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Gratis · elegí una vozPablo Andrés era un niño de ocho años con una sonrisa tan brillante como el sol de la mañana. Le encantaba jugar al fútbol. Cada tarde, después de la escuela, corría al parque con su vieja pelota de cuero, lista para patear y marcar goles. También le fascinaban las canicas. Tenía una colección enorme, de todos los colores y tamaños, guardadas en una lata de galletas que su abuela le había regalado.
Un día, mientras jugaba al fútbol en el parque, notó a un niño sentado solo en un banco. El niño parecía triste y apartado. Pablo Andrés, curioso y amigable, se acercó.
"Hola," dijo Pablo Andrés, "¿Por qué estás tan solo? ¿No quieres jugar?"
El niño, que se llamaba Tomás, levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando. "No tengo con quién jugar," murmuró. "Y además, soy muy malo para el fútbol."
Pablo Andrés sonrió. "No importa si eres bueno o malo. Lo importante es divertirse. ¡Ven! Te enseñaré algunos trucos."
Tomás dudó por un momento, pero la sonrisa contagiosa de Pablo Andrés lo convenció. Se levantó y se unió a él. Al principio, Tomás era torpe y se caía mucho, pero Pablo Andrés lo animaba con paciencia y alegría. Le mostraba cómo patear la pelota, cómo pasarla y cómo defender. Poco a poco, Tomás empezó a mejorar y a reír. El sol brillaba sobre sus rostros mientras corrían y pateaban la pelota juntos.
Después de un rato, decidieron tomar un descanso. Se sentaron bajo la sombra de un árbol frondoso. Pablo Andrés recordó sus canicas. "¿Sabes jugar a las canicas?" preguntó, abriendo su lata de galletas.
Tomás negó con la cabeza. "Nunca he jugado."
Pablo Andrés se emocionó. Le encantaba enseñar a otros a jugar a las canicas. Le explicó las reglas del juego del círculo, mostrando cómo apuntar y cómo golpear las canicas de los demás. Tomás aprendió rápido, aunque al principio perdía casi siempre. Pero a Pablo Andrés no le importaba. Lo importante era que Tomás se estaba divirtiendo.
Jugaron durante horas, riendo y compitiendo amistosamente. Tomás se olvidó de su tristeza y Pablo Andrés se sintió feliz de haber hecho un nuevo amigo. Cuando el sol comenzó a ponerse, se despidieron.
"Gracias, Pablo Andrés," dijo Tomás. "Hoy me divertí mucho. ¡Mañana volvemos a jugar!"
Pablo Andrés asintió con una gran sonrisa. "¡Claro que sí! Mañana te enseñaré otros trucos de fútbol y canicas."
Al día siguiente, Pablo Andrés fue al parque con su pelota y su lata de canicas, esperando encontrar a Tomás. Pero Tomás no estaba allí. Pablo Andrés esperó y esperó, pero Tomás nunca llegó. Se sintió un poco decepcionado, pero no se rindió. Pensó que tal vez Tomás estaba enfermo o tenía algo importante que hacer.
Al día siguiente, volvió al parque, pero Tomás seguía sin aparecer. Pablo Andrés empezó a preocuparse. ¿Le habría pasado algo a Tomás? Decidió preguntar a los otros niños que jugaban en el parque si lo conocían.
"¿Han visto a un niño llamado Tomás?" preguntó. "Es un poco tímido y tiene el pelo castaño."
Un niño lo reconoció. "Ah, sí, Tomás. Él vive en el orfanato que está al final de la calle."
Pablo Andrés se sorprendió. No sabía que Tomás vivía en un orfanato. Decidió ir a visitarlo. Caminó hasta el orfanato y tocó el timbre. Una señora amable le abrió la puerta.
"Buenos días," dijo Pablo Andrés. "¿Está Tomás aquí? Soy su amigo, Pablo Andrés."
La señora sonrió. "Sí, Tomás está aquí. Pasa, por favor. Estaba un poco triste porque no te veía en el parque."
La señora llevó a Pablo Andrés a una sala donde Tomás estaba sentado, leyendo un libro. Cuando Tomás vio a Pablo Andrés, su rostro se iluminó.
"¡Pablo Andrés!" exclamó. "¡Viniste a verme!"
"Sí," dijo Pablo Andrés. "Estaba preocupado porque no aparecías en el parque. Quería saber si estabas bien."
Tomás explicó que había tenido que ayudar en el orfanato y no había podido salir a jugar. Pablo Andrés entendió. Decidió que a partir de ahora, iría a visitar a Tomás en el orfanato siempre que pudiera.
Jugaron a las canicas dentro del orfanato y patearon la pelota en el jardín. Pablo Andrés se dio cuenta de que no importaba dónde jugaran, lo importante era que estaban juntos. Y así, Pablo Andrés y Tomás se convirtieron en los mejores amigos, compartiendo su amor por el fútbol y las canicas, y aprendiendo que la amistad es el tesoro más valioso de todos. Pablo Andrés comprendió que compartir su alegría era aún más gratificante que ganar un partido o tener la canica más brillante. Desde ese día, Pablo Andrés no solo jugó fútbol y canicas, sino que también compartió su tiempo y su corazón con todos los que lo necesitaban.
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