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Gratis · elegí una vozOsniel amaba los colores. Le encantaba el amarillo brillante del sol, el azul profundo del cielo y el verde juguetón de las hojas en los árboles. Pero lo que más amaba Osniel era su monopatín eléctrico. No era un monopatín cualquiera; era un monopatín de un color rojo cereza brillante, con ruedas que parecían caramelos de goma y una batería que, según su abuelo, funcionaba con pura alegría.
Un día, Osniel estaba patinando por la calle, una calle que él llamaba la Calle Arcoíris porque cada casa estaba pintada de un color diferente. De repente, el monopatín empezó a vibrar. No era una vibración normal; era una vibración… ¡mágica! Las ruedas comenzaron a brillar con un arcoíris de luces, y el monopatín se elevó unos centímetros del suelo.
“¡Wow!”, exclamó Osniel, sujetándose fuerte. El monopatín se deslizó suavemente por la calle, más rápido de lo que nunca había ido. Pasó volando junto a la casa amarilla de la señora Elena, que siempre le regalaba galletas. Pasó junto a la casa azul de Don Ramón, el carpintero, que siempre tenía astillas de madera brillantes en su delantal. Y pasó junto a la casa verde de la pequeña Sofía, que siempre estaba regando sus flores.
De pronto, Osniel notó algo extraño. La Calle Arcoíris estaba… ¡desapareciendo! Los colores se estaban desvaneciendo, las casas se volvían grises, y las flores de Sofía se marchitaban. El amarillo del sol se atenuaba, y el azul del cielo se volvía turbio.
Osniel frenó el monopatín, preocupado. “¿Qué está pasando?”, se preguntó. Miró a su alrededor y vio que la alegría se había ido de la calle. La gente caminaba con la cabeza gacha, sin sonreír. Incluso los pájaros habían dejado de cantar.
Recordó lo que su abuelo le había dicho sobre el monopatín: “Este monopatín funciona con alegría, Osniel. Si la alegría desaparece, el monopatín dejará de funcionar”.
Osniel supo lo que tenía que hacer. Tenía que devolver la alegría a la Calle Arcoíris. Pero, ¿cómo?
Primero, fue a la casa de la señora Elena. “Señora Elena, ¿qué ocurre? ¿Por qué está tan triste?”, le preguntó.
La señora Elena suspiró. “No tengo harina para hacer mis galletas, Osniel. Y sin galletas, ¿cómo puedo alegrar el día de los demás?”.
Osniel pensó rápido. “¡Yo le ayudaré!”, exclamó. Corrió a su casa y regresó con una bolsa de harina que su mamá le había guardado para hacer un pastel. La señora Elena sonrió, y al instante, un pequeño rayo de color amarillo volvió a su casa.
Luego, Osniel fue a la casa de Don Ramón. “Don Ramón, ¿por qué está tan triste?”, le preguntó.
Don Ramón suspiró. “No tengo madera para hacer mis juguetes, Osniel. Y sin juguetes, ¿cómo puedo hacer reír a los niños?”.
Osniel pensó rápido. “¡Yo le ayudaré!”, exclamó. Buscó en su garaje y encontró unas tablas de madera que su papá había guardado para un proyecto. Se las llevó a Don Ramón, y al instante, un pequeño rayo de color azul volvió a su casa.
Finalmente, Osniel fue a la casa de Sofía. “Sofía, ¿por qué está tan triste?”, le preguntó.
Sofía suspiró. “No tengo agua para regar mis flores, Osniel. Y sin flores, ¿cómo puedo embellecer la calle?”.
Osniel pensó rápido. “¡Yo le ayudaré!”, exclamó. Llenó su regadera con agua y ayudó a Sofía a regar sus flores. Al instante, un pequeño rayo de color verde volvió a su casa.
Al ver la alegría regresar a la Calle Arcoíris, el monopatín de Osniel comenzó a brillar aún más. Las luces del arcoíris se intensificaron, y el monopatín se elevó aún más alto. Osniel sintió una gran felicidad en su corazón.
De repente, el monopatín empezó a girar, creando un torbellino de colores que se extendió por toda la calle. Los colores volvieron a las casas, el sol brilló con más fuerza, el cielo se volvió más azul, y las flores de Sofía florecieron con más intensidad.
La gente de la Calle Arcoíris empezó a sonreír, a cantar y a bailar. La alegría había regresado, gracias a Osniel y su monopatín mágico.
Osniel se dio cuenta de que la magia no estaba solo en el monopatín, sino en su capacidad para ayudar a los demás. La alegría es contagiosa, y un pequeño acto de bondad puede hacer una gran diferencia.
Desde ese día, Osniel siguió patinando por la Calle Arcoíris, siempre buscando maneras de ayudar a los demás y de mantener viva la magia de la alegría. Y su monopatín, el monopatín mágico de la Calle Arcoíris, siempre estaba listo para la aventura.
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