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Noelia no era una niña común, aunque el mundo se empeñara en clasificarla bajo etiquetas ordinarias. A sus once años, poseía una mente que funcionaba como un acelerador de partículas de fantasía. Sus padres llamaban a sus ocurrencias «momentos locos», pero para ella eran experimentos de pura física heroica. La última de estas hazañas, sin embargo, le había costado un castigo ejemplar: dos semanas sin salir de su habitación y, lo que era peor, sin acceso a sus cuadernos de dibujo. Todo por intentar demostrar que la gravedad era opcional si se saltaba desde el cobertizo con una capa hecha de cortinas viejas y mucha determinación.
Sentada en el borde de su cama, Noelia observaba cómo el sol de la tarde filtraba motas de polvo que bailaban en el aire. Para cualquier otro niño, el castigo sería un desierto de aburrimiento, pero para ella era un lienzo en blanco. «Si no puedo ser un superhéroe fuera, lo seré dentro», murmuró. Cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el latido de su propio corazón, hasta que el silencio de la habitación comenzó a vibrar con una frecuencia distinta.
De repente, el suelo de madera de su cuarto se transformó en una superficie líquida y luminosa. Noelia no se asustó; sabía que estaba entrando en ese estado intermedio que ella llamaba «el sueño despierto». El techo se desvaneció, revelando un firmamento donde las constelaciones no eran puntos de luz, sino engranajes de un reloj cósmico gigante. Noelia se puso de pie y notó que su sudadera amarilla brillaba con una intensidad eléctrica. Sus rizos castaños flotaban a su alrededor como si estuviera bajo el agua.

Frente a ella apareció el Guardián del Tedio, una figura gigantesca hecha de sombras y de todos los relojes de arena que alguna vez se habían roto. El Guardián rugió con una voz que sonaba como el arrastrar de cadenas: «Estás castigada, Noelia. Aquí, el tiempo no avanza y la imaginación es prisionera». Pero Noelia sonrió con una confianza increíble. Sabía que el castigo era solo una barrera física, y su mente era un superpoder que ninguna pared podía contener.
—El aburrimiento solo es falta de perspectiva —declaró Noelia, extendiendo sus manos. De sus dedos brotaron hilos de luz color neón.
Comenzó una batalla épica en la que no se usaron puños, sino conceptos. El Guardián lanzaba ráfagas de «gris cotidiano», intentando apagar los colores del mundo onírico de Noelia. Ella respondía creando escudos de geometría sagrada y lanzando esferas de ideas puras: el recuerdo del olor de la lluvia, la sensación de un helado de limón en verano, el sonido de una risa inesperada. Cada idea golpeaba al monstruo, fragmentando su oscuridad.

En el clímax del enfrentamiento, Noelia se dio cuenta de que no debía destruir al Guardián, sino transformarlo. Voló hacia el centro de la criatura, atravesando nubes de duda. Al llegar al núcleo, no encontró un corazón de piedra, sino un pequeño niño asustado que se tapaba los ojos. Era la personificación de su propio miedo a ser «demasiado rara» para el mundo real. Con ternura, Noelia lo abrazó.
—No es una locura querer ver el mundo de otra forma —le susurró—. Es un regalo.
En ese instante, una explosión de luz blanca lo inundó todo. Noelia sintió que caía suavemente, como una pluma. Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en su cama. El sol ya se había puesto y la habitación estaba en penumbra, pero algo había cambiado. El castigo ya no se sentía como una prisión, sino como un retiro necesario para planear su próxima gran aventura.
Se levantó y se acercó a la ventana. En el cristal empañado, dibujó con el dedo un pequeño rayo, el símbolo de su identidad secreta. Sabía que, aunque el mundo la viera como una niña pequeña cumpliendo una penitencia, ella era la arquitecta de universos increíbles. Al día siguiente, cuando sus padres entraron a verla, la encontraron leyendo un libro de astrofísica con una sonrisa enigmática. Noelia ya no necesitaba saltar de los tejados para volar; había aprendido que el vuelo más alto se emprende desde el centro de uno mismo.
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