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Gratis · elegí una vozOllie era un osito muy especial. Vivía en una casita de madera pintada de azul, justo al lado de una playa llena de olas divertidas. A Ollie le encantaba surfear! Cada mañana, antes de que el sol se estirara mucho en el cielo, Ollie seguía su rutina.
Primero, ¡arriba! Su despertador con forma de estrella de mar sonaba suavemente. Ollie se desperezaba, estiraba sus patitas peludas y bostezaba un poquito. Luego, se vestía solito. ¡Él era muy autónomo! Se ponía su traje de baño azul con estrellitas amarillas y su camiseta roja de manga corta con un dibujo de una ola gigante. A veces, se ponía la camiseta al revés, pero no importaba, ¡lo importante era que lo hacía solo!
Después de vestirse, Ollie bajaba las escaleras, contando cada escalón: “Uno, dos, tres…¡diez!”. En la cocina, su mamá Osa ya le tenía preparado un delicioso desayuno: ¡un tazón grande de avena con fresas y miel! Ollie se sentaba en su sillita, se ponía su babero con forma de pez y comía con mucho gusto. ¡Le encantaba la avena! Él mismo aprendió a usar la cuchara sin mancharse mucho (bueno, casi siempre).
Cuando terminaba el desayuno, Ollie se lavaba los dientes. ¡Arriba y abajo! ¡En círculos! Su cepillo de dientes era de color verde y tenía un sabor a menta muy refrescante. Se miraba en el espejo y se aseguraba de que no quedara ninguna fresa atrapada entre sus dientes. Luego, ¡a cepillarse el pelito! Usaba un peine de madera que olía a pino. Él solito se peinaba el flequillo para que no le tapara los ojos cuando surfeaba.
Ahora venía la parte más emocionante: ¡prepararse para surfear! Ollie cogía su tabla de surf amarilla con flores pintadas. ¡Él mismo la decoró! Revisaba que la quilla estuviera bien ajustada y que no tuviera ninguna grieta. Luego, se ponía protector solar en su naricita y en sus mejillas para que el sol no lo quemara. Su mamá siempre le decía: “¡Protégete del sol, Ollie, es muy importante!”.
Con su tabla bajo el brazo, Ollie salía corriendo hacia la playa. ¡Le encantaba sentir la arena tibia entre sus patitas! Llegaba a la orilla y miraba las olas. Algunas eran grandes y rugientes, otras eran pequeñas y suaves. Ollie elegía una ola que le pareciera divertida y se metía al agua.
Remaba con sus bracitos fuertes hasta colocarse en la posición perfecta. Cuando sentía que la ola lo empujaba, se levantaba rápidamente sobre la tabla. ¡Y ahí estaba, surfeando como un campeón! Sentía el viento en su cara y la espuma del mar salpicando a su alrededor. ¡Era una sensación increíble!
Ollie surfeaba durante un buen rato, haciendo giros y piruetas. A veces se caía, pero no importaba. Se volvía a levantar y seguía surfeando. Lo importante era divertirse. Cuando se cansaba, salía del agua, se sentaba en la arena y observaba a las gaviotas volar.
Un día, mientras surfeaba, Ollie vio a un cangrejito que estaba atrapado en una red. El cangrejito lloraba desconsoladamente. Ollie se acercó al cangrejito y le dijo: “¡No te preocupes, yo te ayudaré!”. Con mucho cuidado, Ollie cortó la red con su navaja suiza (que siempre llevaba en su mochila) y liberó al cangrejito.
El cangrejito, muy agradecido, le dio las gracias a Ollie. “¡Muchas gracias, Ollie! ¡Me has salvado la vida!”. Ollie sonrió y le dijo: “¡De nada! Siempre es bueno ayudar a los demás”.
Después de surfear y rescatar al cangrejito, Ollie regresaba a casa. Se duchaba solito, se ponía su pijama suave y cenaba con su familia. Le contaba a su mamá y a su papá todas las aventuras que había vivido durante el día. Luego, se lavaba los dientes otra vez y se iba a la cama. Antes de dormir, su mamá le leía un cuento. Ollie se acurrucaba en su cama y se dormía profundamente, soñando con olas gigantes y cangrejitos felices.
Ollie amaba su rutina. Le daba seguridad y le permitía ser autónomo. Sabía que podía contar con su familia y que siempre podía hacer lo que más le gustaba: ¡surfear y ayudar a los demás! Y así, cada día, Ollie el osito surfista disfrutaba de su día soleado, aprendiendo y creciendo poquito a poquito.
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