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En la penumbra de una era olvidada, cuando el mundo era joven y las montañas aún tocaban las nubes con sus dedos de roca, vivía un hombre llamado Ovniman. No era un hombre común; su fuerza era legendaria entre las tribus de las tierras altas. Podía levantar troncos de cedro con una sola mano y sus pasos hacían vibrar la tierra como pequeños tambores. Sin embargo, a pesar de su imponente estatura, sus hombros anchos y su mandíbula firme, Ovniman poseía un corazón tan sensible como el ala de una mariposa.
Era una medianoche gélida en el bosque montañoso. El aire olía a pino fresco y a tierra húmeda. Mientras el resto de su aldea dormía profundamente en el calor de las cuevas, Ovniman se encontraba despierto, sentado sobre una roca afilada que dominaba el valle. Su rostro, habitualmente serio y sereno, mostraba esta vez las grietas de una profunda angustia. Sentía un nudo invisible en el pecho, una presión que no podía explicar con palabras. No era miedo a los tigres de dientes de sable, ni temor a la escasez de comida; era una tristeza pesada, como si cargara con el peso de toda la montaña sobre sus músculos.

—¿Por qué me siento así? —susurró Ovniman, y su voz profunda se perdió entre los árboles—. Soy el más fuerte, el protector. No debería sentir este vacío.
Decidió caminar para calmar sus pensamientos. Se adentró en lo más profundo del bosque, donde los helechos gigantes se mecían con la brisa nocturna. A medida que avanzaba, el bosque parecía cobrar vida de una manera mágica. Hongos bioluminiscentes brotaban de las raíces de los árboles, bañando el suelo con una luz turquesa y violeta. Pero ni siquiera la belleza del entorno lograba disipar su inquietud. Ovniman se sentía pequeño frente a la inmensidad del cosmos, bajo un cielo salpicado de estrellas que parecían ojos observándolo en silencio.

De repente, un destello cruzó el firmamento. No fue una estrella fugaz común; era una luz azulada y vibrante que descendió lentamente hasta caer en un claro cercano. Movido por la curiosidad, Ovniman corrió hacia el lugar del impacto. Allí, en medio de un cráter pequeño y humeante, encontró una piedra de cristal que pulsaba con un ritmo suave, como un corazón latiendo. Al acercar sus grandes y callosas manos, sintió un calor reconfortante que comenzó a derretir el hielo de su angustia.
Al tocar la piedra, una visión inundó su mente. Vio que incluso las montañas más altas tienen grietas por donde se filtra el agua, y que esas grietas no las hacen débiles, sino que permiten que nazcan manantiales. Comprendió que su seriedad y su fuerza no tenían por qué ser una armadura impenetrable. La angustia que sentía era simplemente su necesidad de expresar que él también necesitaba descanso y compañía, que ser el protector no significaba estar siempre solo en sus sentimientos.
Ovniman se sentó junto a la piedra brillante y, por primera vez en muchos inviernos, dejó que una lágrima rodara por su mejilla bronceada. En ese momento, el nudo en su pecho se deshizo. Habló con la noche, contándole sus sueños y sus preocupaciones. El bosque pareció escucharle; el viento dejó de silbar con fuerza para convertirse en un susurro suave, y los árboles inclinaron sus ramas hacia él.
Cuando el primer rayo de sol comenzó a teñir de naranja las cumbres nevadas, la piedra perdió su brillo y se convirtió en un guijarro gris común. Ovniman se puso de pie, sintiéndose más ligero que nunca. Ya no era solo el hombre fuerte de la Edad de Piedra; ahora era un hombre en paz consigo mismo. Regresó a su aldea con una sonrisa suave, entendiendo que la verdadera fuerza no reside en ocultar lo que sentimos, sino en tener el valor de enfrentarlo bajo la luz de las estrellas. Desde aquel día, los niños de la tribu decían que Ovniman no solo protegía sus cuerpos, sino que también sabía escuchar los suspiros del alma, porque había aprendido que hasta el guerrero más serio necesita que su corazón baile con el viento.
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