de un cráter a otro, dejando pequeñas huellas felinas en el polvo lunar.
De repente, escuchó una voz suave y melodiosa. “¡Hola, pequeño gato!”
Miau se dio la vuelta y vio… ¡una estrella fugaz! Era pequeña y brillante, con una larga cola de luz que ondeaba suavemente. “¿Quién eres?”, preguntó Miau, un poco asustado.
“Soy Estela, la guardiana de la luna”, respondió la estrella fugaz. “He visto que has venido buscando queso. ¿Es cierto?”
Miau asintió con la cabeza, avergonzado. “Soñé que la luna era de queso… y quería probarla.”
Estela sonrió. “La luna no es de queso, pequeño Miau. Pero te puedo enseñar algo mucho mejor.”
Estela llevó a Miau a un rincón de la luna donde crecían unas flores extrañas y brillantes. Eran de todos los colores imaginables, y cada una tenía un aroma diferente. “Estas son las Flores de los Sueños”, explicó Estela. “Cada flor representa un sueño diferente. Si hueles una flor, podrás vivir ese sueño por un instante.”
Miau olió una flor azul y de repente se vio volando sobre un campo de flores, sintiendo el viento en su pelaje. Olió una flor roja y se encontró jugando con un ovillo de lana gigante. Olió una flor amarilla y estaba tomando el sol en una playa paradisíaca.
Miau estaba encantado. ¡Nunca había vivido sueños tan maravillosos!
“Gracias, Estela”, dijo Miau. “Esto es mucho mejor que el queso.”
Estela sonrió. “Los sueños son mucho más sabrosos que cualquier comida, pequeño Miau. Pero ahora, es hora de volver a casa. Tu anciana te estará esperando.”
Estela guio a Miau de regreso a la escalera de estrellas. Miau se despidió de Estela y comenzó a descender. Las estrellas volvieron a cantar sus canciones suaves, y Miau se sintió feliz y agradecido.
Cuando llegó a la ventana de su casa, miró hacia arriba y vio a Estela brillando en el cielo. Le guiñó un ojo y desapareció detrás de una nube.
Miau saltó dentro de la casa y se acurrucó junto a su anciana, que dormía plácidamente. Cerró los ojos y soñó con las Flores de los Sueños, con Estela y con la luna que, aunque no era de queso, era un lugar mágico y lleno de aventuras.
A la mañana siguiente, Miau se despertó con una sonrisa. Sabía que la luna no era de queso, pero había descubierto algo mucho más valioso: el poder de los sueños. Y cada noche, antes de dormir, miraba al cielo y le agradecía a la luna por la maravillosa aventura que le había brindado.
Y aunque nunca probó la luna de queso, Miau supo que la verdadera felicidad se encontraba en los sueños y en la amistad. Y eso, era mucho más dulce que cualquier queso del mundo.
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