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Gratis · elegí una vozPaolo y Víctor eran hermanitos muy queridos por sus padres, pero ¡ay! ¡Qué difícil era que obedecieran! Pasaban horas y horas pegados a sus celulares, jugando y viendo videos, pero cuando no estaban con sus pantallas, ¡empezaba la batalla! Paolo peleaba con Víctor, y Víctor respondía a Paolo. Era una discusión constante, un cuento de nunca acabar.
"¡Es mío!" gritaba Paolo, arrebatándole un juguete a Víctor.
"¡No es cierto, yo lo tenía primero!" replicaba Víctor, intentando recuperarlo.
Sus padres les pedían una y otra vez: "¡Por favor, niños, basta de peleas!" Pero parecía que sus palabras entraban por un oído y salían por el otro. No hacían caso. La hora de comer se convertía en una guerra por el pedazo más grande de pollo, la hora de dormir en una lucha por la cobija más suave.
Un día, su mamá, cansada de tanta desobediencia y riñas, tuvo una idea. Una idea que esperaba les enseñara una valiosa lección. Con una sonrisa misteriosa, les anunció: "Niños, mañana pasarán el día con la vecina Margarita".
Paolo y Víctor se miraron sorprendidos. La vecina Margarita era una señora muy amable, pero… ¡no era su mamá! No les permitía usar sus celulares todo el tiempo, y siempre les pedía ayuda con las plantas de su jardín.
"¿Con la vecina Margarita? ¡Pero nosotros queremos estar en casa!" protestó Paolo.
"Sí, ¡queremos jugar con nuestros videojuegos!" añadió Víctor.
"Lo siento, niños," dijo su mamá con firmeza. "Necesitan aprender a valorar lo que tienen y a portarse bien. La vecina Margarita los cuidará mañana".
Al día siguiente, muy temprano, la mamá de Paolo y Víctor los llevó a casa de la vecina Margarita. La señora los recibió con una sonrisa y les ofreció un rico desayuno de panqueques con miel. Al principio, todo iba bien. Paolo y Víctor intentaban portarse bien, sabiendo que su mamá podía aparecer en cualquier momento.
Pero después del desayuno, la vecina Margarita les dijo: "Niños, necesito ayuda en el jardín. ¿Me pueden ayudar a regar las plantas?".
Paolo hizo una mueca. "Regar plantas es aburrido," murmuró.
Víctor, por su parte, pensó en todos los juegos que se estaba perdiendo en su celular. "Yo preferiría jugar," dijo tímidamente.
La vecina Margarita, con paciencia, les explicó la importancia de cuidar las plantas. Les contó cómo las flores necesitaban agua para crecer y cómo los árboles nos daban sombra y aire puro. Paolo y Víctor, aunque a regañadientes, la ayudaron a regar las plantas.
Después de un rato, la vecina Margarita les propuso leer un cuento. Paolo y Víctor prefirieron ver televisión, pero la vecina Margarita les explicó que solo podrían verla por un rato limitado. Les puso un programa educativo sobre animales, que, aunque al principio no les interesó mucho, terminó por captar su atención.
Durante el almuerzo, la vecina Margarita preparó una sopa de verduras muy nutritiva. Paolo y Víctor estaban acostumbrados a comer comida rápida y no les gustaban mucho las verduras. Paolo hizo una cara de asco al ver la sopa, y Víctor se quejó de que no tenía carne.
"¡No me gusta!" protestó Paolo.
"Yo quiero hamburguesa!" exclamó Víctor.
La vecina Margarita les explicó que la sopa era muy saludable y que les daría energía para jugar. Les animó a probarla, y poco a poco, Paolo y Víctor comenzaron a comerla. Al final, ¡hasta les gustó!
Por la tarde, la vecina Margarita les enseñó a jugar a un juego de mesa antiguo. Al principio, Paolo y Víctor se aburrían, pero pronto se dieron cuenta de que era muy divertido. Se rieron, hicieron trampas y compitieron para ver quién ganaba.
Al final del día, cuando sus padres llegaron a recogerlos, Paolo y Víctor estaban cansados pero contentos. Habían pasado un día diferente, lejos de sus celulares y de sus constantes peleas. Se habían dado cuenta de que había otras cosas divertidas que hacer, y que la vecina Margarita, aunque no era su mamá, los había cuidado con cariño.
De camino a casa, Paolo le dijo a su mamá: "Mamá, la vecina Margarita es muy amable".
"Sí," añadió Víctor. "Y nos enseñó a jugar a un juego muy divertido".
Su mamá sonrió. "¿Y aprendieron alguna otra cosa?", preguntó.
Paolo y Víctor se miraron y asintieron. "Aprendimos que debemos obedecer y que debemos ser más amables el uno con el otro," dijo Paolo.
"Y que debemos valorar lo que tenemos," añadió Víctor.
Desde ese día, Paolo y Víctor aprendieron a pasar menos tiempo con sus celulares y a disfrutar más de la compañía del otro. Todavía discutían de vez en cuando, pero ya no era tan frecuente. Y cada vez que empezaban a pelear, recordaban el día que pasaron con la vecina Margarita y cómo extrañaron a sus padres. Aprendieron a valorar el amor y la paciencia de sus padres, y a ser más agradecidos por todo lo que tenían.
Y así, Paolo y Víctor, poco a poco, se convirtieron en niños más obedientes y cariñosos, que entendieron que el amor y la unión familiar son mucho más valiosos que cualquier juego o celular.
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