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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza sobre el campo verde y exuberante. Un señor con un sombrero grande y una máquina enorme en la espalda, el Señor Fumigador, caminaba lentamente, rociando el pasto con un líquido que olía fuerte y extraño. Los animales del campo, que hasta ese momento disfrutaban de un día tranquilo, se detuvieron en seco.
Una pequeña oruga llamada Carmela, que mordisqueaba una hoja de trébol, fue la primera en notar el peligro. "¡Miren! ¡El Señor Fumigador! ¡Está rociando el pasto!", gritó con su vocecita aguda.
Un saltamontes verde y saltarín, llamado Salto, dejó de tocar su violín de hierba. "¡Eso no es bueno! ¡Ese líquido nos hace daño!", exclamó preocupado.
Una abeja zumbadora, llamada Berta, que recolectaba néctar de una flor silvestre, se unió a la conversación. "¡Tenemos que hacer algo! ¡Si sigue fumigando, todos moriremos!", dijo con un zumbido de alarma.
Carmela, Salto y Berta se miraron con determinación. Sabían que tenían que actuar rápido. Pero, ¿qué podían hacer contra un hombre tan grande con una máquina tan poderosa?
"¡Tenemos que hablar con él!", sugirió Carmela. "¡Tenemos que explicarle que nos está haciendo daño!"
"¡Pero no nos va a escuchar!", replicó Salto. "¡Es un humano! ¡No entienden nuestro idioma!"
"¡Tenemos que intentarlo!", insistió Berta. "¡Nuestras vidas están en juego!"
Y así, los tres pequeños amigos se pusieron en marcha. Carmela se arrastró lo más rápido que pudo por el pasto, Salto saltó de hoja en hoja y Berta voló por encima de ellos, guiándolos hacia el Señor Fumigador.
Cuando finalmente llegaron cerca del señor, se reunieron en un grupo y gritaron con todas sus fuerzas. "¡Señor Fumigador! ¡Señor Fumigador! ¡Por favor, deténgase!"
Pero el Señor Fumigador no pareció oírlos. Seguía caminando y rociando el pasto, ajeno a las pequeñas criaturas que intentaban desesperadamente salvar sus vidas.
Carmela, Salto y Berta se sintieron desesperados. Parecía que nada podía detener al Señor Fumigador. Pero entonces, a Berta se le ocurrió una idea.
"¡Tengo un plan!", exclamó Berta. "¡Voy a volar hasta su cara y zumbare en su oído! ¡Quizás así me escuche!"
Carmela y Salto asintieron con entusiasmo. Era un plan arriesgado, pero era la única esperanza que tenían.
Berta alzó el vuelo y se dirigió hacia el Señor Fumigador. Con todas sus fuerzas, voló directamente hacia su cara y comenzó a zumbar en su oído lo más fuerte que pudo. "¡Zzzzzzzz! ¡No fumigue! ¡Zzzzzzzz! ¡Nos está matando! ¡Zzzzzzzz!"
El Señor Fumigador se sobresaltó. Sintió algo zumbándole en el oído y se detuvo en seco. Se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, confundido.
"¿Qué fue eso?", murmuró para sí mismo. "¿Una abeja?"
Entonces, vio a Carmela y a Salto saltando y arrastrándose por el pasto, mirándolo con ojos suplicantes.
"¡Por favor, señor!", gritó Carmela con su vocecita. "¡No nos mate! ¡Este líquido nos hace daño!"
"¡Queremos vivir!", añadió Salto con un tono triste.
El Señor Fumigador se quedó mirando a los pequeños animales, sorprendido. Nunca antes se había detenido a pensar en cómo afectaba su trabajo a las criaturas que vivían en el campo.
Se agachó y miró a Carmela, Salto y Berta con atención. Por primera vez, vio la vida en sus pequeños ojos. Vio su miedo, su esperanza y su deseo de vivir.
El Señor Fumigador sintió una punzada de remordimiento. Se dio cuenta de que estaba haciendo daño a seres inocentes. No quería ser un destructor de vidas.
"Lo siento mucho", dijo el Señor Fumigador con voz suave. "No sabía que les estaba haciendo daño. No volveré a fumigar este campo. Lo prometo."
Los animales del campo vitorearon con alegría. ¡Lo habían logrado! Habían convencido al Señor Fumigador de que detuviera su fumigación y salvara sus vidas.
El Señor Fumigador apagó su máquina y se la quitó de la espalda. Prometió buscar una forma más segura de cuidar el pasto, una forma que no dañara a los animales que vivían allí.
Carmela, Salto y Berta se sintieron aliviados y agradecidos. Sabían que habían hecho algo importante. Habían defendido sus vidas y habían protegido su hogar.
Desde ese día, el Señor Fumigador se convirtió en un amigo de los animales del campo. Aprendió a apreciar la belleza y la importancia de la vida en todas sus formas. Y los animales del campo aprendieron que incluso los más pequeños pueden hacer una gran diferencia.
Y el campo, una vez amenazado, volvió a ser un lugar feliz y seguro para todos sus habitantes.
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