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Gratis · elegí una vozEra el primer día de clases en el preescolar "Pequeños Exploradores". El sol brillaba afuera, pero adentro, ¡era un mar de lágrimas! Juanito se aferraba a la pierna de su mamá, sollozando como si el mundo se acabara. Sofía, con sus coletas rubias, miraba con ojos llorosos a su papá, quien intentaba consolarla. Y luego estaba Pepito… Pepito era diferente. Cuando se sentía frustrado, ¡mordía!
La maestra Elena, con su sonrisa cálida y su delantal lleno de colores, se agachó para hablar con Juanito. "Hola, Juanito. Soy la maestra Elena. ¡Mira qué bonitos colores tenemos aquí! ¿Te gustaría jugar con los bloques?" Juanito, aún llorando, negó con la cabeza.
Luego, se acercó a Sofía. "Hola, Sofía. ¡Qué bonitas coletas! ¿Te gustaría dibujar con crayones?" Sofía tímidamente asintió, pero las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.
Pero el verdadero desafío era Pepito. Un niño le había quitado su coche rojo, y Pepito, furioso, ¡le mordió el brazo! El niño gritó, y la maestra Elena corrió para separarlos.
"Pepito, ¡no mordemos!", dijo la maestra Elena con firmeza, pero con dulzura. "Morder lastima a nuestros amigos." Pepito la miró con sus ojos marrones llenos de confusión. No entendía por qué no podía morder. Morder era su forma de decir: "¡Ese coche es mío!"
La maestra reunió a todos los niños en un círculo. Todavía había algunos sollozos, pero la curiosidad los estaba ganando. "Niños," comenzó la maestra Elena, "hoy es nuestro primer día juntos. Vamos a ser una familia aquí en Pequeños Exploradores. Y en una familia, nos cuidamos unos a otros."
"A veces," continuó, "nos sentimos enojados o frustrados. Tal vez alguien nos quite un juguete, o no sepamos cómo hacer algo. ¡Es normal sentirse así! Pero morder no es la forma de solucionar el problema. Morder lastima."
Sacó una gran lámina de papel y un plumón. "Vamos a hacer una lista de cosas que podemos hacer cuando nos sintamos enojados o frustrados."
Primero, dibujó una carita triste. "Si te sientes triste, puedes hablar con la maestra Elena. ¡Estoy aquí para escucharte!"
Luego, dibujó a un niño respirando hondo. "Si te sientes enojado, puedes respirar profundo. Inhala por la nariz… y exhala por la boca… ¡así!" Los niños la imitaron, inflando sus mejillas y luego soltando el aire.
Finalmente, dibujó a dos niños dándose la mano. "Si alguien te quita un juguete, puedes pedirle ayuda a la maestra Elena. Yo te ayudaré a hablar con tu amigo y encontrar una solución. ¡Podemos compartir o turnarnos!"
La maestra Elena miró a Pepito directamente a los ojos. "Pepito, sé que a veces te enojas mucho. Pero quiero que sepas que no estás solo. Si te sientes frustrado, ven a mí. Podemos hablar, respirar hondo, o encontrar una solución juntos. ¡Somos una familia!"
Pepito miró sus zapatos. Nunca nadie le había explicado las cosas así. Siempre le habían gritado cuando mordía. La maestra Elena le estaba ofreciendo ayuda.
Ese día, hubo algunos momentos difíciles. Juanito todavía extrañaba a su mamá, y Sofía necesitó un abrazo extra. Pero cada vez que Pepito sentía la necesidad de morder, recordaba las palabras de la maestra Elena. Respiraba hondo, y se acercaba a ella.
"Maestra Elena," decía tímidamente, "quiero ese coche, pero Juanito lo tiene." La maestra Elena le ayudaba a hablar con Juanito, y juntos encontraban una solución. A veces, Pepito tenía que esperar su turno. Otras veces, compartían el coche. Pero lo importante era que estaba aprendiendo a controlar su frustración sin morder.
Al final del día, cuando los papás llegaron a recoger a sus hijos, el preescolar "Pequeños Exploradores" ya no era un mar de lágrimas. Era un lugar lleno de risas, juegos y, sobre todo, ¡de amistad! Pepito incluso le dio un abrazo a Juanito antes de irse a casa.
La maestra Elena sonrió. Sabía que todavía quedaba mucho por aprender, pero el primer día había sido un éxito. Habían comenzado a construir una familia, donde todos se cuidaban y se respetaban. Y lo más importante, ¡habían aprendido que morder no era la solución! La familia "Pequeños Exploradores" era un lugar seguro y feliz para todos. Pepito aprendió que en lugar de morder, podía hablar, respirar, y pedir ayuda. Y eso, al final, lo hacía sentir mucho mejor.
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