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Gratis · elegí una vozTodo iba bien. Nos acabábamos de mudar a Nueva York con mi familia. ¡Nueva York! Siempre había soñado con vivir aquí. Mañana sería mi primer día de clases en la escuela PS 234, y no aguantaba la emoción de conocer a mis nuevos compañeros, aunque los nervios de no caerles bien me abrumaban un poquito. ¿Les gustaría mi acento? ¿Sería diferente a ellos? ¿Me entenderían cuando hablara rápido, como a veces hago cuando estoy emocionada?
Esa noche, me costó mucho dormir. Daba vueltas en la cama imaginando cómo sería el salón de clases, cómo serían los niños, cómo sería la maestra. Finalmente, me dormí, soñando con rascacielos gigantes y taxis amarillos.
Al día siguiente, me vestí con mi ropa favorita: una falda con flores y una camiseta de mi banda favorita. Mamá me preparó un sándwich de mantequilla de maní y jalea, mi favorito, y me acompañó a la escuela. Al llegar, el edificio parecía inmenso. Respiré hondo y entré.
El salón de clases era grande y lleno de colores. El profesor, un señor alto y delgado con una sonrisa amable, nos indicó nuestros asientos. Me senté en uno cerca de la ventana, desde donde podía ver la calle llena de gente y coches. El profesor comenzó la clase presentándose y luego nos pidió que nos presentáramos uno por uno. Mi corazón comenzó a latir más rápido a medida que se acercaba mi turno.
Al llegar mi turno, me levanté temblorosa. No supe qué decir. Las palabras se me cruzaban en la mente. Sentía las miradas de todos sobre mí y podía oír cómo murmuraban a mi alrededor. "Soy… soy… yo soy…", tartamudeé. Mis mejillas ardían. Sentí que me iba a desmayar. Finalmente, logré decir: "Me llamo Sofía, y vengo de… de… ¡lejos!"
La clase soltó una pequeña risita. El profesor me sonrió amablemente y me dijo que no me preocupara. Me senté, sintiéndome avergonzada y torpe. Pensé: "Esto es un desastre. Nunca me aceptarán aquí".
Cuando sonó la campana del receso, salí al patio lo más rápido que pude. Me senté sola en una banca que se encontraba en una esquina, intentando esconderme del mundo. A lo lejos, podía oír cómo un grupo de chicos se me acercaba. Al voltear a ver, me di cuenta de que eran los chicos más populares y, bueno, los más atractivos del colegio. Eran altos, rubios y vestían ropa de marca. ¡Justo lo que necesitaba!
Uno de ellos, el más alto, me miró con una sonrisa burlona. "Miren, miren, la chica nueva", dijo. Los otros se rieron. "¿De dónde vienes? ¿De la luna?", preguntó otro. Me sentí aún más pequeña y avergonzada. Quería desaparecer.
De repente, escuché una voz fuerte y clara. "¡Déjenla en paz!" Una chica con el pelo rojo brillante y gafas grandes se acercó al grupo. Era la chica más peculiar del salón de clases, y hasta ahora, no le había prestado mucha atención.
"¿Y tú quién te crees, Lila?", preguntó el chico alto. "Yo me creo que no es justo burlarse de alguien nuevo", respondió Lila con valentía. "Si no tienen nada bueno que decir, ¡váyanse!"
Los chicos se miraron entre ellos y, murmurando, se alejaron. Lila se sentó a mi lado en la banca. "Hola, Sofía, ¿verdad?", dijo con una sonrisa amable. "Me llamo Lila. No les hagas caso a esos tontos. Son unos creídos".
Me sentí aliviada y agradecida. "Gracias, Lila", le dije. "De verdad, muchas gracias".
"No hay de qué", respondió Lila. "¿Quieres saber un secreto? Yo también me sentí así cuando llegué a esta escuela. Pero luego aprendí que lo importante es ser tú misma y encontrar a las personas que te aprecian por quien eres".
Lila y yo empezamos a hablar. Descubrí que le encantaban los libros de ciencia ficción, los cómics de superhéroes y la música indie. A mí también me gustaban muchas de esas cosas. Nos dimos cuenta de que teníamos mucho en común. El resto del receso lo pasamos riendo y contándonos historias. Por primera vez desde que llegué a Nueva York, me sentí un poco menos sola.
Después de la escuela, Lila me acompañó a casa. Me contó sobre los clubes de la escuela, las actividades extracurriculares y los mejores lugares para comer pizza en el vecindario. Me invitó a unirme al club de lectura con ella. Le dije que sí, emocionada. Tal vez Nueva York no sería tan malo después de todo. Tal vez incluso podría hacer amigos de verdad.
Cuando llegué a casa, le conté a mi mamá todo sobre Lila. Mamá me abrazó y me dijo que estaba orgullosa de mí por ser valiente y por hacer un nuevo amigo. Esa noche, dormí mucho mejor que la noche anterior. Ya no soñaba con rascacielos gigantes y taxis amarillos. Soñaba con libros, cómics, pizza y una chica pelirroja con gafas que me había enseñado que, a veces, los mejores amigos se encuentran cuando menos te lo esperas.
Al día siguiente, fui a la escuela con una sonrisa en la cara. Sabía que todavía iba a ser difícil adaptarme a mi nueva vida en Nueva York, pero también sabía que no estaba sola. Tenía a Lila, mi nueva amiga, y juntas podríamos enfrentar cualquier cosa. Y tal vez, solo tal vez, Nueva York se convertiría en mi nuevo hogar, un lugar donde podía ser yo misma y donde podía encontrar mi lugar en el mundo. Y tal vez, esos chicos populares no eran tan importantes después de todo. Lo importante era tener amigos de verdad, amigos que te aceptaran por quien eras, amigos que te apoyaran y te hicieran reír. Y eso, lo tenía. ¡Gracias, Lila!
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