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Gratis · elegí una vozPatricia, con su ceño fruncido perpetuo y su vestido floreado ya sucio, refunfuñaba. El bosque. Siempre el bosque. Su madre la había enviado a buscar leña, justo cuando el sol empezaba a teñir el cielo de un naranja enfermizo. Patricia era linda, sí, pero su belleza se opacaba por su mal genio. No le gustaba obedecer, y menos cuando el bosque olía a tierra húmeda y a algo más... algo putrefacto.
Los árboles se alzaban como torres negras, demasiado altos, demasiado juntos. La niebla se enroscaba entre sus troncos, espesa y fría, como dedos huesudos intentando agarrarla. Patricia pateó una piedra, sintiendo la irritación creciendo en su pecho. "Estúpido bosque", murmuró, su voz apagada por la densa atmósfera. Cuanto más se adentraba, más incómodo se sentía el lugar. La luz menguante creaba sombras grotescas, transformando ramas retorcidas en garras amenazantes.
Recogió algunas ramas secas, sintiendo el crujido bajo sus botas como si el bosque mismo estuviera gimiendo. El silencio era opresivo, interrumpido solo por el lejano ulular de un búho, un sonido que le heló la sangre. De repente, un crujido más cercano, un chasquido de ramas que no había provocado ella. Patricia se detuvo, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Miró a su alrededor, intentando discernir algo entre la niebla.
Nada. Solo árboles y sombras. "Será un animal", se dijo a sí misma, intentando convencerse. Pero la sensación de ser observada era innegable, una presencia pesada que le oprimía el pecho. Siguió recogiendo leña, más rápido ahora, con la mirada fija en la penumbra. Entonces lo vio.
Al principio, pensó que era un tronco retorcido, una ilusión creada por la niebla y la oscuridad. Pero no. Era alto, muy alto, al menos dos metros. Una figura humanoide, pero distorsionada, antinatural. Un ciervo, pero de pie sobre dos patas, como un hombre. Su cara era alargada, casi equina, con ojos hundidos que brillaban con una luz roja y maligna. Y estaba cubierto de sangre. Sangre seca, sangre fresca, sangre que goteaba lentamente sobre la tierra.
Patricia se quedó paralizada, el miedo como un puño helado apretándole el corazón. No podía gritar, no podía moverse. Solo podía mirar, horrorizada, mientras la criatura se acercaba lentamente. Cada paso hacía crujir las hojas secas bajo sus pezuñas, un sonido que resonaba en el silencio como un presagio de muerte.
El ciervo de sangre extendió una mano, una mano huesuda y cubierta de sangre, hacia ella. Patricia sintió un olor nauseabundo, una mezcla de carne podrida y tierra mojada, que le revolvió el estómago. Intentó retroceder, pero sus piernas no respondían. Estaba atrapada, indefensa, a merced de esa cosa horrible.
La criatura emitió un sonido gutural, un gruñido bajo y amenazante que le hizo temblar hasta los huesos. Sus ojos rojos se clavaron en los de Patricia, y ella vio en ellos una maldad infinita, una sed insaciable de sangre. Sintió que su mente se nublaba, que la cordura la abandonaba. El bosque entero parecía contener la respiración, esperando lo inevitable.
El ciervo de sangre se acercó aún más, su aliento fétido rozando el rostro de Patricia. Ella cerró los ojos, esperando el golpe, el dolor, la muerte. Pero en lugar de eso, sintió un frío intenso, un frío que le calaba los huesos y le paralizaba la mente. Abrió los ojos y vio que la criatura estaba justo frente a ella, su cara deformada a centímetros de la suya. Susurró algo, una palabra incomprensible, una sílaba cargada de horror y desesperación.
Patricia se desmayó.
Despertó al amanecer, tirada en el suelo, cubierta de rocío. El bosque era diferente ahora, bañado por la luz del sol, menos amenazante. Pero el olor a sangre aún persistía en el aire, y el recuerdo de la criatura seguía vivo en su mente, grabado a fuego en su memoria. Se levantó temblorosa, dejando atrás la leña que había recogido. Corrió, corrió tan rápido como pudo, hasta llegar a su casa. Nunca más volvió a entrar en el bosque, ni siquiera a plena luz del día. El ciervo de sangre la esperaba, lo sabía. Siempre la esperaría.
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