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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en lo alto de la selva, una alegre familia de monitos. Vivían en un árbol muy grande: mamá Mono cuidaba a la bebé Monita en brazos, papá Mono salía cada día a buscar frutas, y el hermano mayor, Mono Rolo, era rápido como el viento.
En medio de todos… estaba Mono Momo, de 4 años.
Momo amaba saltar, colgarse de las ramas y cantar inventando palabras raras. Pero últimamente, algo dentro suyo se sentía distinto. La risa no salía tan fácil. Sus juegos no brillaban como antes.
—¿Dónde se fue mi alegría? —se preguntaba con tristeza, escondido detrás de las hojas.
Una tarde, Mono Rolo construyó una pista de saltos. Momo quiso jugar, pero Rolo le dijo:
—¡No! ¡Eres muy pequeño! ¡Vas a arruinar todo!
Momo bajó la cabeza. Nadie lo vio. Nadie… excepto el Tío Coco.
Tío Coco era un mono sabio, que vivía en una rama tranquila. Lo llamó con voz suave:
—Momo, ¿quieres venir a ayudarme a preparar un juego especial?
Momo fue, sin ganas, pero con curiosidad.
—¿Cómo te sentiste cuando Rolo no te dejó jugar? —preguntó Tío Coco.
—Triste... y enojado —dijo Momo con los ojos húmedos.
Tío Coco lo abrazó despacito.
—¿Y qué cosas te hacen sentir alegría? —le preguntó.
—Saltar, cantar, abrazar a mi mamá, encontrar bichitos raros… —respondió Momo con una pequeña sonrisa.
Tío Coco le propuso un desafío:
—Vamos a buscar la alegría en cosas pequeñitas. ¿Te animas?
Fueron por la selva recolectando:
🌼 Una flor que olía rico
🪶 Una pluma que cosquilleaba
🍌 Una mini banana con forma divertida
🦋 Y un dibujo que Momo hizo con barro en una piedra
Volvieron con su "tesoro de alegría". Tío Coco lo ayudó a mostrárselo a Rolo, y juntos armaron una pista para todos, incluso para la bebé Monita en brazos de mamá.
Esa noche, mientras todos reían y jugaban bajo la luna, Momo sintió su alegría regresar… no en un grito fuerte, sino como una canción suave en su corazón.
—Mi alegría no se había ido —dijo—, solo estaba escondida… esperando a que yo la busque.
🌙 Fin..
Momo, aunque todavía era un monito pequeño, sintió un peso en su corazón. Ya no reía como antes y los juegos no le parecían tan divertidos. Se sentía solo y triste, preguntándose a dónde se había ido su alegría.
Un día, mientras observaba a su hermano Rolo construir una pista de saltos, Momo se acercó con la esperanza de participar. Pero Rolo, con su actitud despreocupada, lo rechazó, diciéndole que era demasiado pequeño y que arruinaría todo. Momo se sintió aún más triste y se escondió detrás de las hojas, sintiendo que nadie lo veía ni lo entendía.
Pero, afortunadamente, el Tío Coco, un mono sabio y comprensivo, lo notó. Lo llamó con suavidad y le propuso ayudarlo a preparar un juego especial. Momo, aunque sin muchas ganas, aceptó con curiosidad.
El Tío Coco, con su sabiduría, le preguntó cómo se había sentido cuando Rolo no lo dejó jugar. Momo respondió con los ojos llenos de lágrimas, diciendo que se sentía triste y enojado. El Tío Coco lo abrazó con cariño y le preguntó qué cosas lo hacían sentir alegría.
Momo, con una pequeña sonrisa, mencionó que le gustaba saltar, cantar, abrazar a su mamá y encontrar bichitos raros. Entonces, el Tío Coco le propuso un desafío: buscar la alegría en las cosas pequeñas. Momo aceptó con entusiasmo.
Juntos, recorrieron la selva recolectando un "tesoro de alegría". Encontraron una flor que olía delicioso, una pluma que cosquilleaba, una mini banana con forma divertida y un dibujo que Momo había hecho con barro en una piedra. Cada objeto les recordaba un momento feliz y les llenaba el corazón de alegría.
Cuando regresaron, el Tío Coco ayudó a Momo a mostrarle su tesoro a Rolo. Juntos, construyeron una pista de saltos donde todos podían participar, incluso la bebé Monita en brazos de su mamá. Esa noche, bajo la luz de la luna, todos reían y jugaban juntos. Momo sintió que su alegría regresaba, no como un grito fuerte, sino como una canción suave en su corazón.
Se dio cuenta de que su alegría no se había ido, solo estaba escondida, esperando a que él la buscara. Aprendió que incluso en los momentos más tristes, siempre hay pequeñas cosas que pueden traer alegría y que compartir esos momentos con los demás hace que la alegría sea aún mayor. Y así, Momo Mono recuperó su alegría y aprendió una valiosa lección sobre la importancia de buscar la felicidad en las pequeñas cosas de la vida.
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