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Gratis · elegí una vozEn un bosque pequeñito vivía Nico, una liebre joven que saltaba… no mal, pero tampoco bien. Saltitos cortos, tímidos, casi como si le pesaran las orejas. Se sentía un poco torpe y diferente a las demás liebres del bosque.
Un día, en la pradera llena de flores silvestres, estaban todos los animales jugando a “quién salta más alto”. Había ardillas que se impulsaban desde las ramas de los árboles, ranas que parecían cohetes verdes y, por supuesto, las liebres, que eran las reinas del salto. Nico los miraba desde lejos, escondido detrás de un arbusto de moras, con cara de “yo ni loco”. Le daba mucha vergüenza intentar siquiera. Pensaba que todos se reirían de sus saltos pequeños y torpes.
Entonces llegó Capi, una liebre mayor, con el pelo lleno de canas suaves, pero con una energía que hacía temblar la hierba. Era rápida, alegre, y saltaba como si tuviera muelles en las patas. Sus saltos eran tan altos que parecía que podía tocar las nubes. Capi era conocida en todo el bosque por su amabilidad y su espíritu deportivo.
—¿Por qué no juegas? —le preguntó Capi, acercándose a Nico con una sonrisa amable. Sus ojos brillaban con curiosidad y calidez.
Nico se sobresaltó. No esperaba que la liebre más saltarina del bosque se fijara en él. Bajó las orejas hasta el suelo, avergonzado. —Porque no sé saltar tan alto como vosotros —contestó Nico, con la voz apenas audible.
Capi sonrió. No una sonrisa burlona, sino una sonrisa comprensiva y alentadora. —Pues ven conmigo. Yo tampoco sabía al principio. Nadie nace sabiendo. Se necesita práctica y un poco de ayuda.
Y se lo llevó un poco más lejos, a un claro tranquilo del bosque, lejos de las miradas de los demás animales, para practicar tranquilos. El claro estaba lleno de flores silvestres y mariposas revoloteando. El sol filtraba entre las hojas, creando un ambiente mágico y relajante.
Primero Capi le enseñó cómo doblar las patas correctamente, flexionando las rodillas para acumular energía. —Imagínate que eres un resorte —le dijo Capi—. Cuanto más lo comprimes, más alto saltas.
Luego le enseñó cómo echar el cuerpo hacia adelante, para ganar impulso. —Es como si te fueras a caer —explicó Capi—. Pero no te caigas, ¡salta!
Y después, le enseñó cómo tomar impulso respirando hondo. —El aire te da ligereza —dijo Capi—. Inhala toda la energía del bosque y exhala toda tu timidez.
—Hazlo conmigo —decía Capi—. Mira cómo salto yo, y tú me imitas. Es como un baile. Sigue mi ritmo.
Nico lo intentó… y bueno… el primer salto le salió muy mal. Se tropezó, cayó de bruces y se llenó la nariz de tierra. Los nervios le habían jugado una mala pasada.
—¡Es normal! —rió Capi, con una carcajada contagiosa. Le ayudó a levantarse y le limpió la nariz. —Venga, otra. Roma no se construyó en un día.
Saltaron una vez, dos, diez… y poco a poco Nico empezó a notar que sus patas respondían mejor. Lo que no podía hacer solo, ahora sí podía con la ayuda de Capi. Cada salto era un poco más alto, un poco más seguro. Empezaba a sentir la emoción de volar por un instante.
Al día siguiente, Nico volvió a la pradera. Pero esta vez, no se escondió detrás del arbusto. Se colocó en el centro, respiró hondo y cerró los ojos. Antes de saltar, murmuró: —Doblar patas… respirar… impulso… hacia arriba…
Se hablaba a sí mismo, igual que Capi le había dicho en voz alta. Recordaba cada consejo, cada movimiento. Sentía la confianza que Capi había depositado en él.
Y ¡pum!
Pegó un salto tan alto que hasta una ardilla que estaba en un árbol, comiendo una nuez, se cayó de la rama y dijo: —¡¿Qué ha sido ESO?!
Los demás animales lo miraron alucinados. Sus ojos se abrieron como platos. No podían creer lo que estaban viendo. El pequeño Nico, que siempre se había escondido, ¡estaba saltando más alto que nadie!
Nico sonrió, orgulloso. Sintió una oleada de alegría y satisfacción. Había superado su miedo y había descubierto su potencial. Ya no era el conejo tímido y torpe.
A partir de ese día, ya no necesitó los consejos de Capi, ya que los había interiorizado. Sabía cómo doblar las patas, cómo respirar, cómo tomar impulso. Su cuerpo recordaba los movimientos, y su mente estaba llena de confianza.
Y lo mejor de todo: cuando una cría de zorrito, llamada Zorro, quiso aprender a saltar… ¿adivinas quién se ofreció?
Exacto: Nico. Sabía lo que era sentirse inseguro y necesitaba ayuda. Quería compartir lo que había aprendido con los demás.
Porque en el bosque, igual que en la vida, nadie aprende solo… siempre aprendemos con otros.
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