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Había una vez un niño muy curioso llamado Mateo. Mateo tenía dos años, unos rizos castaños que saltaban cuando corría y siempre vestía su camiseta amarilla favorita con unos cómodos overoles azules. A Mateo le encantaba explorar, pero lo que más le gustaba en el mundo entero eran los sonidos. Un día, con el sol brillando como una gran moneda de oro en el cielo, Mateo decidió visitar la Granja de los Sonidos.
Al cruzar la cerca de madera, lo primero que vio fue una gran pradera verde. Allí, balanceando su cola de lado a lado, estaba la vaca Lola. Lola era grande, blanca con manchas negras muy suaves. Mateo se acercó despacito, sintiendo el olor a pasto fresco. La vaca Lola lo miró con sus enormes ojos brillantes, abrió la boca y lanzó un sonido profundo: —¡Muuuuuu! ¡Muuuuuu! —Mateo saltó de alegría y trató de imitarla, poniendo sus labios en forma de círculo: —¡Muuuu! —La vaca parecía sonreír mientras seguía masticando su hierba.
Mateo siguió caminando por el sendero de tierra hasta que escuchó un ruido rápido: ¡pata-pata-pata! Era Tobi, el perro de la granja. Tobi tenía el pelo dorado y una lengua rosada que siempre estaba lista para dar besos. Tobi corrió alrededor de Mateo, moviendo la cola tan rápido que parecía un ventilador. —¡Guau, guau! ¡Guau, guau! —ladró Tobi con entusiasmo. Mateo se rió a carcajadas y aplaudió con sus manos pequeñas. —¡Guau, guau! —respondió Mateo, y los dos dieron vueltas sobre el césped, celebrando la mañana.
Cerca de un montón de paja dorada, Mateo vio algo que se movía con mucha elegancia. Era la gatita Pelusa, una gatita de color naranja con rayas más oscuras y unos bigotes muy largos. Pelusa se estiró perezosamente y luego se frotó contra las piernas de Mateo. Su pelaje era tan suave como una nube. —¡Miau, miau! —dijo Pelusa con una voz dulce y finita. Mateo se agachó para acariciarla detrás de las orejas. —¡Miau! —susurró Mateo, imitando el sonido suave de la gatita mientras ella ronroneaba de felicidad.

De repente, algo pequeñito y amarillo cruzó por delante de sus zapatos. ¡Era un pollito! El pollito parecía una bolita de algodón con patas. Caminaba rápido, buscando granitos de maíz entre la tierra. —¡Pío, pío, pío! —decía el pollito con mucha prisa. Mateo se quedó muy quieto para no asustarlo. El pollito lo miró con curiosidad y volvió a cantar: —¡Pío, pío! —Mateo juntó sus dedos como si fueran un piquito y repitió: —¡Pío, pío! —Era el sonido más tierno de toda la granja.
Finalmente, Mateo llegó a un lugar donde había un charco de lodo muy divertido. Allí estaba el cerdo Pancracio. Pancracio era rosado, redondo y tenía una cola rizada que parecía un resorte. Estaba muy feliz salpicando agua y barro. —¡Oink, oink! —gruñó Pancracio mientras arrugaba su nariz chata. Mateo vio cómo el cerdo disfrutaba de su baño y, sin miedo a ensuciarse, hizo el mismo sonido arrugando su propia nariz: —¡Oink, oink! —Pancracio dio un salto en el lodo, haciendo que unas gotitas saltaran por el aire.
El sol empezó a bajar, pintando el cielo de colores naranja y violeta. Mateo se dio cuenta de que todos sus amigos estaban allí con él. La vaca Lola, el perro Tobi, la gatita Pelusa, el pollito amarillo y el cerdo Pancracio se reunieron en el centro del corral. Fue entonces cuando sucedió algo maravilloso: ¡comenzó el gran concierto!
—¡Muuuu! —cantó la vaca.

—¡Guau, guau! —se unió el perro.
—¡Miau! —añadió la gatita.
—¡Pío, pío! —pió el pollito.
—¡Oink, oink! —terminó el cerdo.
Mateo dirigía la orquesta con sus manos, saltando y cantando todos los sonidos a la vez. Era la música más bonita que había escuchado jamás. La granja entera vibraba con alegría. Cuando llegó la hora de volver a casa, Mateo les lanzó un beso a todos sus amigos. Sabía que, aunque no hablaban con palabras, se entendían perfectamente a través de los sonidos. Esa noche, mientras su mamá lo arropaba en la cama, Mateo cerró los ojos y, justo antes de dormirse, susurró muy bajito: —¡Muuuu, guau, miau, pío, oink! —Y así, con una sonrisa en la cara, soñó con la orquesta más ruidosa y feliz del mundo.
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