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Había una vez, en un pueblo rodeado de colinas que parecían lomos de gigantes dormidos, un niño llamado Miguel. Miguel no veía el mundo como lo hacían los demás. Para él, el viento no era invisible; era una cinta de seda azul que se enredaba en los árboles. El sonido de las campanas de la iglesia no era solo un ruido, sino una lluvia de burbujas doradas que estallaban en el aire. Sus padres lo llamaban 'su pequeño artista', pero en la escuela, los otros niños no siempre entendían por qué Miguel se quedaba mirando una pared blanca durante minutos o por qué se tapaba los oídos cuando el sol brillaba con demasiada fuerza.
—Miguel está en las nubes —decían algunos, mientras lo veían seguir con el dedo el rastro de una mariposa que, para él, dejaba un rastro de purpurina plateada. Miguel se sentía a menudo como un astronauta en un planeta donde nadie hablaba su idioma. Intentaba explicar que el ladrido del perro de la vecina era de color marrón oscuro y picaba un poco, o que la risa de la maestra olía a vainilla, pero sus compañeros solo se encogían de hombros y seguían jugando al fútbol.
Un viernes por la tarde, algo cambió. Un pequeño perrito llamado Pelusa, que pertenecía a Clara, la niña más alegre de la clase, desapareció cerca del Bosque de las Sombras. Los adultos decían que el bosque era peligroso porque la niebla siempre lo cubría todo y era fácil perderse. Clara lloraba desconsoladamente junto a la entrada de los árboles, acompañada por Leo, un niño valiente pero que en ese momento se sentía impotente ante la densa bruma.
Miguel se acercó silenciosamente. Mientras todos veían una niebla gris y aterradora, Miguel veía algo distinto. Para sus ojos especiales, el rastro de Pelusa no era invisible. El miedo del perrito había dejado un rastro de pequeñas chispas de color violeta que flotaban cerca del suelo, contrastando con el verde profundo del musgo.

—Yo puedo encontrarlo —dijo Miguel con voz suave pero firme. Clara y Leo lo miraron sorprendidos.
—Pero Miguel, no se ve nada —dijo Leo, señalando la pared de niebla.
—No hay que mirar con los ojos de siempre —respondió Miguel—. Hay que mirar con el corazón y seguir el rastro del miedo, que es de color violeta.
Sin esperar respuesta, Miguel se internó en el bosque. Clara y Leo, aunque temerosos, decidieron seguirlo. Dentro del bosque, el mundo se volvió aún más fantástico para Miguel. Los árboles no eran solo madera; eran guardianes que susurraban canciones en tonos esmeralda. Miguel guiaba a sus amigos con total seguridad, saltando troncos caídos y evitando raíces, siguiendo siempre aquellas chispas violetas que solo él podía percibir.

—Por aquí, el color se vuelve más brillante —decía Miguel, señalando un arbusto de espinas.
De repente, las chispas violetas se detuvieron frente a una pequeña cueva de piedra. Miguel se arrodilló y, con mucha dulzura, llamó al perrito. Un segundo después, un hocico húmedo y unos ojos asustados asomaron entre las rocas. ¡Era Pelusa! El perrito saltó a los brazos de Miguel, llenándole la cara de lametones. En ese momento, las chispas violetas de Pelusa se transformaron en una explosión de fuegos artificiales de color rosa brillante: el color de la alegría.
Al salir del bosque, Clara y Leo miraban a Miguel con una mezcla de asombro y admiración. Ya no les parecía un niño extraño que se quedaba mirando la nada; ahora sabían que Miguel veía una belleza que ellos se estaban perdiendo.
—Gracias, Miguel —dijo Clara, abrazando a su perro y luego a él—. Tu forma de ver el mundo es… mágica.
—¿Nos enseñarías a ver esas cosas? —preguntó Leo con curiosidad genuina.
Miguel sonrió de oreja a oreja. Por primera vez, no se sintió como un astronauta solitario, sino como un guía en su propio mundo. A partir de ese día, Miguel no volvió a estar solo. Clara y Leo se convirtieron en sus mejores amigos, y aunque ellos no podían ver las cintas azules del viento o el olor a vainilla de la risa, siempre escuchaban con atención cuando Miguel les narraba las maravillas invisibles que los rodeaban. Miguel les enseñó que ser diferente no era un obstáculo, sino un superpoder que nacía de un corazón inmenso, y juntos descubrieron que la verdadera felicidad consiste en encontrar a alguien que quiera ver el mundo a través de tus ojos.
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