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Mimolino era un mimo muy especial. No hablaba, ¡claro que no! Era un mimo. Pero lo que sí hacía, y lo hacía con pasión, era organizar las mejores fiestas de té del bosque. Sus fiestas eran famosas por sus pastelitos de mora, su té de flores silvestres y, sobre todo, por la alegría que Mimolino transmitía con sus gestos y sonrisas.
Cada mañana, Mimolino se levantaba con el sol y comenzaba a preparar su fiesta. Barria el claro del bosque con una escoba hecha de hojas de palma, colgaba guirnaldas de flores de colores y preparaba la mesa con manteles bordados y tazas de porcelana. Invitaba a todos los animalitos del bosque: ardillas charlatanas, conejos saltarines, erizos tímidos y pajaritos cantores.
Un día, mientras adornaba un gran árbol con cintas de seda, Mimolino vio algo brillante entre las raíces. Se acercó con curiosidad y ¡oh, sorpresa! Era una serpiente dorada. La serpiente era pequeña y delgada, con escamas que brillaban como el sol. Tenía unos ojos grandes y amables que miraban a Mimolino con curiosidad.
Mimolino, aunque un poco asustado al principio, recordó que a él le gustaba hacer amigos. Se acercó lentamente a la serpiente y le ofreció una flor silvestre. La serpiente, intrigada, movió su cabeza de un lado a otro y luego, con un movimiento suave, tomó la flor con su boca.
Mimolino sonrió. Le había gustado la flor. Decidió invitar a la serpiente a su fiesta de té. La serpiente asintió con la cabeza, como si entendiera la invitación. Mimolino, feliz, preparó un pequeño cojín de musgo para que la serpiente se sentara en la mesa.
Llegó la hora de la fiesta. Todos los animalitos del bosque estaban presentes. Las ardillas reían y contaban chistes, los conejos saltaban de alegría, los erizos comían pastelitos con timidez y los pajaritos cantaban melodías alegres. Pero la atención de todos se centró en la serpiente dorada, que estaba sentada en su cojín de musgo, observando todo con curiosidad.
Algunos animalitos estaban asustados. Nunca habían visto una serpiente en una fiesta de té. Pero Mimolino, con sus gestos amables, les transmitió confianza. Les mostró cómo la serpiente disfrutaba del té de flores y cómo se reía con sus suaves movimientos cuando escuchaba los chistes de las ardillas.
Poco a poco, los animalitos se fueron acercando a la serpiente. Le ofrecieron pastelitos, le contaron historias y le mostraron sus juguetes. La serpiente, a su vez, les respondía con suaves movimientos y miradas amables. Se convirtió en la estrella de la fiesta.
De repente, el cielo se oscureció y comenzó a llover. La lluvia caía con fuerza, empapando a todos los animalitos. La fiesta de té estaba arruinada. Todos estaban tristes y decepcionados.
Pero Mimolino tuvo una idea. Con sus gestos, les indicó que lo siguieran. Los llevó a una cueva cercana, donde estaban a salvo de la lluvia. La cueva era oscura y fría, pero Mimolino, con su ingenio, encendió una fogata con ramas secas. El fuego iluminó la cueva y la calentó, creando un ambiente acogedor.
La serpiente dorada, que hasta entonces había permanecido en silencio, comenzó a brillar con más intensidad. Su brillo iluminó toda la cueva, creando un espectáculo mágico. Los animalitos se quedaron maravillados con la belleza de la serpiente.
Mimolino, con su sonrisa característica, les indicó que se sentaran alrededor del fuego. Cantaron canciones, contaron historias y jugaron a las adivinanzas. La lluvia seguía cayendo, pero dentro de la cueva reinaba la alegría y la amistad. La serpiente dorada, con su brillo mágico, les transmitió esperanza y alegría.
Cuando la lluvia cesó, el sol volvió a brillar. Los animalitos salieron de la cueva y se despidieron de Mimolino y de la serpiente dorada. Todos estaban agradecidos por la fiesta de té, a pesar de la lluvia. Habían aprendido que la amistad y la alegría son más importantes que cualquier clima adverso.
Mimolino y la serpiente dorada se quedaron solos en el claro del bosque. Mimolino le ofreció un último pastelito a la serpiente. La serpiente lo aceptó con gratitud y luego, con un movimiento suave, se deslizó entre las raíces del árbol y desapareció.
Mimolino sonrió. Había hecho un nuevo amigo. Sabía que la serpiente dorada siempre recordaría la fiesta de té y que él siempre recordaría su brillo mágico. Y así, Mimolino, el mimo que amaba organizar fiestas de té, siguió alegrando el bosque con su alegría y su amistad.
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