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Gratis · elegí una vozA Martín no le gustaba ir a la escuela. ¡Nada de nada! Cada mañana, cuando sonaba el despertador, un monstruito gruñón se instalaba en su estómago. "¡No, no, y no!", pensaba. Preferiría mil veces quedarse en casa jugando con su perro, Pancho, o construyendo castillos de almohadas gigantes en el salón.
Una mañana, el monstruito gruñón era especialmente grande. Martín se escondió debajo de las sábanas, negándose a levantarse. "¡No voy!", gritó. Su mamá, con paciencia infinita, se sentó a su lado en la cama.
"Martín, cariño, ¿por qué no quieres ir a la escuela hoy?", preguntó con voz suave.
"Es aburrida", murmuró Martín, sin salir de su escondite. "Las matemáticas son difíciles, y Leo siempre me quita mis lápices de colores, y… ¡y la sopa de verduras del almuerzo es asquerosa!".
Su mamá sonrió. "Entiendo. Pero, ¿sabes?, la escuela no es solo matemáticas, lápices de colores y sopa. También es aprender cosas nuevas, jugar con tus amigos, y descubrir talentos que ni siquiera sabías que tenías".
Martín sacó un ojo de debajo de las sábanas, mirándola con curiosidad. "¿Talentos? ¿Qué clase de talentos? ¿Como volar o ser invisible?".
Su mamá rió. "No exactamente. Talentos como dibujar increíblemente bien, o contar historias que hacen reír a todos, o ser un experto en dinosaurios. ¿Quién sabe qué talentos te esperan en la escuela?".
Martín pensó en eso. A él le gustaba dibujar, aunque Leo siempre le quitaba sus lápices. Quizás, solo quizás, su mamá tenía razón.
"Además", continuó su mamá, "hoy es un día especial en la escuela. La Señorita Elena ha organizado una búsqueda del tesoro en el jardín. ¡Dicen que el tesoro es una sorpresa fantástica!".
Los ojos de Martín se abrieron de par en par. ¡Una búsqueda del tesoro! Eso sí que sonaba divertido. Lentamente, salió de debajo de las sábanas.
"¿Una búsqueda del tesoro de verdad?", preguntó, con una sonrisa asomando en su rostro.
"¡De verdad de la buena!", respondió su mamá, dándole un beso en la frente. "Pero, si quieres encontrar el tesoro, tendrás que darte prisa. El autobús escolar está a punto de llegar".
Martín saltó de la cama y se vistió a toda velocidad. Desayunó un plátano rápido y corrió hacia la parada del autobús. Cuando llegó, vio a sus amigos esperándolo. Leo, el chico que siempre le quitaba los lápices, estaba allí también.
"¡Martín, llegas tarde!", gritó Sofía. "¡La Señorita Elena ya nos está explicando las reglas de la búsqueda del tesoro!".
Martín se subió al autobús, sintiéndose un poco culpable por haber hecho esperar a todos. Leo le sonrió.
"¡Hola, Martín! ¿Estás listo para encontrar el tesoro?", preguntó Leo.
Martín asintió, sintiéndose un poco mejor. Tal vez Leo no era tan malo después de todo.
En la escuela, la Señorita Elena les explicó que la búsqueda del tesoro consistía en seguir pistas escondidas por todo el jardín. Cada pista les llevaría a la siguiente, hasta llegar al tesoro final.
Martín formó equipo con Sofía y Leo. Juntos, resolvieron acertijos, descifraron códigos secretos y siguieron huellas misteriosas. Se rieron, se ayudaron y trabajaron en equipo. Incluso Leo le devolvió a Martín un lápiz de color que le había quitado sin querer.
Finalmente, después de mucho buscar y rebuscar, encontraron el tesoro. ¡Era una caja llena de semillas de flores! La Señorita Elena les explicó que plantarían las semillas en el jardín y cuidarían de las flores hasta que florecieran.
Martín se sintió feliz y orgulloso. Había superado su monstruito gruñón, había disfrutado de la escuela, y había descubierto que trabajar en equipo era mucho más divertido que hacerlo solo.
Ese día, Martín no pensó ni una sola vez en la sopa de verduras. Y cuando llegó a casa, le contó a su mamá con entusiasmo todo sobre la búsqueda del tesoro.
"¿Ves?", dijo su mamá. "La escuela puede ser divertida, ¿verdad?".
Martín asintió. "¡Sí! Y mañana quiero ir a la escuela otra vez. ¡Quiero ver cómo crecen nuestras flores!".
Esa noche, Martín soñó con flores de todos los colores, con acertijos divertidos y con la sonrisa de Leo. El monstruito gruñón se había ido, y en su lugar, había una mariposa revoloteando en su estómago, ansiosa por volar de regreso a la escuela.
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