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Había una vez, en un mundo lleno de colores y risas, un pequeño niño llamado Tomás. Tomás tenía cinco años y le encantaba dibujar. Pero había un problema: solo sabía dibujar con palitos. Casas hechas de palitos, árboles hechos de palitos, ¡incluso personas hechas de palitos! Y a Tomás no le gustaba nada de esto.
"¡No! ¡Quedan horribles!" exclamaba Tomás, frunciendo el ceño y arrugando los dibujos. Tiraba los palitos-casas a la papelera, los palitos-árboles se escondían debajo de la cama, y las palitos-personas... bueno, esas solo recibían un gran tachón de crayón rojo.
Su mamá, Doña Elena, siempre lo observaba con ternura. Ella entendía su frustración. "Tomás, mi amor," le decía suavemente, "cada cosa tiene su tiempo. No puedes esperar dibujar como un artista famoso con solo cinco años."
Tomás no entendía muy bien. ¿Tiempo? ¿Qué tenía que ver el tiempo con dibujar? Él quería dibujar casas con ventanas redondas, árboles con hojas que parecieran algodones de azúcar, y personas que sonrieran de verdad, ¡no solo un palito curvado!
Pasaron los meses, y Tomás seguía dibujando con palitos. A veces, intentaba dibujar un círculo, pero le salía un óvalo deforme. Intentaba dibujar una flor, pero parecía más un sol enojado. Seguía frustrándose, pero ya no tiraba los dibujos. Los guardaba en una caja debajo de su cama, como si fueran pequeños secretos vergonzosos.
Un día, cumplió seis años. Y luego siete. Y finalmente, ¡ocho años! Durante todo ese tiempo, Tomás siguió dibujando. Ya no solo usaba palitos. Poco a poco, empezó a experimentar con curvas, con líneas más gruesas, con colores diferentes.
Un día, se sentó en su escritorio, con un lápiz nuevo en la mano. Cerró los ojos y pensó en su casa. Imaginó las ventanas redondas, las flores en el jardín, el humo saliendo de la chimenea. Abrió los ojos y empezó a dibujar.
Para su sorpresa, ¡la casa no salió hecha de palitos! Tenía paredes con textura, una puerta de madera, y las ventanas… ¡eran casi perfectas! Siguió dibujando, agregando detalles. Dibujó un árbol con hojas que parecían, casi, algodones de azúcar. Y dibujó personas que sonreían, ¡con bocas de verdad!
Tomás se quedó mirando su dibujo, asombrado. No podía creer que él, el niño que solo dibujaba con palitos, hubiera creado algo tan hermoso. Corrió a mostrarle el dibujo a su mamá.
Doña Elena lo abrazó fuerte. "¡Tomás, qué maravilla! ¡Has mejorado muchísimo!"
Tomás se sintió orgulloso, pero también un poco confundido. "Pero mamá, ¿cómo lo hice? Antes solo podía dibujar palitos."
Doña Elena sonrió. "Recuerda lo que te dije, mi amor: cada cosa tiene su tiempo. Cuando tenías cinco años, dibujar con palitos era lo mejor que podías hacer. Ahora, que tienes ocho, has aprendido más, has practicado más, y tu mano es más hábil. ¡Es el secreto del tiempo!"
Tomás entendió. No se trataba de ser perfecto de inmediato. Se trataba de aprender, de practicar, de crecer. Se trataba de darle tiempo al tiempo.
Esa noche, Tomás sacó la caja con sus dibujos de palitos. Los miró uno por uno. Ya no le parecían tan horribles. Ahora veía en ellos el esfuerzo de un niño pequeño, un niño que estaba aprendiendo a dibujar el mundo a su manera.
Tomás se dio cuenta de que cada palito, cada óvalo deforme, cada sol enojado, había sido un paso importante en su camino para convertirse en un mejor dibujante. Ya no se avergonzaba de sus dibujos de palitos. Al contrario, ¡estaba orgulloso de ellos!
Desde ese día, Tomás siguió dibujando, experimentando, y aprendiendo. Ya no era tan exigente consigo mismo. Sabía que cada dibujo era una oportunidad para crecer, para mejorar, y para disfrutar del proceso. Y sobre todo, entendió que el secreto de la vida, como el secreto del dibujo, era darle tiempo al tiempo.
Y colorín colorado, este cuento de palitos y tiempo ha terminado.
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