¡Mira lo que puedo hacer! El Gran Festival del Movimiento
En el Gran Festival del Movimiento, diversos animales enseñan a los niños a usar sus cuerpos de formas divertidas y rítmicas. La historia culmina cuando un niño demuestra que puede imitar a todos los animales y, además, realizar un truco especial de flexibilidad ante un asombrado guacamayo.
Había una vez un rincón mágico en el corazón del bosque de la Alegría, donde el sol siempre parecía brillar con una luz dorada y el aire olía a flores frescas y aventura. En este lugar, los niños del pueblo se reunían cada mañana para jugar, pero hoy no era un día cualquiera. Hoy se celebraba el Gran Festival del Movimiento, y los invitados especiales estaban a punto de llegar desde todos los rincones del mundo. Los niños esperaban con ansias, sentados en un círculo sobre la hierba suave. De repente, un pequeño Pingüino de plumas blancas y negras muy brillantes apareció caminando con paso decidido. Se detuvo en el centro, miró a los niños con ojos curiosos y, con una elegancia asombrosa, giró su cabeza de un lado a otro. —Yo soy el pingüino y giro mi cabeza —anunció con voz clara—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños, entusiasmados, imitaron el movimiento. ¡Giro a la izquierda, giro a la derecha! Todos rieron al sentir cómo sus cuellos se estiraban suavemente. No pasó mucho tiempo antes de que una sombra larga cubriera el prado. Era la Jirafa, con su cuello que parecía llegar hasta las nubes. Se inclinó con gracia y dijo: —Yo soy la jirafa y doblo mi cuello. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños bajaron sus cabezas, doblando sus cuellos hacia adelante y hacia atrás, sintiéndose casi tan altos como su nueva amiga. En ese momento, un búfalo robusto y de pelaje castaño entró al claro. Tenía una presencia imponente pero una mirada muy amable. Se plantó con firmeza y, con un movimiento rítmico, elevó sus hombros hacia sus orejas. —Yo soy el búfalo y levanto mis hombros —dijo con un mugido suave—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños subieron y bajaron sus hombros, haciendo muecas divertidas mientras descubrían nuevos músculos en su cuerpo. Desde las ramas de un árbol cercano, un Mono travieso bajó de un salto. Con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a agitar sus largos brazos de arriba abajo como si estuviera saludando a todo el universo. —Yo soy el mono y muevo mis brazos —chilló alegremente—. ¿Puedes hacerlo tú? ¡Zas, zas! Todos los niños agitaron sus brazos, creando una brisa refrescante en el parque. De repente, se escuchó un chapoteo. Una Foca muy simpática se deslizaba sobre una roca húmeda. Con un ritmo constante, comenzó a juntar sus aletas produciendo un sonido rítmico. —Yo soy la foca y aplaudo con mis aletas —dijo con un silbido—. ¿Puedes hacerlo tú? ¡Plap, plap, plap! Las manos de los niños chocaron entre sí, creando una música de aplausos que resonó por todo el bosque. Entonces, el suelo vibró levemente. Un Gorila fuerte y magnífico emergió de entre los arbustos. Se puso de pie sobre sus dos patas traseras y, con orgullo, se golpeó el pecho con sus manos grandes y suaves. —Yo soy el gorila y golpeo fuerte mi pecho —declaró con voz profunda—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños, con cuidado pero con mucha energía, imitaron el gesto, sintiéndose valientes y poderosos. Un pequeño Gato negro y elegante se estiró perezosamente cerca de las flores. Con un movimiento fluido, arqueó su espalda hacia el cielo. —Yo soy el gato y doblo mi espalda —maulló con dulzura—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños se pusieron a gatas y arquearon sus espaldas como pequeños gatitos en una siesta. Desde el pequeño arroyo que cruzaba el claro, un Cocodrilo asomó su hocico. Con un movimiento sinuoso, comenzó a mover sus caderas de un lado a otro sobre la arena. —Yo soy el cocodrilo y muevo las caderas —dijo con un tono juguetón—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños se pusieron de pie y bailaron, moviendo sus cinturas con ritmo y alegría. Un Camello que venía de las dunas lejanas se arrodilló con cuidado. Sus patas eran largas, pero sus rodillas se doblaban con precisión. —Yo soy el camello y doblo mis rodillas —explicó con calma—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños flexionaron sus piernas, subiendo y bajando, imaginando que caminaban por el desierto. Un Burro de orejas largas trotó hacia el centro y, con una agilidad sorprendente, lanzó una pequeña coz al aire. —Yo soy el burro y pateo el aire con mis patas —rebuznó con simpatía—. ¿Puedes hacerlo tú? Los niños, con cuidado de no golpearse entre ellos, lanzaron pequeñas patadas al aire, sintiéndose ligeros como plumas. Finalmente, el gigante de la selva, el Elefante, caminó pesadamente. Cada vez que daba un paso, el piso retumbaba. —Yo soy el elefante y pateo el piso con mi pata —anunció con su trompa en alto—. ¿Puedes hacerlo tú? ¡Pum, pum! Los niños pisotearon el césped con fuerza, celebrando el final de la demostración. En una rama alta, un colorido Guacamayo observaba todo con atención. Un niño pequeño se acercó a él, lo miró a los ojos y con una sonrisa llena de confianza le dijo: —¡Mira, Guacamayo! Yo puedo hacer todo eso: puedo girar la cabeza, doblar el cuello, levantar los hombros, mover los brazos, aplaudir, golpear mi pecho, doblar mi espalda, mover las caderas, doblar las rodillas y patear el aire y el suelo. —Y para sorpresa de todos, el niño se inclinó y añadió—: ¡Y también puedo tocar con mis manos la punta de mis pies! El Guacamayo batió sus alas de colores y todos los animales aplaudieron. Los niños y los animales pasaron el resto de la tarde moviéndose juntos, celebrando lo maravilloso que es tener un cuerpo capaz de bailar, jugar y explorar el mundo.
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