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Gratis · elegí una vozPancho era un campesino torpe. No torpe de maldad, sino de esos que tropiezan con las piedras, confunden la sal con el azúcar y riegan las zanahorias en vez de los tomates. Vivía en un pequeño pueblo llamado Villa Tranquila, donde la mayor emoción era la fiesta anual del queso. Un día, mientras intentaba desatascar una carreta que se había hundido en el barro (otra de sus torpezas), escuchó un anuncio resonar por toda la plaza.
"¡Atención, valientes aldeanos!", gritaba el pregonero, con su voz cascada. "¡El terrible dragón Fuegoferoz ha estado robando nuestras ovejas! El Rey ofrece una recompensa de mil monedas de oro al valiente que lo derrote. ¡Inscripciones para la cacería en la taberna del Buey Gordo!"
Pancho, con la cabeza llena de barro y aún intentando mover la carreta, pensó que el pregonero decía: "Inscripciones para la cata de requesón". A él le encantaba el requesón. Así que, dejando la carreta a medio hundir, corrió a la taberna del Buey Gordo.
Allí, confundido por el bullicio y el aroma a cerveza, Pancho garabateó su nombre en un pergamino que le pusieron delante, pensando que era la lista de asistentes a la cata. No se dio cuenta de que todos los demás eran guerreros musculosos con espadas brillantes y armaduras relucientes. Él, en cambio, llevaba su camisa remendada y sus botas llenas de barro.
Al día siguiente, al amanecer, Pancho se despertó con el sonido de trompetas. Confundido, salió de su casa y se encontró con una multitud de aldeanos vitoreando a un grupo de guerreros que partían hacia las montañas. Entonces vio su nombre en una bandera que decía: "¡Por Villa Tranquila! ¡A cazar al dragón!".
¡Oh, no! ¡Se había apuntado a la cacería del dragón! Intentó explicar el error, pero nadie lo escuchó. Antes de que pudiera reaccionar, lo subieron a un caballo viejo y lo empujaron hacia la montaña junto con los demás cazadores.
El camino era pedregoso y empinado. Uno a uno, los guerreros se fueron adelantando, dejándolo atrás. Pancho, con su torpeza característica, resbalaba a cada paso y el caballo parecía compartir su desgano. Al final, se encontró completamente solo. Lloriqueó un poco, pensando en el requesón y en lo mucho que extrañaba su cama.
De repente, un rugido estremeció la montaña. El dragón. Pancho, temblando de miedo, se escondió detrás de una roca enorme. Desde su escondite, vio al dragón Fuegoferoz salir de una cueva. Era enorme, con escamas rojas brillantes y un aliento que olía a azufre quemado. El dragón, sin embargo, parecía más aburrido que feroz. Suspiró profundamente y se sentó en una roca, con la cabeza gacha.
Pancho, con curiosidad (y un poco de valentía nacida del pánico), asomó la cabeza. Vio que el dragón tenía una espina clavada en una de sus garras. Era una espina enorme y parecía causarle mucho dolor. El dragón intentaba quitársela con sus garras, pero era inútil.
A Pancho se le ocurrió una idea. Él era torpe, sí, pero también era bueno con las herramientas. Se acercó al dragón con cautela, ofreciéndole una sonrisa temblorosa. "Eh... hola, señor Dragón", dijo Pancho. "Parece que tiene un problema con esa espina. ¿Le importaría si intentara ayudarle?"
El dragón lo miró con desconfianza, pero el dolor era más fuerte que la duda. Asintió con la cabeza. Pancho, con cuidado, sacó su navaja del bolsillo (la misma que usaba para cortar queso) y, con mucha paciencia, comenzó a extraer la espina. El dragón gruñó y se quejó, pero Pancho siguió trabajando con delicadeza.
Finalmente, la espina salió. El dragón lanzó un rugido de alivio y sacudió la pata. Miró a Pancho con gratitud. "Gracias, pequeño humano", dijo el dragón, con una voz sorprendentemente suave. "Me has salvado. Como recompensa, te concederé un deseo."
Pancho pensó por un momento. No quería oro ni riquezas. Solo quería volver a su vida tranquila y comer requesón. "Deseo que dejes de robar ovejas y que vivamos en paz", dijo Pancho.
El dragón sonrió. "Concedido", dijo. "Pero a cambio, necesito un favor. Me aburro mucho aquí arriba. ¿Podrías visitarme de vez en cuando y contarme historias de Villa Tranquila?"
Pancho aceptó encantado. A partir de ese día, el dragón Fuegoferoz dejó de robar ovejas. Pancho lo visitaba regularmente, le contaba historias del pueblo y le llevaba requesón. Los guerreros que habían ido a cazar al dragón regresaron a Villa Tranquila con las manos vacías y contaron historias de un dragón invencible. Nadie supo nunca que el verdadero héroe había sido el campesino torpe que solo quería ir a una cata de requesón.
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