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Natalio, con sus sesenta y cinco años a cuestas y una sonrisa arrugada como una pasa, caminaba con su burro Bartolomé por la vereda polvorienta. Bartolomé, con sus orejas largas y pelaje grisáceo, era su mejor amigo y compañero de aventuras. El sol brillaba alto en el cielo, calentando la tierra y haciendo que las cigarras cantaran a todo pulmón. Natalio silbaba una melodía antigua, una canción que le había enseñado su abuelo cuando era niño.
De repente, Bartolomé se detuvo en seco, resoplando y sacudiendo la cabeza. Natalio frunció el ceño. Bartolomé nunca se detenía a menos que algo le preocupara. "¿Qué pasa, Bartolomé? ¿Tienes sed?", le preguntó, acariciando su suave hocico. Pero Bartolomé no se movió. Solo miraba fijamente hacia un punto en el camino.
Natalio siguió la mirada de Bartolomé y su corazón dio un vuelco. Allí, tirado a un lado del camino, yacía un hombre. Estaba vestido con ropa fina, pero estaba quieto, muy quieto. Natalio se acercó con cautela, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda a pesar del calor del sol.
"¡Ay, Dios mío!", exclamó Natalio, arrodillándose junto al hombre. Lo sacudió suavemente, pero no hubo respuesta. El hombre no se movía. Parecía estar… muerto. Natalio nunca había visto un muerto de cerca. Sintió un nudo en el estómago y un miedo frío le subió por la garganta.
"¿Qué vamos a hacer, Bartolomé?", susurró Natalio, mirando a su burro en busca de consejo. Bartolomé relinchó suavemente, como si entendiera la gravedad de la situación. Natalio pensó por un momento. No podía dejar al hombre allí, solo en el camino. Pero tampoco sabía qué hacer.
Entonces, recordó una pequeña cabaña que había visto a lo lejos, subiendo por la colina. Era la casa de Doña Elena, una anciana sabia y bondadosa que conocía todos los secretos del pueblo. "¡Doña Elena!", exclamó Natalio. "Ella sabrá qué hacer".
Con la ayuda de Bartolomé, Natalio logró subir al hombre muerto sobre el lomo del burro. Fue una tarea difícil, pero Bartolomé, con su paciencia infinita, soportó el peso sin quejarse. Lentamente, con cuidado, se dirigieron hacia la cabaña de Doña Elena.
El camino era empinado y pedregoso, y el sol seguía brillando con fuerza. Natalio estaba agotado, pero no se rindió. Sabía que tenía que ayudar a ese hombre, aunque ya no estuviera vivo. Bartolomé, con su paso firme y constante, lo ayudó a seguir adelante.
Finalmente, llegaron a la cabaña de Doña Elena. Era una casita humilde, con paredes blancas y un techo de tejas rojas. Un pequeño jardín lleno de flores de colores rodeaba la casa, y el aire olía a hierbas aromáticas.
Natalio llamó a la puerta con los nudillos temblorosos. Después de un momento, la puerta se abrió y Doña Elena apareció en el umbral. Era una mujer pequeña y delgada, con el pelo blanco recogido en un moño y unos ojos azules que brillaban con sabiduría.
"Natalio, ¿qué te trae por aquí?", preguntó Doña Elena con su voz suave y melodiosa.
Natalio le contó todo lo que había pasado, desde el momento en que Bartolomé se detuvo en el camino hasta el momento en que encontraron al hombre muerto. Doña Elena escuchó con atención, sin interrumpir ni una sola vez.
Cuando Natalio terminó su relato, Doña Elena asintió con la cabeza. "Ya veo", dijo. "Esto es grave. Pero no te preocupes, Natalio. Juntos encontraremos una solución".
Doña Elena examinó al hombre con cuidado. Le palpó el pulso, le miró los ojos y le escuchó el corazón. Después de un rato, se levantó y suspiró. "Está muerto, sí", dijo. "Pero no parece haber sufrido. Parece que simplemente se quedó dormido y no despertó más".
Doña Elena y Natalio, con la ayuda de Bartolomé, llevaron al hombre dentro de la cabaña y lo acostaron en una cama. Luego, Doña Elena le dio a Natalio una taza de té caliente y le pidió que descansara.
Mientras Natalio bebía el té, Doña Elena salió de la cabaña y regresó al cabo de un rato con un grupo de personas del pueblo. Habían traído velas, flores y mantas. Juntos, prepararon al hombre para su último viaje.
Esa noche, el pueblo entero se reunió en la cabaña de Doña Elena para velar al hombre muerto. Cantaron canciones tristes, contaron historias sobre la vida y la muerte, y compartieron comida y bebida. Natalio se sintió conmovido por la bondad y la compasión de la gente del pueblo.
Al día siguiente, el pueblo enterró al hombre en el cementerio local. Natalio y Bartolomé fueron los primeros en arrojar tierra sobre la tumba. Natalio no sabía quién era el hombre, pero sabía que había hecho lo correcto al ayudarlo.
Después del funeral, Natalio regresó a su casa con Bartolomé. Estaba cansado, pero se sentía en paz. Sabía que había hecho lo que debía hacer, y eso era lo que importaba.
Desde ese día, Natalio y Bartolomé siguieron caminando por la vereda, pero ya no eran los mismos. Habían aprendido una lección importante sobre la vida, la muerte y la importancia de la bondad. Y cada vez que pasaban por el lugar donde habían encontrado al hombre muerto, se detenían un momento para recordarlo y para agradecer por la oportunidad de haberlo ayudado en su último viaje.
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