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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un hogar lleno de colores y juguetes, una pequeña llamada Sofía. Sofía tenía unos papás maravillosos: Mamá Luna y Papá Sol. Mamá Luna era experta en hacer aviones de papel que volaban hasta la luna, y Papá Sol... bueno, ¡Papá Sol era un maestro en hacer cosquillas que hacían reír a Sofía hasta que le dolía la barriga!
Pero últimamente, Sofía había notado algo. Siempre que le tocaba cambiar pañales, preparar la comida o cantarle canciones de cuna, era Mamá Luna quien lo hacía. Papá Sol, en cambio, se encargaba de jugar a las carreras y construir torres altísimas con bloques. A Sofía le encantaban ambas cosas, pero se preguntaba: ¿Acaso Papá Sol no sabía cambiar pañales? ¿O preparar biberones? ¿O cantar canciones de cuna?
Un día, Sofía estaba sentada en su alfombra de juegos, observando a Mamá Luna mientras le daba de comer. Papá Sol estaba cerca, leyendo un libro. Sofía frunció el ceño. "Mamá Luna," dijo Sofía, con su vocecita dulce, "¿por qué siempre tú me das la comida?"
Mamá Luna sonrió. "Porque me encanta cuidarte, mi amor," respondió. "Pero Papá Sol también puede darte la comida. ¿Verdad, Sol?"
Papá Sol levantó la vista de su libro. "¡Claro que sí!" exclamó. "De hecho, hoy preparé yo tu puré de zanahoria favorito."
Sofía abrió los ojos como platos. "¿Tú lo hiciste?", preguntó asombrada.
Papá Sol asintió con orgullo. "¡El puré de zanahoria más delicioso del mundo!" Se levantó y fue a la cocina. Regresó con una cuchara llena de puré y se la ofreció a Sofía. Sofía probó el puré. ¡Estaba delicioso! "¡Está muy rico, Papá!", dijo con una sonrisa.
Esa noche, cuando llegó la hora de dormir, Sofía pidió a Papá Sol que le cantara una canción de cuna. Mamá Luna siempre le cantaba "Estrellita, ¿dónde estás?", pero Sofía quería escuchar algo diferente.
Papá Sol se rascó la cabeza. "Mmm, no sé muchas canciones de cuna," dijo tímidamente. "Pero puedo intentar inventar una."
Sofía asintió emocionada. Papá Sol tomó a Sofía en sus brazos y comenzó a canturrear suavemente. "Duérmete, mi Sol brillante, sueña con flores y con gigantes. Duérmete, mi amor pequeño, bajo la luz de un lucero..."
La canción de Papá Sol no era tan perfecta como la de Mamá Luna, pero era especial. Tenía palabras divertidas y una melodía un poco extraña, pero Sofía se sintió muy amada. Se acurrucó en los brazos de Papá Sol y se durmió profundamente.
Al día siguiente, Sofía propuso que Papá Sol le cambiara el pañal. Mamá Luna sonrió y le enseñó cómo hacerlo. Al principio, Papá Sol estaba un poco torpe, pero con la ayuda de Mamá Luna, pronto aprendió a cambiar pañales como un profesional.
Desde ese día, Papá Sol y Mamá Luna compartieron todas las tareas relacionadas con Sofía. Mamá Luna seguía haciendo los mejores aviones de papel y Papá Sol seguía haciendo las cosquillas más divertidas, pero ahora también se turnaban para dar de comer, cambiar pañales y cantar canciones de cuna.
Sofía aprendió que tanto Mamá Luna como Papá Sol podían hacer todo lo que se necesitaba para cuidarla y amarla. Aprendió que no hay tareas "de mamás" o tareas "de papás", sino simplemente tareas que se hacen con amor. Y lo más importante, aprendió que tanto Mamá Luna como Papá Sol la querían con todo su corazón, cada uno a su manera especial. Y ella, a ellos, también.
Una tarde, mientras jugaban en el parque, Sofía vio a un niño pequeño llorando. Su papá estaba sentado en un banco, hablando por teléfono. Sofía se acercó al niño y le ofreció su osito de peluche. El niño dejó de llorar y abrazó el osito.
El papá del niño sonrió a Sofía. "Gracias," dijo. "Estaba intentando terminar una llamada importante del trabajo, pero no sabía cómo calmarlo."
Sofía sonrió. "Mi papá también me cuida," dijo. "Él sabe cantar canciones de cuna y cambiar pañales. ¡Y hace el mejor puré de zanahoria del mundo!"
El papá del niño se sorprendió. "¿De verdad?", preguntó.
Sofía asintió con entusiasmo. "¡Sí! Todos los papás pueden cuidar de sus hijos."
El papá del niño sonrió de nuevo y tomó a su hijo en brazos. Comenzó a cantarle una canción suavemente. Sofía sonrió. Sabía que ese niño estaba en buenas manos, porque tanto las mamás como los papás saben cómo dar amor y cuidado. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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