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Gratis · elegí una vozMilagros y Martina, dos amigas inseparables, amaban Halloween más que a los caramelos. Cada año, planeaban la fiesta más espeluznante del vecindario, con disfraces hechos a mano y decoraciones que hacían temblar hasta al fantasma más valiente.
Este año, decidieron elevar la apuesta. En lugar de la típica fiesta, ¡harían un ritual para invocar un espíritu amistoso de Halloween! Encontraron un libro viejo en el ático de la abuela de Martina con un ritual supuestamente infalible. El lugar perfecto: el parque de diversiones abandonado al final de la calle. Era un lugar misterioso, con montañas rusas oxidadas y carruseles silenciosos, perfecto para una aventura escalofriante.
La noche de Halloween, bajo la luz de la luna llena, Milagros y Martina se reunieron en el parque. Recitaron las palabras del libro, encendieron velas y esperaron. Nada. Absolutamente nada. El ritual fue un fracaso total. Decepcionadas, apagaron las velas y volvieron a casa, sintiéndose un poco tontas.
"¡Esto no puede quedar así!" exclamó Milagros al día siguiente. "¡Tenemos que intentarlo de nuevo! ¡Pero esta vez, en un lugar más… poderoso!"
Martina, aunque un poco asustada, no podía resistirse a la aventura. "¿Dónde? ¿Dónde podría ser más poderoso que un parque de diversiones embrujado?"
Milagros sonrió con picardía. "¡El cementerio!"
Martina tragó saliva. El cementerio daba mucho miedo, incluso de día. Pero la idea de invocar un verdadero espíritu de Halloween era demasiado tentadora. Esa noche, se escabulleron por la puerta del cementerio, llevando consigo el libro, las velas y un saco lleno de dulces para ofrecer al espíritu.
Encontraron una lápida antigua, cubierta de musgo y con una inscripción ilegible. Era el lugar perfecto. Encendieron las velas y comenzaron a recitar el ritual. Esta vez, algo fue diferente. El aire se volvió frío, las velas parpadearon violentamente y un viento helado sopló a través de las lápidas.
De repente, una sombra oscura se alzó desde detrás de la lápida. No era un espíritu amigable y juguetón como esperaban. Era una figura alta y delgada, con ojos rojos brillantes que parecían perforarlas. Un gruñido gutural resonó en el cementerio.
"¡Corran!" gritó Martina, con el corazón latiendo a mil por hora. Dejaron caer el libro, las velas y los dulces, y corrieron lo más rápido que pudieron hacia la puerta del cementerio. La sombra las perseguía, deslizándose entre las lápidas con una velocidad antinatural.
Milagros tropezó y cayó al suelo. La sombra se acercaba. Martina se detuvo y ayudó a Milagros a levantarse. Juntas, corrieron de nuevo, sintiendo el aliento frío de la sombra en sus nucas.
Llegaron a la puerta del cementerio justo a tiempo. La cerraron de golpe, jadeando y temblando. La sombra golpeó la puerta con furia, pero no pudo abrirla. Se quedaron allí, abrazadas, hasta que el sol comenzó a salir.
"¡Nunca más!" dijo Martina, con la voz temblorosa. "¡Nunca más haremos un ritual en un cementerio!"
Milagros asintió, completamente de acuerdo. Habían aprendido su lección. Halloween era divertido, pero invocar espíritus reales era peligroso. A partir de ese día, se contentaron con las fiestas de disfraces y los dulces. Y cada vez que pasaban por el cementerio, sentían un escalofrío en la espalda y recordaban la noche en que casi fueron atrapadas por una sombra oscura.
Volvieron al parque de diversiones abandonado la semana siguiente. Limpiaron el área donde intentaron el ritual, recogieron los trozos de vela derretida y las hojas secas. Martina encontró el libro viejo que habían usado para el ritual, lo hojeó un poco y luego lo arrojó a un bote de basura cercano. Milagros la miró y sonrió.
"¿Qué?" preguntó Martina, sintiéndose un poco culpable.
"Nada", dijo Milagros. "Solo estaba pensando que quizás deberíamos quedarnos con las fiestas de disfraces el próximo Halloween."
Martina asintió con la cabeza. "Definitivamente."
Milagros sonrió y abrazó a su amiga. "¿Quieres ir por un helado?"
"¡Claro que sí!" dijo Martina. Y juntas, caminaron alejándose del parque de diversiones abandonado, dejando atrás los espíritus y las sombras, y disfrutando del sol brillante. La aventura había sido aterradora, pero también les había enseñado una valiosa lección: a veces, la diversión más segura es la que se encuentra en las cosas más simples.
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