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Había una vez un niño llamado Miguel, cuya piel tenía el color profundo y cálido de la madera de caoba y unos ojos que brillaban como dos luceros bajo el sol de la mañana. Miguel era un niño alegre, lleno de curiosidad y con una risa que contagiaba a cualquiera que lo escuchara. Sin embargo, cuando llegó el momento de empezar las clases en una nueva escuela, esa risa comenzó a apagarse un poco.
En su salón de clases, Miguel era el único niño de tez morena. El resto de sus compañeros tenían la piel clara, como la nata de la leche o la arena de la playa. Al principio, todos querían ser sus amigos, pero pronto surgió algo que a Miguel no le gustaba nada. En lugar de llamarlo por su nombre, los niños empezaron a decirle «el niño de chocolate». Al principio parecía un juego, pero con el paso de los días, Miguel se sentía cada vez más pequeño.
—¡Hola, Chocolate! ¿Quieres jugar al fútbol? —le decía Pedro en el recreo.
—Mira, Chocolate, ¿me prestas tu lápiz rojo? —le preguntaba Claudia.
Aunque el chocolate es dulce y a todos les gusta, Miguel sentía que ese no era él. Él tenía un nombre que su mamá le había elegido con mucho amor. Cada vez que escuchaba aquel apodo, sentía una punzada de tristeza en el corazón. Miguel ya no quería participar en clase y prefería quedarse solo en un rincón del patio, mirando las nubes.
Un día, después de que sonara el timbre de salida, Miguel se acercó al escritorio de la Maestra Elena. La Maestra Elena era una mujer con gafas redondas y una sonrisa que siempre transmitía paz. Ella notó que los ojos de Miguel no brillaban como de costumbre.
—Maestra —dijo Miguel con voz suave—, ya no quiero venir a la escuela. Todos me llaman Chocolate. Sé que no lo dicen para ser malos, pero yo no me llamo así. Mi nombre es Miguel.

La Maestra Elena escuchó con mucha atención y asintió con ternura. —Tienes toda la razón, Miguel. Tu nombre es una parte muy importante de quién eres. Mañana haremos algo especial para que todos lo comprendan.
Al día siguiente, la Maestra Elena entró al salón con una energía diferente. —¡Buenos días, clase! Hoy vamos a jugar a un juego nuevo. Durante toda la mañana, no usaremos sus nombres reales. Yo les he asignado nombres nuevos basados en cómo se ven.
Los niños se miraron confundidos pero emocionados por el cambio. La maestra se acercó a Frank, un niño muy pálido y rubio, y le dijo: —A ver, Lechita, ¿podrías pasar al pizarrón?
Frank se quedó paralizado. —¿Lechita? Maestra, me llamo Frank.
—Hoy no, hoy eres Lechita —respondió la maestra con una sonrisa amable. Luego se dirigió a Pedro: —Dime, Chele, ¿cuál es el resultado de esta suma?
Pedro arrugó la nariz. —Maestra, no me gusta que me diga Chele. Mi nombre es Pedro.
Finalmente, la maestra miró a Claudia, que tenía una melena llena de rizos muy rebeldes. —Alboroto, por favor, reparte estas hojas a tus compañeros.

Claudia se cruzó de brazos y casi se le escapa una lágrima. —Maestra, eso no es justo. Mi cabello es rizado, pero mi nombre es Claudia. «Alboroto» suena a que estoy despeinada y me hace sentir mal.
En ese momento, el salón se quedó en un silencio profundo. La Maestra Elena miró a todos los niños y les preguntó: —¿Por qué se sienten mal? Solo estoy usando palabras que describen algo de ustedes, igual que el chocolate es algo dulce y moreno.
Frank, Pedro y Claudia bajaron la cabeza. Entendieron de inmediato lo que estaba pasando. Miraron a Miguel, que estaba sentado en su pupitre observando todo en silencio. Los niños se dieron cuenta de que, aunque no tenían malas intenciones, habían estado ignorando la identidad de su amigo.
—Maestra —dijo Frank con valentía—, ahora entiendo cómo se sentía Miguel. No nos gusta que nos llamen por cosas que no son nuestros nombres, aunque sean palabras comunes. Nos hace sentir que no nos conocen de verdad.
La Maestra Elena asintió. —Exactamente. Cada uno de ustedes tiene un nombre que los hace únicos y especiales. Llamar a alguien por su nombre es la primera forma de demostrar respeto y cariño.
Desde ese día, el apodo de «Chocolate» desapareció para siempre del salón. Pedro, Claudia y Frank fueron los primeros en acercarse a Miguel para pedirle disculpas. Ahora, cuando alguien quería jugar, gritaban con fuerza: «¡Miguel, ven con nosotros!».
Miguel recuperó su risa contagiosa y el brillo en sus ojos volvió a ser más fuerte que nunca. Ahora asiste a la escuela con un entusiasmo desbordante, sabiendo que en su salón no solo es un color de piel, sino un niño con un nombre hermoso que todos valoran: Miguel.
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