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Ofrategio era un niño con una imaginación del tamaño de la Vía Láctea. Soñaba con astronautas, cohetes espaciales y, sobre todo, con la Luna. No la Luna brillante y lejana que todos veían, sino una Luna de queso gruyer, llena de cráteres y agujeros deliciosos. Un día, con sus ahorros y la ayuda secreta de su abuela, Ofrategio construyó un cohete de cartón reforzado con cinta adhesiva y propulsado por globos inflados con helio. Lo llamó "Quesito Volador".
El día del lanzamiento, Ofrategio se vistió con un traje espacial hecho de papel de aluminio y un casco de colador. Abrazó a su abuela, quien le guiñó un ojo y le entregó una bolsa de galletas de queso. "¡Para el viaje!", le dijo.
Con un grito de "¡A la Luna de Queso Gruyer!", Ofrategio se subió al Quesito Volador y soltó las cuerdas. El cohete, impulsado por la fuerza de cientos de globos, se elevó lentamente hacia el cielo. Al principio, todo iba bien. Ofrategio veía su ciudad haciéndose cada vez más pequeña, y las nubes parecían algodones de azúcar gigantes.
De repente, ¡bam! Un meteorito rebelde, del tamaño de una pelota de baloncesto, chocó contra el Quesito Volador. El cohete tembló, la cinta adhesiva se despegó y los globos explotaron con un estallido sordo. Ofrategio cerró los ojos, esperando lo peor. Pero, milagrosamente, el Quesito Volador, ahora más agujereado que un queso gruyer de verdad, siguió flotando, aunque ya no hacia arriba, sino hacia la Luna.
El aterrizaje fue accidentado. El Quesito Volador se estrelló contra la superficie lunar, haciendo un agujero en el polvo gris. Ofrategio salió del cohete, tosiendo por el polvo lunar, y miró a su alrededor. ¡Estaba en la Luna! Pero no era la Luna brillante y lejana que todos conocían. Era una Luna de polvo gris, llena de rocas y cráteres… y, extrañamente, ¡olía un poco a queso!
Ofrategio exploró su nuevo hogar. Encontró cráteres llenos de polvo brillante que parecían diamantes, y rocas que tenían formas extrañas y divertidas. Construyó una casita con piedras lunares y la decoró con flores hechas de papel de aluminio que había salvado del traje espacial.
Pronto, Ofrategio descubrió que no estaba solo en la Luna. Encontró pequeños seres peludos, con grandes ojos brillantes y colas rizadas, que vivían en las grietas de las rocas. Los llamó “Lunáticos”. Los Lunáticos eran tímidos al principio, pero Ofrategio les ofreció galletas de queso, y pronto se hicieron amigos. Jugaban a las carreras entre los cráteres, construían castillos de polvo lunar y se contaban historias bajo la luz de la Tierra, que se veía enorme y azul desde la Luna.
Ofrategio aprendió mucho sobre la Luna. Aprendió que no estaba hecha de queso gruyer, pero que tenía sus propias maravillas y secretos. Aprendió a vivir en armonía con los Lunáticos, compartiendo su comida y su alegría. Aprendió que el hogar no es solo un lugar, sino también las personas con las que lo compartes.
Un día, mientras miraba la Tierra, Ofrategio sintió un poco de nostalgia. Extrañaba a su abuela, sus cuentos y sus abrazos. Pero también sabía que la Luna era ahora su hogar, y que los Lunáticos eran su familia. Entonces, tuvo una idea.
Con la ayuda de los Lunáticos, Ofrategio construyó un gran telescopio con piedras lunares y espejos de papel de aluminio. Lo apuntó hacia la Tierra y le envió un mensaje a su abuela, utilizando señales de luz y un código secreto que solo ellos conocían. El mensaje decía: “¡Estoy bien! ¡La Luna es increíble! ¡Te extraño!”.
La abuela de Ofrategio, al recibir el mensaje, sonrió con lágrimas en los ojos. Sabía que su nieto estaba a salvo y feliz, viviendo su propia aventura en la Luna. Y así, Ofrategio se quedó a vivir en la Luna, convirtiéndose en el primer niño lunar, el amigo de los Lunáticos y el embajador del queso (aunque no fuera gruyer) en el espacio.
De vez en cuando, Ofrategio miraba a través de su telescopio, viendo a su abuela en la Tierra, sabiendo que, aunque estuvieran separados por la distancia, su amor los mantendría siempre unidos. Y cada noche, antes de dormir, soñaba con un día en que su abuela pudiera visitarlo en su Luna de polvo de estrellas y jugar con los Lunáticos bajo la luz de la Tierra.
Y así, Ofrategio vivió feliz para siempre en la Luna, recordándonos que la aventura puede encontrarse en el lugar más inesperado, y que la amistad puede florecer incluso en el rincón más lejano del universo. Y quién sabe, tal vez algún día, tú también puedas visitar la Luna de Ofrategio y descubrir sus secretos lunares.
Y si escuchas con atención, en las noches claras, quizás puedas oír el eco de su risa resonando entre las estrellas. Porque Ofrategio, el niño que soñaba con la Luna, encontró su hogar en el lugar más mágico de todos.
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